Inteligencia Artificial

De Silicon Valley al micelio, Naief Yehya explora los hongos psicodélicos y la tecnocultura

Naief Yehya también dedica buena parte de El planeta de los hongos… al caso de María Sabina.

Naief Yehya también dedica buena parte de El planeta de los hongos… al caso de María Sabina.
Foto: Instagram.

Cuenta la historia que un buen día, quienes dirigen la editorial Anagrama le propusieron al narrador y crítico cultural Naief Yehya que escribiera un libro sobre los hongos psicodélicos.

El tema no era ajeno para el mexicano, radicado desde hace más de tres décadas en Brooklyn, Nueva York. Y aunque no creía tener la autoridad para abordar el tema, sí que contaba con los conocimientos empíricos, sobre todo de su juventud, cuando experimentó en varias ocasiones con estos microorganismos.

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Aún así, le parecía lejano este campo del conocimiento, aparentemente más relacionado con la biología que con la tecnología, área de expertise del autor de libros como TecnoculturaPornografía. Obsesión sexual y tecnológica y Mundo dron. Breve historia ciberpunk de las máquinas asesinas.

Entrevistado durante la reciente Feria del Libro de Monterrey, confiesa que para darse permiso de escribir un libro como éste, comenzó a pensar si era factible abordar el tema no sólo desde una perspectiva cultural, sino también tecnológica.

“Llevo varias décadas escribiendo sobre tecnocultura, y siempre me llamó la atención que a finales de los noventas había constantes referencias psicodélicas de parte de aquellos que estaban creando el nuevo entorno tecnológico, desde Bill Gates hasta Steve Jobs, entre muchos otros, quienes si no se habían metido hongos, habían tomado LSD o ketamina, DMT o lo que fuera, y no sólo por una especie de liberación hippie, sino porque también resulta que la democratización inicial del acceso a las computadoras viene un poco de ese camino de parte de quienes utilizaban ciertas sustancias para resolver problemas y para acercarse a la conformación de un nuevo espacio, o sea, para inventar un nuevo universo a través de la experiencia psicodélica”.

En otra parte de su investigación, Naief encontró que también hubo un momento en el que en sitios como Silicon Valley empezaron a surgir los llamados “miércoles de microdosis”, “jueves de ketaminas” y “viernes de dosis heróicas” con lo cual, reflexiona, ya se estaba institucionalizándolo y corporativizando el uso de los psicodélicos como una herramienta más.

“Cuando vi que incluso se estaban utilizando como una herramienta tecnológica, me sentí más tranquilo, porque esto significaba que estaban confiando en que podían obtener resultados mesurables, ya que el mundo corporativo de eso depende, de resultados que se puedan medir”.

“Por otro lado -añade-, cada que piensas en internet en sí mismo, como esa red con tanta redundancia y con tantas posibilidades de intercambio de información y de flujos, ves las similitudes que tiene con el micelio -la raíz que está debajo de los hongos-, que también es una cosa complejísima; una red con miles de conexiones, que de alguna manera es como otro internet, tanto que en algún momento alguien la bautizó como el ‘Wood Wide Web’, o sea, la red universal del bosque”.

De ahí que el autor concluye que tanto las pantallas que utilizamos a diario como los algoritmos que nos rigen, son en cierta forma resultado de alguien que se metió un viaje de LSD y en ese proceso los imaginó.

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El resultado de todo ese proceso es El planeta de los hongos. Una historia cultural de los hongos psicodélicos, título definido por su editorial como “una historia del uso de los hongos alucinógenos y el LSD, desde la edad de piedra hasta Silicon Valley”.

Más allá de su relación con la tecnología, se trata de una historia fascinante, pues se trata de especies cuya estrategia, dice la editorial, “consiste en crear relaciones estrechas de convivencia, depredación y cooperación con sus ecosistemas… Cuentan con una inquietante mente desincorporada que se comunica a grandes distancias, entiende su entorno y planea cómo ocuparlo”. 

¿Por qué hablar del tema ahora?

Naief cuenta que cuando platicó con su editorial de la fecha idónea para publicar este libro, les dijo que tenía que ser justo en este momento, porque justo ahora, dice, el mundo está pasando por un momento en el que se alinearon varios serie culturales, sociales y hasta políticos que apuntan hacia una especie de renacimiento psicodélico.

