Al enviar varias de las fotografías que ilustran esta entrevista, Korina hace énfasis en el detalle de una de ellas: “en la primera que estoy ahí sentadita, se ve que traigo una herida en el seno derecho, bueno, cuál seno ¿verdad?, si ni chichis tengo”… dice entre risas mientras cuenta el origen de aquella marca: “Es una cicatriz que me hicieron cuando trabajaba en un prostíbulo en el centro, se metieron a robar y pues… Me picaron. Qué horror, malditos”.
Eran los años sesenta, nada era fácil para la comunidad LGBTQ+ de aquellos tiempos, y mucho menos para las personas trans, que siguen siendo uno de los sectores más vulnerables de la sociedad hasta nuestros días.
“Soy una persona transfémina de 61 años, ya en unos días cumplo 61. Recuerdo que tendría 20 o 22 años y no sé por qué tenía yo misma la perspectiva de que me iba a morir a los 35.
“En los sesentas no había garantías para todo el colectivo LGBTQ+, menos para nosotras, las mujeres trans o personas transféminas, era inimaginable, nos veían como la aberración. Haz de cuenta, como si fuéramos las hijas de Chucky. Así prácticamente, como de algo de lo que no se podía hablar, simplemente, no teníamos futuro”, cuenta Korina, quien actualmente dirige el movimiento Pintando Arcoíris.
Se trata de una agrupación integrada por adultos mayores de la comunidad LGBTQ+ quienes buscan ser escuchados y recibir apoyo ante las diferentes adversidades que surgen con el paso de los años siendo una persona gay, entre ellas la soledad.
“Pintando Arcoíris surgió hace un año. Nos enfocamos en el desarrollo y el bienestar de mis compañeros mayores LGBTQ+. Estamos trabajando para aliviar la soledad de mis compañeros, porque muchos estamos solos. Fuimos expulsados de nuestras familias y no formamos familias propias, no nos tocó la maravilla del matrimonio igualitario o de la adopción de hijos, estamos solitos.
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“Muchos de mis compañeros están en el abandono por querer ser como queríamos y cómo éramos o porque, como se decía antes, ‘se te notaba la pluma’. Muchos quisieron tener sus propios negocios en la costura o la peluquería, pero ya a estas edades no pueden seguir trabajando, no tuvieron una pensión laboral porque no hubo oportunidad de trabajos estables, entonces están en situaciones económicas muy precarias, nuestro trabajo es sacarlos adelante, aliviar la soledad y el abandono para que se sientan apoyados”.
Actualmente, la organización está integrada por 35 miembros, quienes participan activamente en difundir los valores de una comunidad que fue de las primeras en “pintar de colores el orgullo”. Y lo hacen a través de diferentes proyectos como la campaña que lleva el mismo nombre que la organización, la cual, está presente en redes sociales.
A través de videos y contenido de imágenes, los integrantes de Pintando Arcoíris, aparecen enviando mensajes como “No estamos en los reflectores, pero encendimos la primera luz”, “El amor que escondimos, hoy lo celebramos”, “El amor no está completo si no caben todas las edades”, “Fuimos los que pintaron los primeros colores”, entre otras.
“Recuerdo cómo en mi época los diarios eran muy amarillistas y mostraban el rechazo hacia nuestra comunidad con cabezales como ‘Fiesta de depravados’ o ‘Los mujercitos”, refiriéndose despectivamente a alguna noticia que pudiéramos dar.
“Yo tenía la manera de ver estos periódicos porque mi papá, adorado, ajá… Cabrón más bien, los utilizaba como una manera de agredirme y además, de agredir a mi madre adorada; yo estaba en la adolescencia; mi papá llegaba y aventaba ese mugroso periódico. Y le decía a mi mamá ‘mira’. Ella entendía claramente el mensaje y nada más movía la cabeza como diciendo, (a veces sí lo expresaba) ‘oye, por qué traes estas fregaderas’, pero yo sabía cuál era la finalidad de él. Mi expresión de género, pues no era la adecuada, no era legal, no era la permitida por la religión y mucho menos por una estructura tan heteronormativa”.
