A comienzos de la década de 1980, Paul McCartney y Michael Jackson estrecharon una amistad cimentada en colaboraciones musicales exitosas.
Todo comenzó en 1981, cuando McCartney invitó a Jackson a su casa en Inglaterra, donde juntos escribieron “Say Say Say” y “The Man”, dos canciones que a la postre formarían parte del disco Pipes of Peace, de McCartney (1983).
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Desde entonces nació una amistad entre Paul y su esposa Linda con Jackson, quienes se fotografiaban juntos sonriendo o haciendo todo tipo de muecas o bromeando acerca de cualquier cosa a su alrededor.
Al año siguiente, entre el 14 y el 16 de abril de 1982, ambos artistas se reúnen de nuevo, pero en los Westlake Studios, de Los Ángeles, California, donde graban juntos otra canción, “The Girl Is Mine”, bajo la producción de Quincy Jones, la cual se convertiría en el primer sencillo del álbum Thriller, de Jackson.
“Trabajar con Paul McCartney fue muy emocionante… Hubo mucho intercambio de opiniones y juegos”, diría el intérprete de “Rock With You” sobre aquella experiencia.
Tanto en el disco mencionado de McCartney, como en el de Jackson, se pueden ver las fotos, tomadas por Linda McCartney, en las que ambos músicos aparecen aparentemente contentos, juguetones, como también se aprecia en el videoclip de la canción “Say, Say, Say”.
La charla que inspiró a Michael Jackson a comprar el catálogo de canciones de Paul McCartney
Durante una de aquellas noches en la casa McCartney, Jackson le dijo a su nuevo amigo que no sabía en qué invertir su dinero, por lo que el músico británico le mostró algunos papeles con información de los derechos de canciones que poseía, explicándole que era un muy buen negocio y que a él le pagaban cada vez que una de esas canciones se reproducía o se volvía a grabar.
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“Se gana mucho dinero así… Cada vez que alguien pone estas canciones en la radio… me pagan”, le presumía McCartney a su colega.
Esto despertó el interés de Michael, quien en aquella ocasión le respondió a Paul: “Esto está muy bien… Hasta podría comprar tus propias canciones”. McCartney sonrió y al parecer la conversación terminó o simplemente derivó en otro tema.
En entrevistas más recientes, el propio Paul recuerda que por lo menos en otra ocasión, durante otra charla, Michael le volvió a decir que podría comprar las canciones del británico, a lo que éste volvió a responder con otra risa, en tono de “ya, basta de bromas”.
La compleja historia legal del catálogo de The Beatles y la oportunidad perdida de Paul McCartney
La situación editorial de las canciones de Paul McCartney y John Lennon había sido complicada desde la década de los sesenta, cuando la compañía Northern Songs, fundada por ellos junto con el editor Dick James, terminó fuera de su control en 1969 y luego se vendió a Associated Television (ATV).
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El propio McCartney ha declarado que durante aquellos años, tanto él como Lennon no sabían mucho de cuestiones legales, lo que hizo que los derechos de las canciones de The Beatles pasaran por otras manos.
Fue hasta 1984 cuando la firma ATV fue puesta a la venta, que McCartney recibió una propuesta inicial de 20 millones de libras esterlinas para comprar el catálogo de The Beatles.
Esta era la oportunidad que McCartney estaba esperando, con todo y que siempre le pareció un poco irónica la idea de que tuviera que desembolsar dinero para comprar las propias canciones que él escribió o coescribió.
Pero estaba dispuesto a hacerlo, aunque 20 millones de libras era una gran cantidad de dinero, incluso para él, por lo que buscó a Yoko Ono, la viuda de John Lennon, para invitarla a sumarse con el 50 por ciento de esa cantidad y así pudieran hacerse de dicho catálogo entre los dos.
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Sin embargo, la idea no prosperó y Michael Jackson, quien para ese entonces ya había ganado grandes cantidades de dinero, producto de las estratosféricas ventas de su disco Thriller —y de hecho ya había adquirido los derechos de canciones de Sly Stone y Dion— tomó acción y a través de su abogado John Branca, inició una oferta que llegó a 47.5 millones de dólares, cerrándose así el trato hace exactamente cuatro décadas, en agosto de 1985.
Finalmente, Jackson adquirió los derechos de aproximadamente 4 mil canciones, incluyendo 251 de The Beatles, como “Hey Jude”, “Yesterday” o “Let It Be”.
La ruptura con Paul McCartney
Paul McCartney no podía creer que su amigo había cumplido su palabra y de hecho sintió la compra del catálogo de The Beatles como una traición.
