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La Opinión

Ricardo Anaya quiere “rebasar por la izquierda” a López Obrador (III)

Ricardo Anaya, ex presidente del PAN, dice que es necesario entregar una beca de mil 500 pesos a los mexicanos para que aumente sus ingresos

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Jacques Coste
Ricardo Anaya comparte la idea de AMLO de entregar dinero a los más pobres de México.

En días pasados, este espacio se ha dedicado a reseñar el nuevo libro de Ricardo Anaya. Hasta ahora, se han resumido y comentado los primeros siete capítulos que tratan sobre la historia de México y algunos problemas actuales del país relacionados con violencia, inseguridad, narcotráfico y corrupción. Hoy, continuaremos con esta revisión y entraremos a los capítulos dedicados a los problemas sociales y económicos de México. 

Muchos analistas sostienen que, si alguien quiere competir electoralmente a López Obrador, debe “rebasar por la izquierda”. Pues bien, pareciera que el capítulo 8 se aboca precisamente a ese propósito. En él, Anaya trata la desigualdad y la pobreza. Como mecanismo de combate a estos males, propone la instauración de un Ingreso Básico Universal (IBU). 

Antes de defender esta propuesta, el autor presenta su diagnóstico sobre ambos problemas. Para desarrollar su explicación, se vale de la metáfora del “edificio social” que expone Ricardo Raphael en El Mirreynato. 

También retoma los postulados de reconocidos economistas como Joseph Stiglitz y Thomas Piketty. Por momentos, cae nuevamente en la sobrerreferencia a estos autores (uso de argumentos de autoridad). En esta parte, el texto es excesivamente explicativo, didáctico y tedioso. Está repleto de ejemplos, citas, analogías y apoyos visuales.

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Da la impresión de que a Anaya no solamente le interesa mostrar que comprende los problemas socioeconómicos de México. También intenta convencer al lector de que su entendimiento es tan profundo que sabe cómo solucionarlos.   

Cuando el capítulo por fin llega a la parte de la propuesta, la lectura no tiene desperdicio. El autor defiende con claridad y solvencia al IBU como una herramienta “revolucionaria” y efectiva para paliar la desigualdad y la pobreza. Argumenta que esta política pública sería especialmente eficaz en México por tres razones. 

En primer lugar, ayudaría a evitar la corrupción de los intermediarios de los programas sociales (curiosamente, comparte esta idea con AMLO) y sería muy fácil de implementar para un gobierno con capacidades limitadas como es el caso del mexicano. En segundo término, contribuiría a ponerle fin a la política social como mecanismo clientelar electoral. En tercer lugar, esgrime el siguiente argumento:

“En economías más desarrolladas y con niveles de desigualdad más moderados, es mucho más difícil justificar la idea de un IBU. En el caso de México, está tan concentrada la riqueza en el piso 10, especialmente en el penthouse, que entregar 1,500 pesos a todas las personas mayores de 18 años no solo les cambia la vida a quienes viven en la planta baja: para los del quinto piso, representa aumentar un 28% sus ingresos; para el séptimo, un 19%; incluso para los del noveno piso representa un incremento, nada despreciable, de 11 por ciento”.

En síntesis, de acuerdo con Anaya, el Ingreso Básico Universal emparejaría la cancha de la economía mexicana, pues combatiría la desigualdad y la pobreza, además de generar cohesión social. Remata su argumentación a favor de esta política expresando que, en una coyuntura como la actual pandemia de Covid-19, el IBU fungiría como “un mecanismo permanente que permite al gobierno actuar de manera inmediata en caso de que sea necesario transferir dinero a los ciudadanos durante la emergencia”. 

En el capítulo 9, Anaya se concentra en explicar por qué el desempeño de la economía mexicana ha sido tan mediocre en los últimos años. Se trata del capítulo más flojo del libro.

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El autor se adscribe a la hipótesis de Santiago Levy, la cual postula que la razón del pobre desempeño económico de México es que el diseño institucional y el marco legal de nuestro país provocan que haya muchas empresas pequeñas, informales y poco productivas, en vez de una menor cantidad de empresas, pero formales y altamente productivas. 

Simplemente se limita a sintetizar los argumentos de Levy, sin comentar qué haría para cambiar esta realidad o por qué un gobernante debería tomar en cuenta estas ideas para diseñar su política económica 

Al enunciar las posibles soluciones para dinamitar el crecimiento económico de México, el autor se limita a exponer los qués, pero evita ahondar en los cómos. No pasa de los lugares comunes: es urgente una reforma fiscal; es necesario consolidar el Estado de derecho; se debe priorizar una estrategia regional, que ponga atención a las particularidades de cada estado de la República; contrario a lo que hace López Obrador, el gobierno debe fomentar la confianza de los inversionistas, y un largo etcétera de ideas poco sustantivas y trilladas.

En palabras del autor, el capítulo 10 “está pensado para los jóvenes que quieren participar en política y desean comprender el proceso electoral”. Anaya da cuenta de cómo funciona el sistema electoral mexicano y cuáles son sus principales vicios: el dinero bajo la mesa en el financiamiento de las candidaturas, la posibilidad de que algunos partidos estén subrepresentados y otros sobrerrepresentados en la Cámara de Diputados por medio de maniobras electorales que aprovechan huecos legales, el uso de programas sociales con fines clientelares, entre otros.

Sin embargo, pareciera que este capítulo es, más bien, un pretexto para hablar sobre su experiencia en las elecciones de 2018, ya que Anaya salta abruptamente de la descripción del sistema electoral a dar testimonio del “ataque artero e injusto que el gobierno de Peña Nieto enderezó en mi contra, y que terminó beneficiando a Andrés Manuel López Obrador y a su partido”.  

Aquí, desliza —aunque sin enunciarlo decididamente— que el pacto de impunidad entre AMLO y Peña es una realidad, y que el expresidente priista decidió dar paso libre e incluso beneficiar a su contrincante morenista, a cambio de que éste se negara a perseguir sus actos de corrupción tras obtener el triunfo electoral. 

Es evidente que, en 2018, Peña Nieto utilizó facciosamente las instituciones del Estado y los poderes presidenciales para perjudicar a Ricardo Anaya. No obstante, es decepcionante que, a toro pasado, lo único que Anaya tenga que decir sobre la elección sea eso. 

No externa ni una sola reflexión sobre qué otros factores explican la abrumadora victoria obradorista. Se hubiera agradecido un análisis humilde, introspectivo y autocrítico de esos asuntos. Pienso que, con esta omisión, Anaya perdió una gran oportunidad de conectar con sus lectores y, más ampliamente, con el resto de los ciudadanos.

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