El 6 de abril, la revista The New Yorker publicó una investigación de Ronan Farrow y Andrew Marantz sobre Sam Altman, el director ejecutivo de OpenAI. El reportaje, titulado “Sam Altman puede controlar nuestro futuro: ¿se puede confiar en él?”, está construido sobre más de 200 páginas de documentos internos y más de cien entrevistas realizadas a lo largo de 18 meses.
Es, de lejos, el escrutinio periodístico más serio que ha enfrentado el hombre que dirige la empresa de inteligencia artificial más valorada del planeta.
Veinticuatro horas después, el sitio especializado Futurism publicó su propia versión de la historia con un titular bastante más limpio: “Los compañeros de Sam Altman dicen que apenas sabe programar y malentiende conceptos básicos de machine learning”. Un ejecutivo de Microsoft, no identificado, lo comparó con Bernie Madoff y Sam Bankman-Fried.
Entre el reportaje del New Yorker y el titular de Futurism hay una distancia editorial que vale la pena nombrar antes de continuar. Lo que Farrow y Marantz reportaron es un retrato denso de gobernanza, presunta deshonestidad y conflictos internos. Lo que Futurism rescató es la frase más viral. Las dos cosas son periodismo, pero no son la misma historia.
Lo que dice realmente la investigación
El núcleo del artículo del New Yorker no es si Altman sabe escribir Python. El núcleo es la pregunta de si Altman dice la verdad. La investigación documenta, según las versiones que han circulado en Semafor, Nieman Lab, Gizmodo, Fortune y IBTimes, los siguientes elementos:
- Una memoranda de Ilya Sutskever, cofundador y entonces científico jefe de OpenAI, titulada simplemente “Lying”. El documento, escrito antes de su salida en mayo de 2024, alegaba un patrón de declaraciones engañosas por parte de Altman ante la junta directiva.
- Una supuesta tergiversación al consejo de administración respecto a quién había aprobado la liberación pública de GPT-4 desde el punto de vista de seguridad.
- Lobbying ante la Unión Europea durante la negociación del AI Act que, según las fuentes del New Yorker, contradecía públicamente la postura que OpenAI defendía de cara a Bruselas.
- Disputas con Microsoft sobre los términos del contrato comercial, incluyendo desencuentros documentados con Dario Amodei antes de que este cofundara Anthropic en 2021.
- Y, sí, una serie de entrevistas anónimas con ingenieros que afirman que Altman “confunde términos básicos de inteligencia artificial” y es “inepto en programación y machine learning”.
OpenAI respondió oficialmente y calificó el artículo como una recopilación de “eventos previamente reportados a través de testimonios anónimos y anécdotas selectivas”. No es una negación frontal. Es una negación sobre la metodología.
El detalle que se volvió titular
De todo ese expediente, lo que quedó suspendido en el aire mediático no fue el memorándum Lying, ni el lobbying en Bruselas, ni los conflictos con Microsoft. Fue el detalle de que el CEO de OpenAI no escribe código.
La razón es predecible. Es la afirmación más fácil de meter en un titular y la más fácil de discutir en redes sociales. También es la menos importante del expediente. Y aquí conviene detenerse: ningún medio secundario, hasta el momento, ha reproducido un ejemplo concreto del concepto que Altman supuestamente confundió. La frase es una caracterización atribuida a fuentes anónimas, no una cita verificable.
Para un reportaje del New Yorker, eso es legítimo. Para un titular en bucle de redes sociales, es combustible.
Quién es Sam Altman, técnicamente
Sam Altman nació en 1985 en San Luis, Missouri. A los ocho años recibió su primera computadora, una Apple Macintosh, y aprendió a programar de forma autodidacta. Ingresó a Stanford a estudiar Ciencias de la Computación en 2003. Pasó tiempo en el laboratorio de inteligencia artificial de la universidad.
A los 19 años abandonó la carrera para fundar Loopt, una aplicación social de geolocalización, en la primera generación de la incubadora Y Combinator. En 2012, Loopt fue adquirida por Green Dot por 43.4 millones de dólares.
Después llegó Y Combinator: socio en 2011, presidente de 2014 a 2019. Y después OpenAI: cofundador en 2015 junto a Elon Musk, Greg Brockman, Ilya Sutskever y otros, director ejecutivo desde 2019. Su trayectoria es la de un asignador de capital convertido en operador, no la de un investigador.
Esto es importante porque la división del trabajo dentro de OpenAI siempre fue clara. Greg Brockman, cofundador y presidente de la compañía, fue durante años el constructor técnico. Ilya Sutskever, hasta su salida en mayo de 2024, fue el científico jefe. Mira Murati, hasta su salida en septiembre de 2024, fue la directora de tecnología. Altman nunca firmó un paper. Nunca fue el ingeniero detrás de GPT. Nunca lo afirmó.
El problema del CEO no técnico en una era de CEOs técnicos
El detalle relevante no es si Altman puede programar. Casi ningún director ejecutivo de una hiperescala tecnológica programa hoy. Sundar Pichai no programa. Satya Nadella no programa. Tim Cook no programa. La función del CEO es asignar capital, vender visión, gestionar políticos y absorber riesgo reputacional. La autoría del código está delegada estructuralmente.
Lo que sí es relevante es que Altman es el único CEO no investigador entre los tres laboratorios líderes de inteligencia artificial. Compárese con sus competidores directos:
| Laboratorio | CEO | Formación técnica |
|---|---|---|
| OpenAI | Sam Altman | CS dropout, inversor, estratega |
| Anthropic | Dario Amodei | Doctor en física, ex VP de investigación de OpenAI, autor de papers fundacionales en RLHF |
| Google DeepMind | Demis Hassabis | Doctor en neurociencia, prodigio del ajedrez, arquitecto de AlphaGo |
Amodei y Hassabis pueden leer sus propios papers de investigación. Pueden discutir, en términos técnicos, las decisiones de arquitectura, las restricciones de seguridad y los compromisos en el alineamiento de modelos. Altman, según sus críticos, no puede.
