“Globalmente, la especie humana se está volviendo más tonta. Nadie debe sentirse aludido por esto, pero las razones son muy sencillas y es que hemos sustituido actividades cognitivas muy importantes por las máquinas”.
Esta fue una de las reflexiones que más llamó la atención de los asistentes a la conversación que el escritor mexicano Juan Villoro sostuvo con Francesco Manetto en el primer día del Hay Festival Querétaro de este año.
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“Hoy en día no tenemos que aprender números telefónicos de memoria, ni tenemos que aprender una serie de cosas porque tenemos repositorios que nos rescatan; las agendas las tenemos en el teléfono y lo mismo pasa con la orientación en el espacio: seguimos un GPS que nos lleva a todas partes y no ponemos en juego nuestra capacidad cognitiva para orientarnos en el espacio… Y todo esto ha hecho que nosotros perdamos facultades, al tiempo que la Inteligencia Artificial (IA) las aumenta”, añadió.
En el encuentro, organizado por el diario El País y llevado a cabo en el Teatro de la Ciudad de la capital queretana, el también periodista destacó:
“Hay una cuestión muy sintomática y es que el ser humano ha perdido facultades y se ha vuelto progresivamente más limitado y esto está probado en mi libro No soy un robot, donde menciono el coeficiente de Flynn, el cual hizo un estudioso de Estados Unidos que vinculó la psicología con la estadística y así descubrió que a lo largo del siglo XX el coeficiente intelectual de la especie había aumentado en 30 puntos, pero en los años setenta éste se estabilizó y al llegar los años noventa empezó a descender a razón de dos puntos por década”, lamentó.
Manetto le recordó que hace cinco años, en este mismo festival, Villoro aseguraba que la lectura puede ser como un paracaídas que nos salva en momentos determinantes, a lo que el invitado respondió:
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“Sí, creo que es muy importante tomar en cuenta que la lectura es la gran reserva de la pluralidad humana. Y subrayo la palabra pluralidad, porque vivimos en la época de los algoritmos, los cuales nos están facilitando entrar en contacto con las cosas que ya nos gustan, porque saben quiénes somos y porque el sistema operativo del teléfono nos conoce perfectamente, de manera que nos va ofreciendo variantes de lo mismo que ya nos gusta, pero rara vez la IA te sorprende con una cosa que no sabías que te podía gustar o que es totalmente ajena a tu repertorio habitual”.
“Y eso es lo que hace la literatura. En este festival de pronto se puede escuchar a una autora o un autor que dicen algo sorprendente y te dan ganas de acercarte a su literatura y a su pensamiento, porque la cultura opera por diversificación de las posibilidades y naturalmente uno de sus principales recursos es la sorpresa. En cambio, el algoritmo no te está sorprendiendo, sólo te está confirmando a ti mismo”.
Destacó que en No soy un robot viene un ejercicio en el que se pregunta qué pasaría si viviéramos en un mundo exclusivamente de pantallas, al que de pronto llegara alguien con un libro de papel:
“Ese objeto resultaría extraordinariamente asombroso, porque es es un aparato que no se que no se desgasta, que no pierde fuerza en su sistema operativo, que no tiene una obsolescencia programada; o sea, no deja de funcionar, sigue operando perfectamente y además estimula los cinco sentidos, lo cual es muy importante para el conocimiento, porque somos animales biológicos y estamos acostumbrados a entender el mundo en tercera dimensión y poniendo en juego los distintos sentidos”.
“Y todo eso -continúa- lo convierte en un objeto único, que como dijo Umberto Eco, se inventó bien de una vez por todas, como el alfiler, el peine o la tijera, que no hay manera de mejorarlos”.
Incluso recuerda que en los años setenta del siglo pasado, Marshall McLuhan escribió un libro, La Galaxia de Gutenberg, en el que vaticinaba que los libros se volverían obsoletos, porque todo el mundo estaría viendo la televisión.
“La gran paradoja es que su libro era buenísimo y tuvo tanto éxito diciendo esa profecía, que el éxito del mismo libro negó su contenido, porque decía: ‘Se va a acabar el libro’, pero todo el mundo quería comprar ese libro, para leer que se iban a acabar los libros… Y de esa manera estaban ayudando a la industria editorial”.
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Sin embargo, matiza:
“Por supuesto que hoy los libros son minoritarios en un mundo que se mueve mucho más hacia la comunicación en redes; ningún escritor puede competir con TikTok. Yo diría que hoy en día un influencer es más importante que un filósofo, pero un algoritmo es todavía más importante que un influencer… Pero la literatura avanza de manera lenta y resistente, y sigue siendo una reserva de inteligencia y creatividad, creo que fundamental.
