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La Opinión

La dictadura del Congreso de Perú hace de las suyas

El Congreso de Perú cambió a tres presidentes en menos de cuatro años y sume al país en una crisis política y social en medio del Covid-19

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Cuando el mundo tenía centrado los ojos en las elecciones de Estados Unidos y la postura del presidente Donald Trump a no aceptar los resultados, Perú se consolidaba como uno de los países sudamericanos más inestables de la región, al remover a su presidente Martín Vizcarra. Ha cambiado de mandatario tres veces en cuatro años.

La situación de Vizcarra no era nada fácil, era un presidente que desde temprano se configuró como sin partido y sin bancada. Tenía a 130 congresistas sin ningún vínculo político con el gobierno y él había prometido limpiar la corrupción política en Perú.

El prácticamente desconocido Manuel Merino, quien llegó al Congreso con sólo cinco mil votos, asumió la presidencia de Perú, en una jornada marcada por protestas que dejaron varias decenas de detenidos y heridos, y por una caída de más del 6 por ciento de la bolsa de Lima por temor a que el nuevo gobierno aplique medidas económicas populistas.  Manuel Merino sólo duró seis días al frente de la presidencia de Perú.

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Vizcarra, quien a su vez estaba completando el mandato de Pedro Pablo Kuczynski, fue destituido hace ocho días, bajo el absurdo argumento “incapacidad moral” medida aplicada por un Congreso integrado por 68 parlamentarios (de 130) con procesos judiciales en curso y a cinco meses de las elecciones generales programadas para el próximo 11 de abril.

El pleito entre los congresistas y el ahora presidente destituido no es nuevo, pese a que en enero pasado hubo una renovación de la Cámara, antes de echar a Vizcarra en septiembre pasado fue sujeto de otro juicio. Ahí consiguió el apoyo de 105 legisladores, 19 en contra y cuatro abstenciones.

 Vizcarra tomó el poder, en el cual estuvo 18 meses, y se convirtió en un mandatario implacable contra la corrupción gubernamental. Esa es la principal razón para que hoy sea parte de la innumerable cifra de mandatarios caídos en desgracias en el país sudamericano, que sale de una para entrar a otra. Esa situación se repite desde hace 20 años tras la caída de Alberto Fujimori, quien estuvo 10 años en el poder.

Hay que hacer un hincapié durante la era Fujimori hasta México salió perjudicado: Vladimiro Montesinos, asesor del dictador peruano, se le vínculo con la Laura Bozzo, la conductora estaría implicada en la red de corrupción, razón por la que fue procesada por la justicia.Después de su arresto domiciliario se mudo a nuestro país donde reside actualmente y hoy nosotros tenemos que padecerla. 

La verdad es que al interior de Perú algunos líderes políticos calificaron lo sucedido con Vizcarra como un golpe de Estado y en redes sociales se plasmó el descontento, con la viralización del Artículo 46 de la Constitución: 

“Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador, ni a quienes asumen funciones públicas en violación de la Constitución y de las leyes. La población civil tiene el derecho de insurgencia en defensa del orden constitucional”.

Lo que sucede en Perú es una enfermedad que azota a Sudamérica, baste recordar a Brasil, con Dilma Rousseff o a Evo Morales, en Bolivia. Sólo por citar los casos más recientes. Sin embargo, al cumplirse 20 años de la difusión de los “vladivideos”, que destaparon la corrupción fujimorista y a la postre forzaron la caída del dictador, el país no ha logrado la refundación política que se prometió en ese entonces.

Y si no mire usted lo que sucede en el país andino, Alberto Fujimori (1990-2000), condenado por crímenes de lesa humanidad; Alejandro Toledo (2001-2006), espera su extradición desde Estados Unidos acusado de recibir hasta 35 millones de dólares de Odebrecht.

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Un caso que se convirtió  en suicidó fue el del presidente Alan García (1985-1990; 2006-2011) se disparó cuando la Policía iba a detenerlo por el escándalo de la constructora brasileña; Ollanta Humala (2011-2016) podría enfrentar 20 años de cárcel por lavado de activos; y Pedro Kuczynsky (2016-2018), bajo arresto domiciliario, también por el caso Lava Jato.

La verdad es que la polarización en Perú está entre el fujimorismo y antifujimorismo que ha marcado la política de todo este nuevo siglo. La reconstrucción institucional y política no es fácil y los actores que estaban llamados a hacerla fracasaron.

Lo que no se puede ocultar en Perú es que la debilidad de los partidos dio lugar a una serie de movimientos que no han dejado de surgir y resurgir. Generalmente son agrupaciones circunstanciales, que han devenido en una nueva burguesía proveniente de las economías informales, lindando con lo delictivo y que forman su propio partido porque tienen mucho dinero.

Movimientos como Alianza para el Progreso y Podemos Perú, lideradas por César Acuña y José Luna, dos poderosos empresarios que se enriquecieron con la educación privada, administrando universidades de escaso prestigio y que ahora combaten desde el Congreso fieramente los intentos de reforma educativa; y a Unión Por el Perú, partido etnonacionalista comandado desde prisión por Antauro Humala (hermano del ex mandatario), preso por la muerte de cuatro policías en un levantamiento armado en 2005.

Si el bloque fujimorista de Fuerza Popular que forzó la salida Kuzcynski dominaba el Legislativo con una aplastante mayoría, ahora está reducido a una bancada menor y de escaso respaldo en las urnas por sus vínculos con la corrupción. 

Aunque eso no se trasladó a una fortaleza de Vizcarra, cuya formación política no compitió en las elecciones extraordinarias de enero, y acabó sentado en el banquillo en septiembre por una rocambolesca acusación de malversación y unos audios surgidos de su propio círculo cercano. Esta vez, se trató de acusaciones de presunta corrupción cuando era gobernador de la provincia sureña de Moquegua (2011-2014).

Algo que debe destacarse es como si Perú se ha caracterizado por las crisis políticas mencionadas, no han estado acompañadas por caídas económicas. El piloto automático del orden ortodoxo de las finanzas se mantuvo intocable… por lo menos hasta ahora.

La crisis política que vive Perú trae a la mente a Mario Vargas Llosa, quien por cierto ya intentó ser presidente de ese país, con su obra maestra “La fiesta del Chivo”, una novela que en sus primeros capítulos aparece la venganza como un motor de vida. 

Es interesante que este sentimiento emerge en las tres historias contadas, es decir, aparece como una forma de vivir que no se limita a una decisión individual sino que se entiende como algo colectivo, y esa reflexión nos hace pensar en cómo actuó un Congreso permeado de corrupción con un Vizcarra muy incómodo. ¿O usted qué cree?

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