Y eso importa por una razón muy específica: él es el principal interlocutor de la industria con la Casa Blanca, con el Congreso de Estados Unidos, con la Comisión Europea, y con la prensa global. Es la voz de OpenAI cuando hay que explicar qué hace, qué riesgos implica y qué garantías ofrece.
Si esa voz no puede evaluar técnicamente los argumentos de seguridad que su propio equipo le presenta, entonces el sistema de control depende enteramente de la honestidad reportada por subordinados. Y aquí es donde el memorándum Lying de Sutskever se vuelve, en retrospectiva, la pieza más inquietante del expediente.
No porque diga que Altman miente, sino porque lo dice el científico jefe que diseñó la misma estructura de gobernanza que terminó intentando, sin éxito, expulsarlo del cargo en noviembre de 2023.
La paradoja del “vibe coding”
Hay una ironía adicional. Durante todo 2025, Altman fue uno de los proponentes públicos más insistentes de lo que se ha llamado vibe coding: la idea de que el lenguaje natural, no Python ni JavaScript, será el interfaz primario para escribir software. En entrevistas con Tyler Cowen, en aparecimientos televisivos con Cleo Abram, en posts en X, Altman ha sostenido que el rol del programador profesional está cambiando radicalmente.
Que los desarrolladores serán más productivos, no que serán reemplazados, aunque también ha dicho ambas cosas en momentos distintos.
Si Altman no puede programar bien, hay dos lecturas. La primera es que su entusiasmo por el vibe coding es interesado: necesita que el código deje de importar para que su falta de fluidez técnica deje de importar.
La segunda es que precisamente porque no programa, está mejor posicionado para ver el cambio que viene: alguien que escribe código todos los días tiene un sesgo emocional contra la automatización de su propio oficio.
Las dos lecturas son razonables. Las dos son provisionales hasta que la historia decida.
Lo que el episodio revela sobre el periodismo en la era de OpenAI
Hay una tercera capa en este asunto que no tiene que ver con Altman. Tiene que ver con cómo se reporta hoy una investigación seria.
El reportaje del New Yorker es un ejercicio de periodismo de fondo: entrevistas largas, documentos primarios, contextualización histórica, equilibrio entre fuentes anónimas y registros verificables. Es exactamente el tipo de trabajo que justifica la existencia de revistas con presupuesto editorial real.
Pero en el ecosistema digital actual, ese trabajo se traduce a la velocidad de la luz en titulares más simples, citas más cortas y comparaciones más explosivas. Futurism no inventó nada, pero comprimió. Y esa compresión, repetida en cien sitios más, termina sustituyendo al reportaje original en la conversación pública.
Es una vieja queja del periodismo, los titulares sensacionalistas siempre han existido, pero adquiere otra escala cuando se trata de una compañía que ha sido valorada en aproximadamente 852 mil millones de dólares y que diseña los modelos de inteligencia artificial sobre los que están construidos millones de productos.
El gap entre lo que Farrow y Marantz reportaron y lo que la mayoría de la gente va a leer del asunto es un riesgo informativo concreto. Es exactamente el tipo de simplificación que vuelve más fácil ignorar lo importante.
Lo que falta saber
Cinco preguntas quedan abiertas y van a definir cómo envejece este reportaje:
¿Qué concepto técnico exactamente confundió Altman? Sin ese ejemplo concreto reproducido en el texto del New Yorker, la afirmación queda como caracterización, no como demostración. Si el ejemplo aparece en la versión impresa que circula la próxima semana, la conversación cambia.
¿Cuántos de los ingenieros citados son personal actual de OpenAI y cuántos son de la era Sutskever? El sesgo de los excolaboradores de un líder destituido, que en este caso volvió, es real y cuenta para la lectura.
¿Va a haber una respuesta formal de la junta? El consejo de administración de OpenAI fue reformado tras la crisis de noviembre de 2023. Si el board respalda públicamente a Altman, el episodio se desinfla. Si guarda silencio, escala.
¿Cómo afecta esto el calendario de la oferta pública inicial? OpenAI, según múltiples reportes financieros, está apuntando a una IPO en 2026. La credibilidad del fundador es un asunto material para los inversionistas.
¿Cambia algo en la base de usuarios? ChatGPT, Codex y los productos derivados son hoy infraestructura de hecho para millones de desarrolladores en América Latina, incluyendo México. Lo que se decide en una sala de juntas en San Francisco se convierte, con retraso de meses, en cómo trabajan los ingenieros en Guadalajara, Buenos Aires o Bogotá.
El retrato que queda
Sam Altman es, hoy, una de las figuras más influyentes de la economía digital global. Decide la cadencia de los lanzamientos de los modelos de inteligencia artificial más usados del mundo, conversa directamente con jefes de Estado, y define en gran medida la agenda regulatoria de un sector que está cambiando la forma en que se trabaja, se aprende y se produce conocimiento. Esa influencia justifica el escrutinio.
La pregunta no es si Altman merece ser investigado por The New Yorker. La pregunta es si la conversación pública que va a quedar después del reportaje va a estar a la altura de lo que Farrow y Marantz reportaron, o si va a quedarse en el titular más simple.
Por ahora, el saldo es ambiguo. La investigación es seria. La cobertura derivada es desigual. La respuesta de OpenAI es oblicua. Y el mundo sigue conectándose a ChatGPT como si nada hubiera pasado.