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“Esto ya llevaba dándose desde hacía un rato por ahí, por eso me pareció que éste era el mejor momento para recuperarlo y ver qué era lo que lo que realmente ofrecía, lo que realmente propone y lo que significa en todos los niveles, incluyendo por supuesto los fines terapéuticos, que actualmente son un fenómeno enorme, sin mencionar el renacimiento de nuevas fuentes de chamanismos y de otros acercamientos no científicos a estas sustancias”.

También señala como importante el hecho de que, quienes crecimos junto con la cultura pop y hoy somos adultos, estuvimos muy vinculados por un lado con el fenómeno psicodélico y por el otro con la represión del mismo.

“Entonces, somos el resultado de esas dos fuerzas y creo que había una gran curiosidad y un gran interés de abrir eso, de reivindicarlo, de saldar esa deuda pendiente”, reflexiona.

Otra razón que lo hizo escribir El planeta de los hongos…es que en la cultura anglosajona encontraba mucha bibliografía sobre psicodelia, hongos y otras sustancias psicotrópicas, pero muy poco material en español.

“Sobre todo porque cuando llegó la Inquisición, logró suprimir casi todo el conocimiento que había sobre las plantas y los organismos que producen estos efectos enteogénicos”.

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Ante la pregunta de si como parte de su investigación para este libro realizó nuevos viajes psicodélicos, cuenta:

“Desde que empecé el libro pensé volver a tener dosis heróicas, por lo menos una fuerte… Pero la sigo posponiendo. Aunque he tomado varias microdosis de diferentes tipos y siempre desobedeciendo las recomendaciones de la gente, porque mi relación con los hongos siempre fue así, nunca lo hice con guías ni con gurús, esa fue siempre mi manera de acercarme, porque no quiero involucrar la impostura científica ni tampoco la chamánica… Pero sí, sigo dejándolo para un buen momento, porque también he llegado a tener un par de malviajes y eso me preocupa un poco, porque esos sí te marcan, te cambian.

¿Hay que tenerles miedo o precaución?

Sobre las precauciones o miedos que pueda llegar a tener la gente siente interés en estos temas, asegura:

Bueno, primero debo decir, porque ya una vez en la radio española me preguntaron si estaba haciendo propaganda del tema, y yo les dije que no, que yo hablo de lo que sé, de lo que he leído y de lo que he vivido. Pero sí creo que cada organismo es como una caja de Pandora y que para cada quien puede ser algo completamente diferente. Yo creo que cada quien debe hacer lo que siente. Porque si bien el miedo es mal consejero, la osadía temeraria también lo es. En ese sentido mi esposa diría que hay que encontrar un justo medio, quizá por eso hay gente a la que sí le funcionan los chamanes o los guías y yo lo aplaudo, está bien… Así que bueno, depende de cada quien”.

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Naief Yehya también dedica buena parte de El planeta de los hongos… al caso de María Sabina y a la forma bastante cuestionable en que su conocimiento fue llevado al mainstream, así como al papel que jugó México durante varias décadas como un referente global en cuanto a la riqueza de estas especies.

Antes de concluir la charla, y para no dejar pasar la oportunidad de tener frente a nosotros a una de las voces que más tiempo llevan reflexionando sobre la tecnocultura, le preguntamos qué opina de las voces que llevan tiempo anunciando un posible colapso de internet, toda vez que se ha desviado de su objetivo inicial de ser un entorno libre y que se ha convertido en una herramienta que a muchos ya les representa más factores negativos que positivos.

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“Claro, pues el debate está ahí desde hace rato, creo que hablábamos de la web 2.0. Y desde entonces nada ha cambiado. Bueno, sí, se ha vuelto todavía más complicado, se ha vuelto peor y más delirante, porque claro, hay una gran fatiga, un gran temor y un gran hastío, pero a la vez una inmensa dependencia y una certeza de que ya no hay salida… Yo creo que por eso hay tantas fantasías de mundos apocalípticos en los que la civilización se acaba y hay que empezarlo todo de nuevo, porque estamos tan ansiosos de volver a imaginar cómo hubiera sido este mundo si no hubiéramos seguido este camino… Pero es el que seguimos”, concluye.

Alejandro Castro | El Sol de México

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