Ante el cuestionamiento de si en ese entorno, la lectura, la escritura y la conversación son un territorio de resistencia, comentó:
“Sí, creo que hablar con el otro y oír al otro es un territorio de resistencia, sobre todo en un momento en que nosotros vemos que hay un mundo totalmente binario en el orden digital, en donde tú te puedes sumar a un linchamiento virtual, pero falta pensamiento complejo, los matices, las atenuantes de poder decir: ‘Estoy de acuerdo con esto hasta aquí, pero con esto no estoy tan de acuerdo. Todo eso queda fuera de la discusión en las redes”.
Villoro considera que la dinámica de las redes sociales limita el nivel de la discusión humana y de la conversación.
“Cuando tú estás leyendo estás poniendo en juego tus reacciones con una mente distante que puede pertenecer a otro país o a otra época y estás aprendiendo cosas de ti mismo a través de esa otra persona. Y eso es muy importante porque lo más importante de un libro no es lo que dice del autor, sino lo que dice del lector. O sea, el gran personaje de un libro es el lector, es el que lo concluye y el que le da el último sentido, porque cada quien lo lee a su manera”.
Ante el cuestionamiento de este reportero sobre si suele leer autores con los que no necesariamente comparte una ideología, respondió:
“La literatura nos enseña que nosotros no debemos comulgar con las ideas de los escritores. Por ejemplo, yo oía los comentarios políticos de Vargas Llosa apoyando al gobierno de Israel o a Keiko Fujimori, y me daban ganas de recomendarle que leyera un libro, por ejemplo, Conversación en la catedral, escrito por el propio Vargas Llosa, porque es un libro muy inteligente. Yo estoy convencido de que debemos pensar que los libros, si son buenos, siempre son más inteligentes que los autores, porque los autores pueden tener ideas estúpidas y que ellos pueden ser pésimas personas también.
“Yo, por ejemplo, he leído a escritores que admiro muchísimo, como Borges, que me parece el escritor más importante del idioma español del siglo XX, aunque muchas de sus ideas políticas no las comparto. Vladimir Nabokov fue un escritor con el que no comparto nada de sus ideas y, sin embargo, es un escritor mayúsculo para mí. En fin, la literatura te adiestra que te gusten autores que piensan distinto a ti…. Ahora que se le hizo un homenaje a Guillermo Sheridan, que es un muy buen columnista de El Universal, yo dije: Una de las cosas que más me gustan de él es que no puedo dejar de leer a alguien con el que casi nunca concuerdo”
“Todas las herramientas se pueden utilizar de distintas maneras”
Uno de los temas en los que profundizó el escritor fueron los desafíos que supone la IA, de la cual dijo estar preocupado no sólo por los empleos que ya está desplazando y por la huella ecológica que tiene, destacando que de cualquier modo, se trata de una herramienta que puede ser utilizada con distintos fines:
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“Vale la pena comentar que estamos ante nuevas herramientas y que todas las herramientas se pueden utilizar de maneras muy distintas. El primer cuchillo que se inventó en la historia de la humanidad, probablemente acabó en la barriga de una persona, utilizado como un arma, y luego con el tiempo se fue utilizando para hacer cosas tan sofisticadas como el sashimi corte fino; desde entonces este instrumento se puede utilizar para lo bueno y para lo malo.
En ese sentido, destacó que las máquinas nunca podrán tener la complejidad de los seres humanos, con todo y sus contradicciones:
“Ahora los neurólogos están muy sorprendidos de que en las nuevas investigaciones del cerebro resulte que la toma de decisiones tenga que ver fundamentalmente con la emoción y no con la razón. Porque nosotros nos consideramos seres racionales, ¿no? Descartes dijo: Pienso, luego existo. Y recientemente un neurofisiólogo portugués escribió un libro que se llama El error de Descartes, porque los nuevos estudios nos dicen que más bien es: Siento, luego existo.
“El ser humano, para cualquier cosa, tiene primero una corazonada, una intuición, lo que llamamos química, lo que llamamos “esto me late”. Y ya de inmediato empezamos a racionalizarlo; es decir, justificamos la emoción. La inteligencia humana es la justificación de lo que sentimos. Pero entonces la emoción es un componente muy grande y ese es el motor de la creatividad, es el motor de la literatura”.
Mi libro se llama No soy un robot precisamente por eso, porque de pronto entramos a una página web, y hay una casilla que tenemos que llenar, que dice: “No, soy un robot… Nunca antes la humanidad había tenido que probar que todavía sigue siendo humana. La gran paradoja es que quien nos acredita como todavía humanos es una máquina, un robot”.
“Tenemos que demostrar no sólo que somos distintos a las máquinas, sino que podemos hacer cosas que ellas no hacen”, remata.
Alejandro Castro | El Sol de México
