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La Opinión

México es un país bananero

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, ha mostrado un desinterés profundo por la política exterior en lo que va de su sexenio

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Jacques Coste
Beatriz Gutiérrez Müller no tiene por qué representar a México ante gobiernos extranjeros.

Siempre me había negado a utilizar la expresión “país bananero”, ya que me parecía despectiva y, hasta cierto punto, discriminatoria. Pero hoy no se me ocurre un adjetivo mejor para describir la visión que el resto del mundo debe tener de México.

Más allá de mantener la fiesta en paz con Washington, Andrés Manuel López Obrador ha mostrado un desinterés profundo por la política exterior en lo que va del sexenio y dudo mucho que eso cambie en los años venideros.

El presidente de México no deja de mirarse el ombligo y ni por equivocación observa lo que está ocurriendo en el mundo.

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Se ha negado a salir del país para mantener a rajatabla su imagen de líder austero y sencillo que no tiene por qué estar paseando en el extranjero, cuando México enfrenta tantos problemas internos. Eso es electoralmente rentable y a sus seguidores les parece fantástico: una muestra más de que México “ya cambió”.

Sin embargo, ese provincianismo se valora de manera totalmente opuesta en el resto del mundo. México nunca ha sido la potencia diplomática que algunos añoran, pero sin duda lleva décadas teniendo un peso específico en el sistema internacional y en los foros multilaterales y regionales.

El desinterés del actual gobierno en política exterior erosiona gradualmente esa presencia internacional, merma el prestigio diplomático de México y deteriora las capacidades de la política exterior mexicana hacia el futuro. En algunos aspectos, las relaciones internacionales son como las relaciones interpersonales: si uno deja de cultivar a sus amistades, recuperar la confianza y la buena voluntad requiere mucho tiempo y mucho esfuerzo.

A pesar de esas desastrosas consecuencias, el desinterés no es lo peor de la política exterior del actual gobierno. Lo peor es que sus pocas participaciones de altos vuelos en la arena internacional son, a todas luces, vergonzantes.

Imaginemos cómo nos ve el mundo cuando, después de meses de inactividad y apatía internacional, el presidente de México sale con alguna de sus ocurrencias.

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Imaginemos lo que pensó el gobierno español cuando uno de sus socios diplomáticos más importantes en Latinoamérica pidió públicamente que Madrid se disculpara por las atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas durante la conquista y la colonia. Bueno, no hace falta imaginarlo, basta con ver los titulares de la prensa internacional en general y española en particular de finales de marzo de 2019 (y otras vez en días recientes).

Imaginemos lo que pensaron los líderes del mundo al escuchar el discurso del presidente López Obrador en la Asamblea General de Naciones Unidas. No es necesario recordarlo a detalle, basta con mencionar que se vanaglorió, porque Mussolini se llamaba Benito en honor a Juárez y utilizó la tribuna diplomática más importante que existe para explicar que ya rifaron el avión presidencial, pero que de todos modos lo van a vender.

Me imagino a Xi Jinping mirando perplejo a sus colaboradores pensando que quizá la traducción simultánea del mensaje fue equivocada, a Donald Trump muriendo de la risa porque su “buen amigo Andrés” se aventó una buena puntada, a Merkel preguntando retóricamente “en serio, ¿ese es el presidente de un país del G-20?” y a Trudeau preocupado, “acabamos de firmar el T-MEC con este señor”.

Imaginemos lo que piensan los mandatarios de los países europeos por los que está de gira la no-primera dama (¿o sí?, ya no entiendo).

En primer lugar, la señora Gutiérrez Müller no tiene por qué representar a México ante gobiernos extranjeros. No ocupa cargo público alguno.

En segundo lugar, esta gira desborda incongruencias por donde se le mire. Supuestamente Beatriz no quiere ser primera dama, pero representa felizmente a su esposo en el exterior. Supuestamente estamos frente al gobierno más austero de la historia del país, pero la primera dama va a Europa a conseguir piezas para los festejos del Bicentenario de la Independencia, una efeméride que ya se festejó hace diez años y cuyo costo seguramente será bastante considerable.

Lo más incongruente de todo: ¿qué hubieran dicho los obradoristas si Angélica Rivera o Margarita Zavala hubiesen ido de gira a Europa en representación del gobierno de México?

En tercer lugar, esta gira deja a México muy mal parado a nivel internacional. Se trata de un duro golpe al prestigio diplomático de nuestro país. Me explico. El presidente López Obrador se ha negado a salir del país, salvo su visita a Washington. Ahora, decide organizar una gira por Europa, pero no encabezada por él o por su canciller, sino por su esposa. Además, el motivo de la gira es banal e innecesario: entregar cartas presidenciales —con las anécdotas de historia anticuaria, las frases trilladas y las lecciones moralinas que tanto le agradan a AMLO— y conseguir antigüedades, cual si fuese un paseo dominical por La Lagunilla.

Es muy mal visto en los países con raíces democráticas profundas que un presidente envíe a sus familiares “en su representación” —al más puro estilo de Trump y Bolsonaro—, como si el gobierno fuera su propiedad y su familiar fuera una extensión de su cargo institucional.

Mucho me temo que el resto del mundo ve a México como un país bananero. ¿Lo somos? No lo sé, pero hacia allá vamos.

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