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La Opinión

El intelectual-influencer es un peligro para México

El intelectual-influencer no usa las redes para difundir sus ideas, sino que acomoda opiniones para generar popularidad en plataformas digitales

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Jacques Coste

Dedico este espacio a advertir sobre lo peligroso que es un personaje público que ha surgido durante los últimos años: el intelectual-influencer. Es aquel analista que prioriza los temas en su agenda y determina desde qué ángulo los tratará con base en la cantidad de likes, retuits y menciones que obtendrá.

No me malinterpreten. No hay nada de malo en que los columnistas, académicos, escritores y periodistas se valgan de las redes sociales para difundir sus opiniones. Al contrario, esto contribuye al debate público y acerca a los analistas e intelectuales con los ciudadanos.

Aún más, es loable que ciertos académicos divulguen los resultados de sus estudios en redes sociales y los hagan asequibles para audiencias amplias. También es positivo que los analistas debatan entre sí a plena luz pública.

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El problema es que el intelectual-influencer no usa las redes para difundir sus ideas ni para intercambiar argumentos, sino que acomoda sus opiniones para que generen réditos en términos de popularidad en las plataformas digitales.

La diferencia entre ambas maneras de proceder es sutil y el umbral que las separa es muy delgado. Además, es una cuestión subjetiva y de intencionalidad, lo que complica la posibilidad de marcar una distinción clara y rígida. Incluso, me atrevo a decir que casi todos los columnistas hemos actuado al menos una vez como intelectuales-influencers: pensando más en el aplauso digital que en la calidad de nuestros textos y la pertinencia de nuestras críticas.

Sin embargo, hay quienes actúan de esta forma casi a diario. Y ahí está el problema. Con sus análisis simplones y populacheros, los intelectuales-influencers trivializan la discusión pública, fomentan la polarización y refuerzan estereotipos, mitos urbanos y prejuicios.

Además, incurren en deshonestidad intelectual, pues difunden reflexiones a modo para agradar a sus seguidores y para polemizar por el simple hecho de polemizar.

Los intelectuales-influencers recurren a fórmulas tan sencillas como atractivas para articular los contenidos que difunden. Por ejemplo, “demuestran” la validez de prejuicios o creencias populares sobre la clase política mediante disertaciones sofisticadas y convincentes en apariencia, aunque cimentadas en argumentos endebles o, de plano, en falacias.

Asimismo, para enardecer a sus seguidores en redes sociales, desacreditan a los analistas que piensan diferente que ellos o a los líderes de opinión de los medios tradicionales, con descalificaciones personales o señalando supuestos vínculos con un grupo político o con cierta corriente ideológica.

Un artilugio común del que los intelectuales-influencers se valen para obtener fama digital es acuñar algún concepto llamativo y pegajoso —cual canción de música pop— para explicar de manera simplista y homogénea todo tipo de fenómenos políticos o sociales, por complejos que sean.

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Otra fórmula típica de los intelectuales-influencers se podría catalogar como “nadie tiene razón más que yo”. En términos llanos, consiste en decir: los demás analistas tienen razón en criticar tal aspecto del gobierno, pero no lo están criticando por los motivos correctos; las verdaderas razones por las que deberían criticarlo son éstas, que sólo yo tengo la capacidad de ver y analizar.

Cuando el intelectual-influencer recurre a esta última fórmula, examina las críticas de los demás analistas con excesiva minucia y hasta de manera quisquillosa, pero imprime muy poco rigor a las críticas de su autoría. Es decir, presta más atención a desmontar las opiniones de sus colegas que a elaborar las suyas propias.

Casi siempre, el intelectual-influencer acompaña este tipo de pseudoanálisis con un tuit provocador, en el que etiqueta a algunos de los comentaristas que critica, se burla de ellos o los desafía.

Si estas fórmulas les parecieron conocidas y si lograron relacionar cada una de ellas con algún analista que siguen en redes sociales, es porque la comentocracia mexicana está repleta de intelectuales-influencers. Por eso, aprovecho esta tribuna para exhortar a mis colegas columnistas a escribir con rigor y honestidad intelectual, pensando más en la agudeza de nuestros análisis y en la pertinencia de nuestras críticas que en el aplauso digital.