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Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una explosión interpretada como castigo divino

Las narraciones de lejanos testigos se esparcieron y el trágico evento fue interpretado como un castigo venido del cielo

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Foto: J. Jacobsz, 1680. Museo Estatal Darmstadt, Alemania

“Entonces, Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego, de parte de Jehová desde los cielos, y destruyó las ciudades y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades y el fruto de la tierra… Abraham… vio que subía de la Tierra humo como la humareda de un horno” Génesis 19:24-28.

En 1700 antes de Cristo, pobladores en Sodoma y Gomorra, al sureste del Mar Muerto, realizaban sus actividades diarias cuando sobrevino una explosión aérea. En el cielo fue visible un resplandor y tal vez humo. El miedo se apoderó de todos. De pronto, una onda de choque cayó sobre ellos con un gran estruendo y vientos huracanados derribaron las casas y pulverizaron a las personas y animales, un calor abrasador lo cubrió todo.

Las narraciones de lejanos testigos se esparcieron y el trágico evento fue interpretado como un castigo venido del cielo, un castigo divino. Una explicación propia de una época precientífica.

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Al amanecer del 30 de junio de 1908, cerca del río Podkamennaya en Tunguska, hoy Kranoyarsk, Siberia, una explosión tumbó 80 millones de árboles, en un área despoblada de dos mil 150 kilómetros cuadrados. Los sensores sísmicos detectaron las vibraciones, incluso tan lejos como en Inglaterra. Se cree que tres personas murieron.

La enorme distancia (tres mil 587 kilómetros) desde San Petersburgo y lo difícil del terreno, impidió una expedición. 12 años después, en 1920, en el gobierno soviético, el mineralogista Leonid Kulik viajó a documentar lo ocurrido.

La hipótesis que explica mejor es aquella que mediante modelos matemáticos, muestra que un asteroide o cometa de 50 a 190 metros, explotó de cinco a 10 kilómetros de altura y la onda de choque tumbó los árboles. También explica la ausencia de un cráter.

Un evento similar al relacionado con Sodoma y Gomorra, aunque menor y por mucho, es la explosión aérea de un meteorito de 17 metros de diámetro, a 20 kilómetros de altura sobre la ciudad rusa de Chelyabinsk, la mañana del 15 de febrero de 2013.

La explosión rompió ventanas y estructuras ligeras que hirieron a dos mil personas. Nadie perdió la vida, pero el suceso generó un temor como pocos lo han vivido. La explosión liberó una energía de 20 a 30 bombas atómicas como la de Hiroshima en 1945. La diferencia del nivel de destrucción se debe a que la bomba explotó a 600 metros de altura y el meteorito a más de 20 mil.

El 13 de agosto de 1930, plantadores de caucho y pescadores vieron caer “bolas de fuego” en el Amazonas, en donde encontraron cráteres. Se piensa que fue parte de la lluvia de meteoros Perseidas. Se le conoce como evento Curacá o Tunguska Brasileiro.

Durante siglos han existido asentamientos humanos a orillas del Mar Muerto. Los judíos le llamaban el Mar de Sal, los árabes el Mar Muerto y los griegos Lago Alfaltites. Los antiguos egipcios compraban ahí asfalto para las embalsamaciones.

El Mar Muerto, de 80 kilómetros de largo y hasta 16 kilómetros de ancho, tiene una profundidad de 435 metros. Pero toda la zona está otros 400 metros bajo el nivel del mar. Por lo que el Mar Muerto está 800 metros bajo el nivel del mar. Esto ocasiona una mayor presión atmosférica y mayor concentración de oxígeno.

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El Mar Muerto es alimentado por el río Jordán, pero no tiene salidas, por lo que los minerales se acumulan. Presenta una salinidad de 28 por ciento, mientras que en los mares es de 3.1 a 3.8 por ciento. Ahí viven microorganismos halófilos y arqueas, así como el crustáceo artemisas salinas. El nivel de agua disminuye un metro por año, hace milenios era mayor.

En el Mar Muerto emanan gases y vapores tóxicos, se decía que un ave que lo sobrevolabara, moría antes de llegar a la orilla.

Desde ciertas zonas, se observa sumergido un bosque. La enorme concentración de sal ha mantenido árboles y vegetación antigua.

Al sureste del Mar Muerto se encuentra el valle de Siddim, donde estaban las ciudades: Sodoma, Gomorra, Zeboím, Segor y Adma.

Por ello, los arqueólogos no se ponen de acuerdo en situar Sodoma y Gomorra. Para algunos las ciudades están sumergidas, para otros Sodoma sería Tall el Hamman.

En los siglos XIX y XX la explicación científica de la destrucción o hundimiento de las ciudades fue por eventos sísmicos. En el siglo XXI, la explicación es otra.

En 2018 se publicó en Science News, evidencias de la explosión en la atmósfera de un cometa o asteroide, en el 1700 a. C., al sureste del Mar Muerto. La explosión destruyó 500 kilómetros cuadrados cristalizó la arena, arrasó viviendas y mató al instante a las entre 40 mil y 65 mil personas que ahí habitaban. Pasaron 700 años para que la región se repoblara.

En septiembre se publicó en Nature: “Una explosión aérea del tamaño de Tunguska destruyó Tall el-Hammam, una ciudad de la Edad del Bronce Medio en el Valle del Jordán, cerca del Mar Muerto”. La investigación encontró en las ruinas de Tall el Hammam, un estrato de 1.5 metros de espesor, con cuarzo presionado por impacto, alfarería y adobe fundido, carbono similar a diamante y trazas de iridio, níquel, oro, plata, circonita y cromita fundidos.

Calcularon que para destruir la ciudad, con muros de hasta cuatro metros de espesor, fueron necesarios vientos de mil 200 kilómetros por hora a dos mil grados Celsius. Los huesos pulverizados de las personas y animales indican una gran onda de choque.

Según los modelos matemáticos, lo sucedido en 1650 a. C. pudo ser por la explosión de un bólido de 50 metros, a cuatro kilómetros de altura, viajando a 61 mil kilómetros por hora. Liberó una energía de hasta mil bombas atómicas como la de Hiroshima.

El miedo de la colisión de un asteroide es real, sabemos que así desaparecieron los dinosaurios. Hoy, la ciencia nos explica lo sucedido y gracias a ello buscamos soluciones para salvar la vida en la Tierra. La NASA calcula que en los próximos 100 años, ningún asteroide cercano nos colisionaría. Además, cada vez hay mejor tecnología y más astrónomos, incluso de México, rastreando asteroides.

Germán Martínez Gordillo / El Sol de México