El triunfo de El Tigre —Abelardo de la Espriella— en Colombia reafirma la tendencia hacia la derecha que vive América Latina, ya sea por la influencia del presidente Donald Trump o por el hartazgo hacia los gobiernos de izquierda; pero la región ahora vive una transformación que, a medida que pasan las elecciones presidenciales, se sigue consolidando.
Por un lado, demasiadas especulaciones negativas pesan sobre el saliente presidente de Colombia, Gustavo Petro, como para que su delfín, Iván Cepeda, pudiera levantarse con el triunfo. Parece que la peor de todas las denuncias tiene que ver con el financiamiento de su campaña por parte del narcotráfico, una afirmación hecha por su propio hijo.
A esto se suman especulaciones sobre una presunta drogadicción, una supuesta relación con una persona transexual, un pleito con su homólogo estadounidense del que luego se retractó, pero también una serie de acusaciones desde el interior de su gobierno, como la que realizó la vicepresidenta Francia Márquez, quien dijo temer por su vida y se convirtió en un cero a la izquierda en la administración que termina en agosto.
Por el otro, hay un desgaste social de los gobiernos de izquierda, que solo han logrado empobrecer más y más a los países que gobiernan. La máxima de esas administraciones son los programas sociales de ayuda para diferentes sectores de la sociedad, pero son programas sin un propósito, sin una trascendencia; solo se trata de facilitar el ingreso de dinero.
Hoy los bastiones de la izquierda se cuentan con una mano: entre los más rancios están Cuba, Nicaragua y Venezuela, esta última nación donde Estados Unidos sacó por la fuerza al mandatario Nicolás Maduro y, aunque quedó al frente la vicepresidenta Delcy Rodríguez, de supuesta izquierda, el gobierno está a merced de lo que diga la Casa Blanca.
Y están los de izquierda moderada; ahí se enrolan Brasil, Uruguay y México, que por supuesto también están bajo los embates del jefe de la Casa Blanca so pretexto de su combate al narcotráfico y, en particular con nuestro país, con la renegociación del tratado comercial trilateral (T-MEC).
Precisamente, Estados Unidos a principios de año anunció su plan de influencia para América Latina, que denominó Escudo de las Américas, en el que están considerados todos los afines a Donald Trump y su idea de volver a hacer grande a Estados Unidos otra vez; entre ellos destacan El Salvador, Argentina, Ecuador, Costa Rica, Chile, Paraguay y, próximamente, se sumarán Perú y Colombia.
El pretexto del Escudo de las Américas es una campaña de Trump en contra del narcotráfico y la migración irregular, pero en realidad busca recuperar la influencia de la región que por muchos cuatrienios quedó en el olvido de varias administraciones estadounidenses, ya fuera de demócratas o republicanos, y que supo aprovechar China.
Sin duda, la avalancha de la derecha está tomando mucha fuerza, pese a que al presidente Trump no le ha ido tan bien en su política exterior (al menos en Europa y Medio Oriente ha salido con la cola entre las patas).
Pero en Latinoamérica el magnate hace y deshace a sus anchas; en este momento está presionando para que Cuba cambie de régimen y tenga una apertura comercial.
Al menos el segundo punto que busca Washington ya está en proceso: el rancio régimen cubano se vio obligado a reformar su sistema económico con el fin de calmar o, en todo caso, bajar la presión de la administración Trump de querer sacarlos del poder.
La medida puede funcionar, pero eso no les asegura que el empeño de quitarlos del poder se olvide. Ahora, con la posible llegada de Keiko Fujimori al poder después de cuatro intentos, prácticamente Sudamérica está instalada en la derecha. También hay que señalar cuánto estará dispuesto a apoyar Trump a Keiko, porque Perú vive una inestabilidad política crónica que lo ha obligado a tener ocho presidentes en diez años. Es un verdadero galimatías.
La cuestión es que la izquierda está prácticamente en la lona en América Latina, aunque la tendencia no es exclusiva de esta región; los candidatos de derecha en el mundo están tomando su segundo aire, de una semilla que sembró Steve Bannon y que ahora comienza a dar sus frutos. O usted, ¿qué cree?
