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Fe y compromiso, los Juramentos que buscan rescatar a quienes luchan contra las adicciones

Agrega que recurrió al “pedacito de fe” que tenía escondido para llevarlo hasta la capilla de los Juramentos.

Aquí vienen los que están totalmente destrozados. Los que perdieron la fuerza de voluntad y despedazaron la tranquilidad de la familia. Llegan con prisa contenida y la mirada hacia abajo, como si la vergüenza y el cansancio hubieran pactado para sostener el paso.

Los trae el temor a lo divino representado en una imagen de la Virgen de Guadalupe impresa en un cartoncillo de 7.5 por 5 centímetros. A esa estampa —la que más tarde firmarán con su puño y letra— le apuestan para ser rescatados en minutos de esa vida de excesos a la que los empujaron las adicciones.

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El cartón cabe en la cartera y en la palma; cabe bajo una almohada, dentro de una alacena, pegado a la puerta del refrigerador. Lo sostienen como si pesara más de lo que pesa: la posibilidad de empezar.

Antes de la fe se escucha otra cosa. A un costado, sobre el camino empedrado del templo, un jardín es atendido por un empleado de la Basílica. Intercala el sonido de la desbrozadora con La maldita primavera de Yuri que sale de una bocina portátil. El zumbido de la máquina muerde el pasto; la canción aparece y desaparece cuando el jardinero afloja la mano o hace una pausa para acomodar la mirada.

El ruido metálico y la melodía hacen una especie de trenza que se derrama por la explanada y alcanza la puerta: una plancha metálica color chocolate, de no más de metro y medio de ancho por dos y medio de alto, resguardada por una hilera de cadenas, como si trataran de frenar la entrada del mal. Detrás está el umbral que promete sosiego, un espacio de más de 600 metros cuadrados. Es la capilla de los Juramentos.

El templo está ubicado dentro del complejo de la Basílica de Guadalupe, frente a otro llamado de Indios. El edificio de los Juramentos fue el claustro de las Hermanas Capuchinas. Desde afuera se aprecia la geometría vencida del conjunto: vista de frente, los hundimientos dejan ver que está de lado, como si la arquitectura hubiera acompañado la inclinación de quienes llegan azotados por las adicciones.

El verde de la marquesina es un verde gastado. Al levantar la mirada, un letrero confirma que quienes buscan el lugar han llegado: “

La frase coincide con la urgencia de los que suben los escalones: dejar de beber, que se les quite la “sed de la mala”, que el día no vuelva a girar alrededor del tonayan o una dosis. Es casi el mediodía y el cielo se nubla. La luz cae pareja; el calor se guarda y no estorba. Poco a poco entran. Es viernes. La cita no es con la parranda ni con la fiesta, como acostumbraría cualquier asalariado u oficinista con ansias de olvidar.

“¡No jurarás el nombre de Dios en vano!”

Es con la fe para dejar de intoxicarse con alcohol o con cualquier otra droga, comprometiéndose con la Virgen de Guadalupe y con el Señor de los Juramentos. Algunos dicen que quieren evitar “un fondo de sufrimiento más grande”.

Los primeros cuatro ingresan: dos mujeres y dos hombres. No llegan solos. Llevan el doble de compañía: esposas, madres, nueras, hijos; hasta compadres. El acompañamiento funciona como testigo y como resguardo: vienen a mirar de cerca el compromiso, a escucharlo, a sostenerlo si hace falta.

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Han pasado cinco minutos y otros fieles acceden. Adentro, cincuenta sillas con pupitre esperan para escribir. Los lugares centrales están libres; todos buscan las orillas, como si la línea de la pared ofreciera un mínimo refugio. El diácono Juan Leandro Ricoy Ramírez los convoca al pie del altar.

Es un hombre de figura espigada, piel bronceada por el sol que quema la ciudad, ojos profundos. Parece de carácter fuerte, pero en el trato se mueve de otro modo; su voz es la de un predicador con el mensaje aprendido y asumido. Seis años de recabar a diario firmas para dejar de beber lo respaldan.

Camina entre filas y reparte estampillas. Les pide que lean. Les dice que redacten. Les coloca una prueba frente a la prueba: un texto breve que deberán volver a leer y estudiar en el mismo cuaderno pequeño donde escribieron su nombre.