“Me parece sospechoso hacer algo así… Ser amigo de alguien y luego comprarle la alfombra que pisa”, declararía al respecto.
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Esto se convirtió en un problema mayúsculo para el ex Beatle, quien a partir de ese momento tenía que pagarle a su propio amigo grandes cantidades de dinero cada que quería cantar en vivo algunas de las canciones que él mismo escribió.
Como referencia, en 2012, licenciar una canción de The Beatles podía costar hasta 250 mil dólares.
Se sabe que Paul trataba de buscar a Jackson para llegar a un arreglo, pero que éste se mostraba poco flexible al respecto o simplemente ignoraba las súplicas de McCartney.
Jackson solía limitarse a decir que sólo se trataba de negocios, como escribió en su autobiografía Moonwalk (1988):
“Paul y yo aprendimos a las malas sobre los negocios y la importancia de la publicación y las regalías…”
Las tensiones entre Paul McCartney y Michael Jackson
Al distanciamiento entre ambos artistas, se sumó el descontento de McCartney por el desmedido uso comercial que se estaba haciendo de las creaciones de The Beatles desde que eran propiedad de Jackson.
“De alguna manera lo arruina todo… Nuestras canciones tienden a comercializarse un poco ahora, algo que no me entusiasma demasiado”, diría el británico.
Años después, en una entrevista controvertida para Vulture, el productor Quincy Jones calificó a Jackson como codicioso y lo acusó de robar muchas canciones, entre ellas “Billie Jean”, que aseguró que era muy parecida a “State of Independence”, de Donna Summer, también producida por él y con Michael Jackson en los coros.
“Las notas no mienten, hombre (Michael) era tan maquiavélico como se puede ser”, aseguró.
La compra del catálogo de The Beatles resultó un gran negocio para Michael Jackson, quien una década más tarde, cuando se encontraba en apuros económicos, vendió la mitad de ATV a Sony por 95 millones de dólares, creando Sony/ATV, que se convertiría en una de las mayores editoriales musicales del mundo.
Después del fallecimiento de Jackson en 2009, se especuló que éste dejaría finalmente los derechos de las canciones de The Beatles a McCartney, algo que el inglés negó rotundamente:
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“Eso se ha dicho desde hace un tiempo en algunos medios… que Michael me iba a dejar su parte de las canciones de The Beatles en su testamento… Pero fue algo completamente inventado”.
Por su parte, Sony/ATV compró en 2016 la participación restante de Jackson por aproximadamente unos 750 millones dólares, consolidando de paso su control sobre dicho emporio musical.
Al año siguiente McCartney recuperó los derechos de algunas canciones del Cuarteto de Liverpool, mediante una disposición de la ley de copyright de Estados Unidos, que permite a los autores reclamarlos tras 35 años.
Paul McCartney parece haber dejado todo este asunto atrás o por lo menos ha aprendido a tomarlo con humor, y cada vez que le preguntan por este episodio o por Michael Jackson, prefiere resaltar los buenos momentos que pasaron juntos y las cualidades del desaparecido cantante.
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Lecciones sobre propiedad intelectual y el lucrativo negocio de los catálogos musicales
Esta historia ofrece varias enseñanzas vitales, tanto para músicos como para todo tipo de creadores: Aprender de lo legal y de lo editorial es tan importante como crear la propia música.
La propiedad intelectual es un activo fundamental, por lo que los derechos de autor, las regalías y los catálogos generan ingresos sostenibles que pueden cambiar la trayectoria financiera de un artista.
Y claro está: Los negocios también pueden afectar las relaciones personales. La línea entre amistad y negociación comercial es peligrosa, por lo que mantener una línea que separe ambas es vital.
Desde 2020, una oleada de artistas mainstream ha capitalizado el valor de sus canciones, vendiendo sus catálogos a diversas compañías, como ha sido el caso, en los últimos años, de Bob Dylan, Bruce Springsteen, Paul Simon y muchos más, quienes obtienen liquidez inmediata y planificación patrimonial, mientras que las compañías transnacionales como Universal Music y Sony vuelven a explotar el catálogo musical, ahora convertido en activos financieros de flujo estable.
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Y es que no todo lo que se reproduce en las plataformas de streaming es música nueva. De hecho, dos tercios de todas las reproducciones de música en las plataformas es música vieja o “de catálogo”, lo que se convierte en oro molido para relanzar ediciones, impulsar documentales y biopics —hoy tan en boga— explorar gaming, TikTok, sincronizaciones premium y campañas globales.
Alejandro Castro | El Sol de México
