Con el paso de los días, es muy probable que Israel caiga en la cuenta de que su principal aliado en Occidente, Estados Unidos, más que ayudarle en su guerra contra Irán, le está afectando.
El presidente Donald Trump nunca tomó medidas bélicas determinantes contra Irán; todo se redujo a unos cuantos ataques aislados y, eso sí, a varias andanadas de amenazas vacías. ¡Un auténtico circo!
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La retórica beligerante del secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, quien afirmaba con soberbia que el poder de su país había paralizado por completo a las fuerzas armadas iraníes, resultó ser tan exagerada como falsa.
Lo mismo ocurrió con la narrativa de la supuesta destrucción previa de la infraestructura nuclear iraní hace un año; pura propaganda.
Israel fue socio pleno de la llamada “guerra de los 12 días” contra Irán, pero quedó marginado de la negociación del memorando de entendimiento y hoy observa el acuerdo con profunda consternación.
A todas luces, el gran perdedor de este tablero es el gobierno israelí. Una realidad sumamente alarmante si consideramos que es el actor que corre el mayor riesgo geopolítico, dado que una de las metas innegociables de Teherán es que el Estado de Israel simplemente no debe existir.
El punto de quiebre: El día más letal para Teherán fue el primer ataque coordinado entre Israel y EU, donde murieron líderes clave e incluso el ayatolá Alí Jameneí, la máxima cabeza de la teocracia. Sin embargo, tras el golpe, Irán restañó sus heridas con rapidez y obligó a Washington a frenar las ofensivas esporádicas para sentarse a negociar.
La estrategia de supervivencia y contraataque de Irán se basó en tres pilares que descolocaron a Occidente: El cierre estratégico del Estrecho de Ormuz. El hostigamiento a los intereses estadounidenses en Medio Oriente. El despliegue masivo de drones de bajo costo que ni Israel, ni Qatar, ni Emiratos Árabes Unidos han logrado contener.
Al tomar el control de las cartas, Teherán exige ahora que Israel deje de atacar a Hezbolá en el Líbano. Es una condición imposible de cumplir: este grupo proxy no dejará de hostigar mientras Irán no se lo ordene, sin importar el alto el fuego vigente.
Hezbolá es una llave de presión, pero lo que realmente le da a Irán el sartén por el mango es el Estrecho de Ormuz. La zona ha estado al rojo vivo desde el primer día del cese al fuego, registrando ataques esporádicos a buques cargueros y petroleros de ambos bandos.
El cierre de este paso comercial tuvo una repercusión radical en el mundo, disparando el precio de las gasolinas en EU y provocando escasez global de fertilizantes. Esto generó una fuerte ola de impopularidad para Trump, obligándolo a acelerar un acuerdo de paz que inicialmente no era aceptado por las partes.
El magnate no ha dejado de presumir que firmó un pacto con Irán muy superior al que logró el demócrata Barack Obama. No obstante, al día de hoy, jamás se han conocido los detalles reales del acuerdo de 14 puntos, el cual sigue en una cuerda floja de negociación y que Teherán suspende cada vez que se le antoja; sobre todo, cuando al mandatario estadounidense se le va la boca.
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Para Israel, los riesgos siguen creciendo de forma exponencial. Ahora no solo debe vigilar el frente de Irán, sino también a Turquía, que representa una amenaza directa a su seguridad; no solo por la presunta venta de aviones de guerra F-35 estadounidenses, sino porque apoya abiertamente a Hamás.
Mientras Israel sigue sumando enemigos y amenazas reales a su supervivencia, Trump se dedica a fanfarronear como si fuera un faraón infalible. Ante aliados de esa naturaleza, bien aplica el viejo dicho popular: ¡Mejor no me ayudes, compadre!
Parece que Trump en lugar de procuar la paz estrá arengando la guerra con una administración que de política y diplomático no tiene nada, quiso jugar con Irán y salió con la cola entre las patas y de paso se llevo a su aliado en Medio Oriente, quien por cierto no está de todo bien con Washington.