Los primeros parecen tímidos, como si esperaran un regaño. El diácono comienza a entregar las estampas en las que leerán y escribirán, como si fuera una admisión: se pasa si se permanece limpio y sin recaer. Todos permanecen atentos para el inicio de la cátedra religiosa.

Las dos mujeres no rebasan los cuarenta años. Su complexión es robusta; reflejan fuerza y vitalidad, aunque la voluntad por permanecer sobrias las haya abandonado en días anteriores. El cabello teñido de ambas parece húmedo por el baño o por el exceso de gel. El maquillaje es discreto. A una de ellas, un adolescente no le retira una mirada recriminatoria; por momentos centra los ojos en la estatuilla de la Guadalupana que acaban de comprar para llevar de recuerdo.

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Llama la atención un hombre mayor, más de cincuenta. Delgado, cabello salpicado de canas, no rebasa el metro sesenta de estatura. Entra atropelladamente al templo. Se tambalea. Una de sus hijas lo apoya del brazo.

La joven busca una silla para estabilizarlo. El sermón no ha iniciado y les piden que todos permanezcan de pie. La desesperación se vuelve visible: la mirada descontrolada del hombre se encuentra con la de la hija, que parece experimentar pena, pero no deja de acariciarle el hombro. La mirada descontrolada del hombre se encuentra con la de la hija, que parece experimentar pena, pero no deja de acariciarle el hombro.

Él baja la mirada al piso. Los estragos del alcohol son evidentes. Hay once almas que han llegado para comprometerse y jurarle a la Virgen más importante de América Latina que no beberán o no consumirán otras sustancias aunque sea unas horas, tal vez unos días y, si lo logran, más de un año, o dos, o más. La música afuera —la misma canción— sube y baja según la mano del jardinero; no interrumpe, tampoco acompaña; simplemente existe, como existe el rumor de una calle cuando uno entra a un templo en esta capital.

Han intentado dejar de tomar o drogarse con promesas a las personas que más quieren. Han acudido a sesiones de Alcohólicos Anónimos. No han logrado la sobriedad. Les queda un último recurso: jurarle a un ser poderoso y divino dentro de la fe católica, y el miedo a fallar otra vez multiplica el peso de la decisión.

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El castigo puede ser implacable, según la religión y según la propia sociedad. Por ello, el diácono Juan Leandro Ricoy lo repite una y otra vez durante el sermón de juramento: “¡No jurarás el nombre de Dios en vano!”.

Reitera a los asistentes si realmente aceptan el compromiso que van a adquirir: “Les pregunto, ¿en verdad lo quieren… aceptan el juramento..?”. Leandro Ricoy confirma que el temor al segundo mandamiento de Dios es la base para que se cumplan esos juramentos.

“Para que ese sano temor a Dios infunda en nosotros el hecho de que si juramos lo tendremos que cumplir para el bienestar, como decíamos, ¿verdad?”.

También afirma que este es el último recurso cuando ven que ya la familia, el trabajo, la sociedad son arrastrados por la desgracia de su adicción. “Es su última puerta, su última salida es venir a jurar”, dice convencido, con la tez morena bajo la sotana blanca.

La estampa tiene cinco párrafos en los que se justifica y sustenta el juramento. En el segundo se habla de una alianza y promesa con Dios: “…contigo, una decisión muy importante en mi vida. Así, ante ti, con humildad y lleno de arrepentimiento, elevo mi súplica diciéndote…”.

Después viene una línea punteada en la que está impreso un “Yo”, el lugar exacto para escribir el nombre del arrepentido. En el quinto párrafo se argumenta que esta decisión es con el fin de recuperar la salud física y conservar la armonía en el trabajo, la escuela o la comunidad, para rematar con las líneas: “Que Nuestro Señor Jesucristo, mi hermano y amigo que tanto me amó que se entregó a la muerte por mí, me acompañe siempre en el camino para cumplir mi Juramento”, en negritas.

