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Sonora

“El viejo de mi alma”, el negocio de una familia de microempresarias sonorenses

Más que un emprendimiento familiar para vender chiltepines y salsas, “El viejo de mi alma” es un acto de amor y memoria de parte de la esposa y las tres hijas de Juan Manuel Medina, mecánico hermosillense que falleció hace cinco meses en un accidente de trabajo.

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HERMOSILLO, Sonora.- Más que un emprendimiento familiar para vender chiltepines y salsas, “El viejo de mi alma” es un acto de amor y memoria de parte de la esposa y las tres hijas de Juan Manuel Medina, mecánico hermosillense que falleció hace cinco meses en un accidente de trabajo.

Después de su despedida, Verónica Vasquez y sus hijas Vanessa, Karen y Argelia buscaron la manera de recordarlo siempre y que trascendiera más allá de las fotografías y memorias familiares. Hoy son microempresarias sonorenses con una serie de productos que han traspasado fronteras.

“El viejo de mi alma” era un dicho por el que todo mundo lo conocía, cuando se acercaba a las personas, siempre los saludaba así: “¡hola, viejo de mi alma! ¿cómo estás?”, narró Verónica.

“Dijimos, vamos con ese nombre, vamos a ponerle El viejo de mi alma, ¿y qué vamos a hacer? Pensamos, pues algo bien sonorense: el chiltepín, que a él le encantaba”, abundó.

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A Juan Manuel lo recuerdan así: cada viaje familiar significaba carcajearse cuando se sacaba una bolsita de chiltepín del bolsillo de la camisa para espolvorear a la comida, sin importar cuál, adonde quiera que fuera.

O verlo saborearse cuando le vaciaba el polvito rojo a un plato de menudo, a la machaca o a cualquier otro platillo, aunque fuera dulce y la tradición marcara que el chiltepín no era para eso.

“Lo recuerdo como un hombre amoroso, muy trabajador, noble y cariñoso”, dijo su hija Vanessa, quien aseguró que “siempre estuvimos muy unidos como familia, fue un gran papá y esto nos enorgullece mucho, tener su negocio, crear esto (El viejo…) para él, desde el corazón de mi mamá”.

Cuando idearon el negocio, no había dinero para la inversión, solamente lo que Juan Manuel traía en su cartera.

“Con eso compramos el material y la primera ganancia de la venta la volvimos a invertir y así, hasta ahorita, estamos reinvirtiendo todo, pero eso nos tiene con el corazón muy tranquilo, porque él también inició esto”, dijo Vanessa. Y su mamá agregó: “Él no me falla, me sigue dando para la comida”.

Cada una de estas mujeres se encarga de una tarea en específico: Verónica es la experta en la cocina, Vanessa trabaja en la imagen y diseño desde Hermosillo; Argelia, que vive en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, maneja las redes sociales; y Karen, que reside en Phoenix, Arizona, se encarga de la distribución y envíos del producto.

Vanessa es la creadora del logotipo de su emprendimiento: un bigote y unas gafas oscuras Ray-Ban están impresas en las etiquetas que van en cada frasco de chiltepín silvestre, traído de la sierra de Sonora, rojo o verde, curtido, seco, molido o en salsas.

“Él usaba bigote y ella (Vanessa) hizo un logo con un bigote”, contó Verónica, “yo le dije que sí me gusta, pero que no se parecía a su papá… y como él siempre usaba lentes Ray-Ban, se los puso y ahí sí, ése es tu papá, le dije.

Esa foto, para nosotras, es él. Entonces, cuando estoy haciendo las salsas yo lo veo y digo: aquí está conmigo”.

Entonces la cocina se vuelve una fiesta. Verónica prepara las salsas y siente a Juan Manuel ahí, echándole porras, como en los 30 años que vivieron juntos en matrimonio.

“Las recetas son meramente familiares, yo siempre le hacía esa salsa a él porque le gustaba mucho”, dijo Verónica, “y sí, mi mamá me enseñó y la hemos mejorado, la hemos ido modificando poquito, pero está riquísima”.

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Las cuatro mujeres ahora salen adelante con la venta de los productos caseros. “El viejo de mi alma” ya no solo vive en ellas, sino que viaja por todo México y Estados Unidos para llegar a las mesas de muchas familias. Esa, su frase, se repite una y otra vez, cuando sus clientes les envían las felicitaciones por redes sociales.

“Con esto, sentimos que estamos trabajando juntos, con solamente escuchar ‘El viejo de mi alma’ sentimos algo muy bonito, se siente algo bien padre cuando los clientes nos mandan fotos donde están haciendo alguna comida que no conocemos -como unas manitas de cangrejo que nos llegaron de Chiapas- y que nunca hemos probado, pero ahí estaba el viejo en la mesa”, comentó Verónica.

Señaló que también que así pasa en California, Tijuana, Phoenix, Riverside, Tucson, cuando nos mandan fotos bien bonitas y para nosotras, el que otra gente lo esté recordando, se siente muy bonito”.

Uno de los sueños de Juan Manuel era tener nietos y, aunque no alcanzó a verlo materializado, su legado existirá para que los futuros niños o niñas sepan quién fue su abuelo.

Para comprar cualquiera de los productos de “El viejo de mi alma” en sus versiones individuales o en canastas de regalo se puede visitar las cuentas en Facebook e Instagram.