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La Opinión

El estado actual de la izquierda democrática en México

La victoria electoral de AMLO desdibujó a la izquierda democrática, menguó la fuerza de muchos de sus liderazgos y minó el arrastre social de sus diversas corrientes y manifestaciones

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Jacques Coste

Paradójicamente, lo peor que pudo ocurrirle a la izquierda democrática en México fue la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República. La victoria electoral de AMLO desdibujó a la izquierda democrática, menguó la fuerza de muchos de sus liderazgos y minó el arrastre social de sus diversas corrientes y manifestaciones.

Por supuesto, la izquierda democrática mexicana es amplia, heterogénea y diversa, pero los efectos del estilo personal de gobernar de López Obrador han sido igualmente funestos para todo el espectro en su conjunto. 

Escondido tras la identidad de un líder social preocupado por los desposeídos, arropado por su imagen de férreo opositor del gobierno, López Obrador se convirtió en la principal figura de la izquierda mexicana desde los primeros años del siglo XXI. 

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Las pugnas internas y la pobre institucionalización del PRD, así como la mezquindad de algunos de sus grupos, facilitaron el encumbramiento del tabasqueño. 

El idealismo de algunos intelectuales de izquierda, el hartazgo de los ciudadanos hacia la clase política, la sed de cambio de los votantes y la genuina convicción de amplios sectores sociales contribuyeron a su llegada a la presidencia. 

El cariz personalista de Morena y la presencia de personajes oportunistas o leales hasta la médula en el partido crearon las condiciones para que la palabra presidencial fuera incuestionable, lo que socavó la pluralidad del movimiento y la presencia de voces críticas en el gobierno. 

Supuestamente, López Obrador sería el primer presidente de izquierda democráticamente electo en la historia de México. Muchos esperaban que condujera un gobierno progresista en los social, redistributivo en lo fiscal, reivindicativo en temas de derechos humanos y liberal en temas de expresión, cultura, arte y prensa. 

Nada de eso ha ocurrido, absolutamente nada. En realidad, estamos ante un presidente alejado de estas cualidades. Los juicios de Roger Bartra y Carlos Illades —dos de los más prominentes intelectuales mexicanos de izquierda— sobre López Obrador son ilustrativos en este respecto. 

Bartra ni siquiera lo considera de izquierda. Más bien, lo cataloga como un populista de derecha. Illades es menos severo, pero igualmente agudo: sostiene que, por su afán de combatir la desigualdad, AMLO es un mandatario de izquierda, pero de corte conservador y su predilección por instituciones como la familia y el ejército así lo demuestra. 

Al acompañar a López Obrador en su camino a la presidencia y en su conducción del gobierno, diversas figuras importantes e históricas de la izquierda democrática se quemaron. Algunas de ellas se mantienen firmes con el presidente: ya por convicción, ya por afán de poder. Otras tantas se han distanciado, pero arrastran un desgaste y un descrédito de los que no es fácil recuperarse. 

Ése es el caso de Porfirio Muñoz Ledo, Cuauhtémoc Cárdenas e Ifigenia Martínez. Es verdad que la izquierda democrática mexicana no se puede concebir sin estos nombres, pero también es cierto que todos —en mayor o menor medida— apoyaron a López Obrador en algún momento. Inclusive, Muñoz Ledo le colocó la banda presidencial a AMLO e intentó liderar su partido.

Por eso, es alentador que estas tres figuras aparezcan nuevamente juntas en público y vuelvan a demostrar su preocupación por el estado actual de cosas en el país, pero han perdido credibilidad y vigor: por su edad, por la ausencia de relevos generacionales y porque es fácil distanciarse del presidente una vez que te das cuenta de que estás perdiendo peso en su movimiento, de que tu liderazgo ya no es útil para el mandatario. 

Con los intelectuales de izquierda democrática, ha ocurrido algo parecido. Los ya mencionados Bartra e Illades han sido, probablemente, los críticos más férreos, pero la gran mayoría todavía apoya firmemente al presidente. 

Que no se malinterprete, los intelectuales están en todo su derecho de creer en un proyecto político y de respaldarlo en el mundo de las letras. Lo que es triste es que lo hagan acríticamente: muchos elogios, muchos aplausos, mucha defensa, poco cuestionamiento, nula crítica.

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¿Y los otros partidos de izquierda democrática? El PRD, desfondado, reducido a conformarse con mantener el registro; Movimiento Ciudadano enarbola un discurso socialdemócrata, interesante y moderno, pero su ejercicio del poder no es precisamente progresista. Jalisco parece un estado gobernado por el PAN y no podemos esperar un gobierno de izquierda encabezado por Samuel García en Nuevo León. 

Finalmente, el pujante movimiento feminista se ha gestado, principalmente, desde la izquierda. Los colectivos de mujeres le han disputado la calle y la narrativa al presidente más de una vez en lo que va del sexenio, pero no parece que haya condiciones para que esta fuerza social se convierta en partido político o se institucionalice. 

Así las cosas, no parece existir una auténtica alternativa política de izquierda democrática hoy en México y tampoco parece que haya condiciones suficientes para que se construya en el corto plazo. 

Twitter: @peloncoste