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Todo se consuma en un rito que no dura más de siete minutos. Queda una nueva oportunidad en las manos, en el cartoncillo que lo mismo irá a la cartera, al monedero, bajo la almohada o a la alacena de la casa. Queda al alcance para recordar, en cada momento, lo que debe cumplirse.

Les recomiendan que cada semana o cada mes lo vuelvan a leer completo, para que no desfallezca la abstinencia.

“En un día promedio, de 9:00 a 14:00 horas y de 16:00 a 18:00 horas, podemos atender a 500 personas”, explica Leandro Ricoy.

Afuera espera otro grupo para ingresar y repetir la misma acción. El tránsito no se detiene; la fila se organiza sola; la voz de la canción, intermitente, sigue ahí, como un rastro que uno encuentra cuando regresa por el mismo camino.

“Si no creemos en esto, estamos perdidos totalmente”

Martín sale serio de la capilla de las Capuchinas, que es donde acaba de jurar para no alcoholizarse más, porque llevaba “muchos años de mucha fiesta”, justifica, mientras mira de reojo a su esposa, a su madre y a su suegra.

“Lo hice para darle paz y tranquilidad a mi familia”, suelta después de escuchar el sermón del diácono Leandro. Se le pregunta a ese chofer de plataforma digital si jura también por miedo a Dios y la respuesta es inmediata: “Sí, claro, por respeto a Dios. Sí, es difícil comprender que la gente todavía crea en estos, en los juramentos, vaya, pero creo que si no creemos en esto, estamos perdidos totalmente”.

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Él tiene cuarenta años y viste de negro. Todavía trae el aliento de parranda que trata de disfrazar con la loción dulce que se huele a larga distancia. Se siente arrepentido, pero no cede ante la presión de las tres mujeres que lo acompañaron: le pidieron que jurara por tres años; afirma que con un año bastará para crear un hábito y que no solo serán tres, sino más los años que logre permanecer sobrio.

Hace una pausa sin dejar de observar a su esposa, que parece haber llorado toda la noche —tiene los ojos hinchados—, y admite que se tuvo que doblar ante el vicio.

Afuera la canción sigue en la bocina, sin necesidad de que nadie la anuncie; el mismo estribillo, el mismo registro, una pista conocida en una escena que no necesita más música que la que ya tiene.

Sandy es esposa de Martín. Tiene el pelo rizado y teñido de color cobrizo. Dice que tiene veintitrés años de casada con este hombre que acaba de jurar y al que ella le acaba de dar “un voto de confianza”, porque la situación, hasta el momento, es difícil y tensa entre la pareja.

“Eso me ayuda un poquito más a confiar en él, entonces esperemos que así sea, que se recobre la fe. Que se recupere la fe y que la recupere él también. Y la confianza va agarrada a la mano”, expresa con voz nerviosa.

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Agrega que recurrió al “pedacito de fe” que tenía escondido para llevarlo hasta la capilla de los Juramentos. Irene, una mujer madura de temple recio, es la madre de Martín.

Dice que tiene historial compartido con un alcohólico —su esposo— y trata de entender a su nuera; por eso decidió acompañarlos.

“Yo tuve experiencia también con mi esposo porque tomaba mucho y por eso la comprendo a ella, la comprendo a mi nuera, pero yo quiero el bien de ellos. Y el bien es caminar juntos y sobre todo de la mano de Dios. Que no se suelten”, reflexiona ante la presencia de su nuera.

La madre de Sandy se resiste a platicar. Dice que, en las primeras palabras, le ganará la emoción, “que es bien chillona”, y que lo que acaba de vivir adentro del templo la ha dejado sensible. Las cuatro miradas cruzadas —la de él, la de su esposa, la de su madre, la de su suegra— forman un cuadro sencillo: un juramento recién firmado y dos generaciones encimadas sosteniendo la misma cuerda.

En los seis años que Juan Leandro Ricoy Ramírez lleva como diácono — el hombre ordenado que asiste a los sacerdotes y proclama el evangelio— ha conocido todo tipo de historias, desde las más comunes hasta las más inesperadas.

