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La Opinión

La distorsión de la democracia mexicana

La democracia vivió una distorsión por la respuesta del presidente de México a una carta firmada por 30 intelectuales y a las críticas del John
Ackerman a la oposición

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Jacques Coste
José Woldenberg contribuyó a la ciudadanización del IFE como ningún otro funcionario.

La semana pasada, ocurrieron dos hechos de primera importancia para comprender el momento que vive la democracia mexicana.

En primer lugar, un grupo de intelectuales publicó una carta abierta titulada Contra la deriva autoritaria y por la defensa de la democracia, que advierte sobre el proceso de concentración de poder en manos del presidente Andrés Manuel López Obrador.

La misiva también señala la ausencia de contrapesos políticos a la voluntad presidencial y hace un llamado a que la ciudadanía se una y, junto con los partidos de oposición, “construya un bloque que, a través del voto popular, restablezca el verdadero rostro de la pluralidad ciudadana en las elecciones parlamentarias de 2021”.

La pluralidad de los firmantes de la carta es digna de llamar la atención en términos de bagaje político-ideológico y en materia de trayectoria profesional.

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Entre ellos están Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze y Jorge Castañeda, que se pueden ubicar como miembros de la comentocracia y críticos tradicionales del presidente López Obrador.

Pero también aparecen el exdirector del Instituto Federal Electoral (IFE), José Woldenberg, el científico Antonio Lazcano, la escritora Ángeles Mastretta y el poeta y activista Javier Sicilia.

El presidente López Obrador respondió a la carta en los siguientes términos: “Celebro que escritores y periodistas que han defendido desde siempre el modelo neoliberal o neoporfirista se agrupen, se definan y dejen de lado la simulación para buscar restaurar el antiguo régimen, caracterizado por la antidemocracia, la corrupción y la desigualdad”.

Siguió con una larga diatriba en contra de estos “intelectuales conservadores” a quienes acusó de no haber contribuido en lo absoluto al proceso de democratización del país.

El segundo hecho al que haré referencia es el proceso de selección de los cuatro nuevos consejeros del INE. El jueves pasado, el Comité Técnico de Evaluación eligió a 20 finalistas, integrados en cuatro quintetas. Esta lista de 20 aspirantes fue entregada a la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, que se encargará de presentar al pleno una lista final de cuatro nombres.

Lo ilustrativo de este hecho no es el proceso de selección en sí, el cual avanzó con normalidad. Tampoco es el perfil de los integrantes de las quintetas, pues todos ellos tienen credenciales probadas en cuanto a conocimiento de temas electorales.

En realidad, lo representativo de este suceso es que, tras confirmarse los aspirantes elegidos, John Ackerman tundió al proceso de selección y arremetió contra sus colegas del Comité Técnico de Evaluación.

Ackerman declaró: “No estoy de acuerdo con las listas de candidatos que hoy se presentan ante la Junta de Coordinación Política. Son el resultado de un proceso de deliberación sesgado […] Quedaron fuera muchos de los mejores perfiles, personas con una larga trayectoria en la lucha por la democracia y amplios conocimientos en la materia electoral, descartadas por fobias ideológicas y personales, en cambio, se incluyeron personas con trayectorias cuestionables y que incluso tienen conflictos de interés, [como] Alma Eunice Rendón, prima hermana del actual consejero Ciro Murayama Rendón”.

¿Por qué estos dos hechos son muy representativos del momento que vive la democracia mexicana? Porque, mientras que los intelectuales firmantes de la carta y los miembros del Comité Técnico de Evaluación se apegaron a las normas no escritas de la democracia para defender sus posiciones, López Obrador y Ackerman quebrantaron estas normas para atacarlos.

Los intelectuales hicieron uso de su derecho a la libertad de asociación y de expresión al exponer, con argumentos y con un lenguaje democrático, su preocupación por la situación política del país y su oposición al gobierno actual.

López Obrador respondió con ataques ad hominem, con descalificaciones personales, con un lenguaje claramente antidemocrático y con mentiras deliberadas.

La mayor de estas mentiras es que ninguno de estos personajes contribuyó a la democratización de México. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con sus ideas y con sus propuestas políticas, pero no se puede negar que José Woldenberg contribuyó a la ciudadanización del IFE como ningún otro funcionario.

Tampoco se puede borrar de un plumazo el talante democrático del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que creó y lideró Javier Sicilia.

El caso de Ackerman es igualmente representativo del desdeño hacia las normas no escritas de la democracia, pues una de las principales es la aceptabilidad de la derrota.

Los candidatos a consejeros del INE que impulsó Ackerman no fueron elegidos. Sin embargo, el proceso de selección respondió a criterios técnicos y fue realizado por un grupo de expertos en la materia.

En términos llanos, Ackerman perdió, pero esta derrota no se dio por medio de un fraude o una trampa, sino por los mecanismos previstos en la ley electoral.

Si un jugador del juego democrático pierde y, tras su derrota, ataca al árbitro electoral y a las reglas que aceptó previamente a que iniciara la partida, está rompiendo una condición sin la cual no puede funcionar la democracia.

Además, los argumentos de Ackerman también son mentirosos e incongruentes. Dice que el proceso de selección estuvo sesgado, cuando es imposible que hubiera un miembro del Comité con más sesgo que él: un lopezobradorista de hueso colorado. Reclama que hubo conflictos de interés, cuando él está casado con Irma Eréndira Sandoval, la secretaria de la Función Pública, una de las funcionarias más cercanas al presidente López Obrador.

En resumen, estos dos hechos son representativos del momento político que vivimos porque muestran la distorsión que está sufriendo la endeble democracia mexicana. Si algunos jugadores aceptan las normas no escritas de la democracia al tiempo que otros las desdeñan y pasan por encima de ellas, entonces los canales de deliberación pública pierden fluidez y efectividad, y la posibilidad de diálogo y consenso entre unos y otros queda clausurada.

A quienes defendemos la democracia deliberativa estos hechos nos orillan a preguntarnos: ¿cómo podemos defender la democracia, mediante herramientas democráticas, en un ambiente antidemocrático?