Esta situación del entorno familiar, más lo que Korina vivió posteriormente, fue lo que le llevó a pensar que sólo viviría hasta los 35 años.
“Por eso es que yo pensé que no viviría mucho tiempo, al ver cómo golpeaban a mis compañeras, las extorsionaban o las desaparecían. Ejercíamos el trabajo sexual, unas salían, pero otras ya no, porque que se les pasaba la mano y pues ahí las mataban, las electrocutaban, las golpeaban, les reventaban los oídos… Tú no sabes.
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“Yo creo que lo más fuerte es que hubo un exterminio sistemático por parte del Estado, era la época de ‘El Negro Durazo’. Esto no se menciona, pero era una agresión directa a la comunidad LGBTQ+. Entre nosotros se sigue diciendo y yo lo afirmo: era una agresión sistemática, pero para nosotros era como un exterminio”.
En aquellos tiempos, dice, no existía la palabra trans, ni la palabra travesti y mucho menos transgénero, entonces los calificativos más bien, “eran descalificativos, de puto para arriba. Eran cosas muy fuertes. Entonces, evolucionar en esa época como persona trans era imposible, no tenías una identidad, yo realmente no sabía, no entendía qué pasaba”.
Su sueño era ser doctora
La educación escolar para Korina se convirtió en todo un reto y a la vez en una monserga difícil de enfrentar y superar, a partir de una terrible experiencia en la que fue víctima de abuso sexual.
“Yo quería ser doctora. Pero estando en la preparatoria, entre los 15 y 16 años, me agredieron en el baño varios compañeros y no compañeros. O sea, de repente era una multitud de chavos que me encerraron en el baño, y pues… Me violaron, me golpearon, yo pensé que me iban a matar, logré escapar de ahí y pregúntame si regresé a la escuela al día siguiente, pues no, ni loca.
“Muchos años después, platicando con mi mamá, me dijo, ‘pero ¿por qué no me decías nada en ese momento que llegaste todo sangrando, hablándome de niño en ese momento, le respondí: “Si yo te lo decía, estando mi papá ahí, o si me hubieran matado, mi papá hubiera dicho ‘¿por qué lo mataron? Pues por puto’”.
Su sueño de estudiar medicina se vio truncado por el miedo a regresar a estudiar la preparatoria. Sin embargo, entró a estudiar computación en una escuela de paga. “Ahí no me fue tan mal, pero claro, qué va de ser doctora a estudiar computación. A mí me valió un poco esto porque puedo entender y no me cuesta tanto trabajo adaptarme a estas cuestiones de la modernidad tecnológica”.
Fue a los 16 años y tras dos intentos de suicidio, que Korina huyó de su casa, teniendo como única opción la calle.
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“Así fue como sobreviví, en la calle y con el apoyo de los amigos, las amigas, las comadres, las hermanas de una generación”.
Al igual que muchos, quiere contar su historia al mundo para que los jóvenes de la generación actual valoren los logros de las personas que iniciaron todo un movimiento en la lucha por los derechos LGBTQ+, que el mensaje se dignifique y no se desvirtúe, sobre todo ante lo que sucede actualmente, en cuanto los mensajes homofóbicos y políticas estrictas en contra de la comunidad, como los que difunde el presidente Donald Trump.
“A veces entramos en ese debate, de que se está desvirtuando la lucha que además tiene que seguir porque, aunque ya se han logrado cosas y que son maravillosas como el matrimonio igualitario, la adopción y la construcción de familias diversas como las que creamos con Pintando Arcoíris, la lucha debe seguir, se deben seguir exigiendo nuestros derechos, porque nada nos garantiza que pueda haber un revés. Lo estamos viendo en el país más gay friendly que existe, que es Estados Unidos y todo lo que está pasando allá.
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Korina obtuvo su registro como persona transgénero hace ocho años, actualmente se mantiene soltera porque no le interesa tener una relación, y dedica tiempo completo a reforzar las bases con las que dio origen a un proyecto con el que busca crear cadenas que fortalezcan los lazos de unidad en esta minoría que se enfrenta día a con día a nuevos retos.
Más información sobre la organización Pintando Arcoíris en el Instagram @pintandoarcoiris.cdmx
Gerardo León | El Sol de México