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Hay algunos famosos que han llegado a jurar para dejar de beber, pero él prefiere guardar el anonimato de esos fieles; ese comentario apenas le esboza una sonrisa. Sin embargo, el rostro apiñonado —que contrasta con su dalmática, una túnica blanca de mangas anchas— se descompone cuando recuerda a unos niños “olvidados” por sus padres, de entre siete, ocho y catorce años, que llegaron acompañados de un vecino porque querían jurar para dejar de beber y drogarse.

“Una persona muy caritativa los recogió y ella los tuvo que llevar al hospital, los tuvo que recoger y los tuvo que sacar de esta situación, los trajo a jurar porque los papás pues eran gente también pues que se dedicaban a cosas negativas, se drogaban y los descuidaban y por calmarles el hambre también drogaban a sus hijos, hasta abandonarlos”, recuerda.

Con el tiempo, señala, se le dio seguimiento a ese caso mediante el asesoramiento del DIF para no incurrir en alguna ilegalidad al poder ayudarlos; aquella persona que por primera vez los llevó al templo de los Juramentos mantiene la custodia de los tres menores de edad. No hay otro adorno en la anécdota: sólo los datos y la gravedad que arrastran.

Los lunes se incrementa la asistencia de personas que van a jurar en el templo de las Capuchinas. La fila puede superar los doscientos metros de largo. El motivo es la “cruda moral o espiritual” luego de los excesos de fin de semana. Llegan. Este lunes la resolana quema y en la fila más de uno lleva en la mano un refresco o un suero para mitigar la deshidratación.

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Poco a poco van pasando y las 50 sillas con pupitre —con pluma amarrada a la banca— están ocupadas. Se sientan para recibir, ese día, una plática motivacional e historia de vida del grupo de autoayuda Agua Viva, que acude con Alcohólicos Anónimos a dar charlas de información sobre el alcoholismo.

A mitad de la exposición, más de uno fija la mirada en la nada; escuchar esas palabras parece transportarlos a realidades que han tenido: depresión, intentos suicidas, agresiones y abusos. Eso condensan las historias compartidas por los representantes del Grupo Agua Viva. La rutina de la charla no interrumpe el rito posterior; lo prepara.

Elizabeth lleva un vestido sin mangas, arriba de la rodilla, de figuras geométricas en blanco y negro, con sandalias negras llenas de estoperoles en el empeine. Poco maquillaje. El pelo revuelto, con prendedores que despejan la frente. Sus rasgos reflejan que ha pasado una mala noche.

Esa mujer de más de cuarenta es la que más se conmueve con la historia que escucha en voz de un “alcohólico drogadicto en recuperación”. Derrama algunas lágrimas y las retira con los dedos. Termina de firmar su juramento y se forma para recibir la bendición acompañada de agua bendita que lanza desde el púlpito otro diácono, Ignacio Guadalupe Valtierra Rodríguez, quien asiste a los servicios del lunes.

“Me la pasaba todo el día tomando hasta la fecha, ahorita me dieron ganas de venir porque estaba con mi hija, con mi nieto y los corría de mi casa.

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Desde los veintidós años consume alcohol, pero la adicción se incrementó hace unos meses, cuando conoció a su actual novio, a quien señala como responsable de obligarla a beber porque, según cuenta, a ese hombre le complace verla en ese estado.

“Él es el que me daba nomás de tomar, él no tomaba pero me daba en el día, en la noche a toda hora, yo aceptaba porque me sentía bien y a él le gustaba verme eufórica”, recuerda. Dice que se siente tranquila. Asegura que la fe le ha devuelto la paz, aunque solo ha jurado dejar de alcoholizarse por dos meses.

Con voz mormada, más que consternado, al salir del sermón, Mario no lo disimula y dice que se siente crudo. Viene del estado de Hidalgo directamente a jurar. Hace unas semanas llegó de Estados Unidos, donde trabajó por cuatro años hasta lograr la construcción de una casa propia.

Asegura que no fue deportado; regresó porque extrañaba a su familia. Una playera negra con letras brillantes con la frase “Las amo” así lo refleja.

Dice que se la puso en honor a ellas: su esposa e hijas. Lleva tres años ingiriendo bebidas alcohólicas; está desempleado y ha decidido dejar de beber por un año, mientras pregunta dónde venden pancita o un caldo de pollo

Juan Leandro Ricoy y el diácono Ignacio Guadalupe Valtierra Rodríguez coinciden en que este lugar es un “espacio de salvación”, otra alternativa porque la ciencia y los tratamientos no han podido, a veces, con el control de las adicciones.

