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Minas de gis y otras verdades invisibles

Las Minas de Gis, o Tiza, son un conjunto de cavernas de calcita en los cerros cercanos a San Mateo Huexoyucan, Tlaxcala.

Foto: Gobierno.

Aprecio lo que no entiendo más aún que lo que sí. Esas ideas abigarradas que, en un esfuerzo por entender, me recuerdan cuán poco sabía en un principio. Y, aún cuando las entiendo, las acepto con la resignación de saber que la vida tiene explicaciones pero le falta coherencia.

Aprecio, entonces, encontrarme con realidades que ignoraba aún si estaban tacitas frente de mi. Como saber que la luna causa sombras como el sol o que el hielo quema como el fuego. O lo que es más reciente—y que entiendo menos—que en Tlaxcala hay minas de gis.

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La oración es sorprendente en todos sus aspectos. Primero, evidente, porque los crayones blancos que usaban, los maestros, en la escuela, salen del mismo lugar que el oro y la plata; que se forman bajo tierra—en la profundidad—. Segundo, más personal, que esas minas, irreales, estuvieran a horas contadas de la ciudad. Lo que es lo mismo, dos chismes con amigos bien contados ignorando la radio y una docena de canciones tarareadas.

Cuando fui a ellas, el día estaba nublado. No tardó en llover. El destino era a dos horas de la capital en un camino similar al de Teotihuacán pero con una vuelta a la derecha que parecía abrupta en el mapa pero jamás se sintió. En momentos intermitentes, las aguas caían con fuerza, apoyadas por el andar acelerado de camiones por carriles vecinos que lanzaban chorros lodosos al parabrisas. Por la temporada, en los caminos de pastizal mexiquense, había un pasto verdoso que se hizo la norma al adentrarnos por Tlaxcala.

Al llegar, una pausa. Las nubes retrocedieron y, al salir del coche, nos indicaron, había que seguir, un rato, a pie, por un sendero. A sus costados, se formaban pequeños riachuelos que cargaban el agua hasta absorberse en la tierra y dejar de ser. El piso, enlodado, era de un carmesí en el que se te perdía la mirada. Los alrededores, frondosos, ocultaban lo inclinado que era el descenso—lo noté, desgraciadamente, al salir—.

Entre los árboles, vi un hueco. Luego dos y tres. Una montaña que no notaba por las copas de los árboles, estaba frente a mi. Sus contornos eran de un marrón tan oscuro y golpeado por la humedad, que parecía ser negro sin llegar a tal. Los agujeros que se armaban, mostraban lo contrario. Adentro de las minas, predominada, de entre los colores, el blanco.

Ya ha mucho que no sacan gis de estas tierras. Los ejidatarios las abrieron hace tiempo para que la gente viniera. Ahora, donde se movían picos y palas, hay cámaras de turistas y un par de familias que piden, al tocarme el hombre, ser fotografiadas.

No sabía, como ya dije, que el gis saliera de la tierra. Mucho menos que saliera en tales cantidades. Que los túneles midieran tres o cuatro veces mi altura y fueran tan anchos para que marchara un ejército rebelde—mas no muy organizado—. No sabía, por consiguiente, que para sacarlo se hicieran hileras de túneles para mantener el peso. Mismas que, en principio, dejan entrar la luz y te sorprenden, tras el sendero verdoso y los tonos terrosos de la montaña, con su blanco indómito.

Tampoco, entonces, sabía que los adentros del planeta podría albergar tonos distintos al café que usaba, en la primaria, para pintar el suelo o los metálicos que se ven en joyerías y, aunque nunca encontré en lo cotidiano, asumí, por mera educación básica, que vienen de la tierra. Desconocía que el blanco, pulcro, que asumimos en los cielos, podría estar en las profundidades y que, fuera de una vez, accidentada, que entré a una tienda de vestidos de novia—o cuando anduve, hace años, en Taxco—jamás habría visto tanto del mismo tono en un solo sitio.

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Lo que sí sabía—algo tenía que saber—es que el gis manchaba las manos. Lo recuerdo de la universidad en clases de matemáticas, entre los pocos salones donde aún mantienen los pizarrones anticuados. Aún así, como ignorante—culpo a la sorpresa—me regarqué en uno de los muros para ver mis manos pálidas y mi suéter marcado del mismo tono.

¿Quién diría que, bajo nuestros pies, hay tonos vastos que nos esperan? Que hay blancos dentro de la tierra así como, en las almejas, se van gestando las perlas.

Yo no lo sabía. Tampoco creo que la tierra lo entienda. En los trenes más profundos, donde el frío se va colando entre los espacios que dejan, en el cuerpo, los huesos, el gis mismo se torna opaco. La luz se va quedando por el camino hasta que no hay más que una oscuridad latente y, frente de uno, la pared que sabemos blanca, se ha pintado de negro.

Al dar la vuelta, hay una luz; un círculo blanco, lejos. Domina el sonido de pasos agigantados por el eco. Se distingue, apenas, el blanco del gis. Así, me digo, es como dicen que es morirse. Todo negro y, afuera, un halo de luz. Siento paz. Siento calma.

Salgo entonces entre las grietas donde la lluvia se perfila con un par de gotas. Detrás, quedan las minas donde sé que sacan gis como en otras sacan oro y plata.

Lo sé, ahora. Lo aprecio. Pero sigo sin entenderlo. Lo tomo como un hecho ineludible. Sí, que adentro de la tierra opaca, hay tonos claros. Pero, más importante aún, que la vida es un enigma por el que andamos. Que, hay minas de gis cerca de la capital y los adentros de la tierra se parecen al final de los tiempos. Que la tierra se hace blanca y lo blanco, sin luz, se hace negro. Que hay mucho que no entiendo; mucho más que lo que sí. Lo aprecio en desmedida. Me recuerdan que hay mucho mundo que ver; que hay otros lugares contradictorios, como las minas de gis.

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Las Minas de Gis, o Tiza, son un conjunto de cavernas de calcita en los cerros cercanos a San Mateo Huexoyucan, Tlaxcala.

José Luis Sabau | El Sol de México

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