De los garajes de la ciudad de Detroit a los estudios de Berlín con David Bowie y de la autodestrucción a la consagración, la vida de Iggy Pop consagra al artista como el último en la estirpe de la generación dorada para el rock.
En pleno 2025, continúa de gira con una vitalidad que desmiente su edad en un tour que retoma la energía cruda de su último álbum publicado en 2023 y la mezcla con clásicos de todas sus etapas. Con paradas en ciudades como París, Berlín o Madrid, sus conciertos son una demostración de resistencia física y carisma escénico.
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A sus 78 años, Iggy no se limita a revivir el pasado: lo pone en tensión con el presente, en un ritual que es tanto celebración como desafío y que ha subido al escenario del MadCool en Madrid, uno de los festivales internacionales con más fuerza de la escena musical.
Héroe de la clase trabajadora
James Newell Osterberg Jr. Nació en Muskegon, Míchigan, el 21 de abril de 1947, y allí creció en Ann Arbor, en una modesta casa prefabricada dentro de un parque de caravanas. Hijo único de un maestro de escuela de origen humilde, tuvo una infancia disciplinada, alejada de los estereotipos del “enfant terrible”.
La música llegó a su vida muy pronto: primero a través de los discos de jazz y blues que encontraba en las emisoras locales, y más tarde, con la explosión del rock and roll, por medio de artistas como Bo Diddley, The Kinks o The Rolling Stones.
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Comenzó como baterista y tocó en varias bandas adolescentes, entre ellas The Iguanas, de donde sacó su primer apodo: “Iggy”. Su interés por la música africana y el blues de raíz lo llevó incluso a pasar una temporada viviendo con una familia afroamericana en Chicago para estudiar los patrones rítmicos desde dentro.
La era punk
En 1967 fundó The Stooges junto a Ron y Scott Asheton y Dave Alexander. La banda nació en plena efervescencia de la contracultura, pero en lugar del idealismo psicodélico que dominaba la costa oeste, The Stooges ofrecían ruido, furia y nihilismo.
Su primer disco, The Stooges (1969), producido por John Cale (ex Velvet Underground), fue recibido con desconcierto: letras mínimas, riffs crudos, una voz al borde del colapso y una energía que anticipaba el punk antes de que existiera como género.
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La presencia escénica de Iggy era parte fundamental del impacto. Semidesnudo, con el torso cubierto de heridas autoinfligidas, lanzándose al público o arrastrándose por el suelo, construyó una imagen de animal escénico que no se parecía a nada visto hasta entonces.
Los discos Fun House (1970) y Raw Power (1973) confirmaron su carácter explosivo, pero también firmaron su sentencia comercial. El grupo se disolvió entre peleas, adicciones y falta de apoyo discográfico.
Hundido en la heroína, arruinado y mentalmente inestable, ingresó por voluntad propia en un hospital psiquiátrico en los 70. Fue entonces cuando apareció David Bowie. Fascinado por su carisma crudo y su talento subterráneo, Bowie se convirtió en su protector, lo invitó a compartir piso en Los Ángeles y lo llevó consigo a Europa.
Juntos se instalaron en Berlín Occidental, donde darían forma a una etapa esencial tanto para la carrera de Bowie como para el renacer artístico de Iggy. Entre 1976 y 1977, grabó dos discos que hoy se consideran obras maestras: The Idiot y Lust for Life. El primero, oscuro y frío, marcó un giro hacia una sonoridad más electrónica. El segundo, más vitalista, contenía himnos como “The Passenger” y “Lust for Life”, que relanzaron su carrera y lo convirtieron en un referente para la generación punk. Bowie coescribió, produjo, tocó instrumentos y, sobre todo, le ofreció estructura, algo que Iggy nunca había tenido.
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Una montaña rusa
La década de los ochenta fue, en muchos sentidos, una montaña rusa. Iggy Pop luchaba por mantenerse alejado de las drogas, publicaba discos de irregular calidad y emprendía giras constantes. Aunque su popularidad era intermitente, logró éxitos puntuales como “Real Wild Child” (1986), que lo posicionó en la era de MTV.
Al mismo tiempo comenzaba a convertirse en figura de culto: sus viejos discos con The Stooges eran redescubiertos por músicos jóvenes que lo consideraban una figura fundacional.
Durante los noventa, Iggy Pop exploró nuevas vías. Participó como actor en películas como Dead Man (Jim Jarmusch, 1995), publicó su autobiografía I Need More y colaboró con artistas tan diversos como Goran Bregović o Death in Vegas, con presencia constante tanto en el circuito alternativo como en proyectos inesperados.
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En 2003, después de décadas de rumores, The Stooges publicaron The Weirdness (2007) y ofrecieron giras multitudinarias. El reencuentro no sólo fue un gesto nostálgico, sino una reivindicación: Iggy Pop volvía a estar en primera línea, ahora con el respeto de la crítica y el fervor de tres generaciones de seguidores.
Su actividad no cesó. En 2016 publicó Post Pop Depression, producido por Josh Homme (Queens of the Stone Age), uno de los trabajos más aclamados de su carrera reciente. En 2019 sorprendió con Free, un disco introspectivo con pasajes de jazz y spoken word.
Hace dos años lanzó su más reciente grabación, Every Loser, que es un retorno al sonido más agresivo, con colaboraciones de Duff McKagan, Travis Barker o Chad Smith. A sus más de 75 años, no dejaba de grabar ni de girar.
Acompañado por una banda formada por músicos jóvenes —entre ellos Kevin Haskins (ex Bauhaus) y el guitarrista Andrew Innes (Primal Scream)—, en su última gira ofrece un repertorio que oscila entre la violencia primitiva de “I Wanna Be Your Dog” y la madurez sombría de “Free”.
Más allá del escenario
Aunque su imagen pública sigue vinculada a la visceralidad, Iggy Pop es también un pensador inquieto. Desde 2016 presenta en la BBC el programa “Iggy Confidential”, donde explora géneros variados, desde la música africana hasta la electrónica industrial.
Su voz, profunda y serena, contrasta con el estereotipo de salvaje irreflexivo.
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Ha publicado poesía, textos personales y ha participado en documentales sobre arte y música contemporánea y se ha convertido en emblema cultural. En una industria que idolatra la juventud y la perfección, Iggy reivindica lo imperfecto y también el paso del tiempo.
El relato de Iggy Pop no es lineal; a lo largo de más de cincuenta años, ha vivido muchas vidas: icono punk, “crooner” experimental, actor de culto, cronista de su tiempo.
María Muñoz Rivera | El Sol de México