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Sin embargo, solo dos de cada diez personas que firman ese juramento lo cumplirán a cabalidad. Valtierra Rodríguez no duda en revelar esa cifra: “La mayoría no cumple, pero sí hay personas que sí lo cumplen, como dos, por eso se les recomienda que lo lean continuamente, porque muchas veces viene la gente y dice: ‘ya no lo cumplí’, y esos son los que no estudiaron bien su juramento; quien no deja de leerlo hace un compromiso, una alianza con Dios que es muy difícil de romperla.

Por eso es motivante cuando viene un hermano o hermana que nos dice: ‘terminé mi juramento de 20 años, de diez años’ de no beber o drogarse, y eso lo llena a uno de alegría. Otros desgraciadamente no cumplen”.

El dato amplio que mira el país por encima de la capilla acompaña lo que aquí se observa: de acuerdo con la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Continua de 2022 en adultos, los consumos excesivos de alcohol son significativamente mayores entre los jóvenes, con nivel socioeconómico alto y residentes urbanos.

Las regiones top son Ciudad de México-Estado de México y la zona Pacífico-Norte del país para consumo excesivo anual; mientras que la Frontera y Pacífico-Centro para consumo de bebidas alcohólicas reciente.

Guadalupe Valtierra señala que quienes se sienten muy desesperados y no pueden llegar a venir a este templo pueden hacer un “juramento íntimo” ante Dios. Necesita que, desde su pensamiento, alma y voz, se comprometan con un poder superior.

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“Desde aquí escuchas mi petición y plegaria. Te prometo dejar las bebidas o lo que él crea conveniente, eso lo puede hacer”, recomienda. No exige testigos; exige intención. El cartoncillo puede estar o no estar; la voz basta.

El consumo de alcohol y estupefacientes no son las únicas adicciones por las que acuden a jurar a esta capilla.

Rodríguez Valtierra señala que, en estos días, hay otras penas que aquejan a los fieles: dejar de robar, reñir, engañar, creer en supersticiones, ser infiel, la adicción a la tecnología y problemas alimenticios.

Leandro Ricoy agrega que son los jóvenes quienes enfrentan estas adicciones.

“Principalmente jóvenes que tienen problemas con adicción o algún problema de depresión o de ansiedad, que últimamente pues vemos que es bulimia; pueden ser cuestiones como este tipo de problemas psicológicos; también se les está dando el apoyo gratuito para que no se quede en el juramento y se le da un seguimiento”, asegura.

No hay promesa de milagro, hay un método: el texto firmado, el rezo, el recordatorio periódico, el acompañamiento posible.

Esta es la última puerta de salida para dejar de sufrir y hacer sufrir. Es el consuelo que algunas personas reflejan cuando salen del templo con juramento en mano, aunque esa promesa se rompa en los próximos días o en las próximas horas.

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Afuera, el jardín vuelve a escucharse. La desbrozadora arranca; la bocina repite La maldita primavera. La canción no corrige nada ni sanciona; solo está. La letra exacta no importa: importa que suene. El empedrado recibe otra fila. El cartel no cambia.

JURAMENTOS… Te convoco de todo corazón. ¡RESPÓNDEME, SEÑOR!”. Adentro se jura una vez. Cumplir, en cambio, es todos los días. Y cada quien —con su cartoncillo de 7.5 por 5 centímetros, con su nombre después del “Yo”, con el quinto párrafo en negritas que invoca compañía— se lleva ese peso en el bolsillo o debajo de la almohada, a medio camino entre la culpa y el alivio.

Afuera queda la misma canción, la misma cadena en la puerta color chocolate, el mismo jardín impecable, el mismo cielo que se nubla a mediodía. Adentro queda el eco de una frase que se repite con una claridad sin adornos: “¡No jurarás el nombre de Dios en vano!”.

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Y todo lo que arrastra. Y todo lo que sostiene. Y el intento —otra vez, una vez más— de empezar.

Gerardo Jiménez | El Sol de México

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