La semana pasada, como era de esperarse, el presidente de Chile se bajó del apoyo para que la expresidenta Michelle Bachelet se pudiera convertir en la nueva secretaria general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ya que el 31 de diciembre termina la gestión de António Guterres, por cierto, sin pena ni gloria. O, mejor dicho, con más pena que gloria.
Para su mala fortuna de Guterres, le tocó cerrar su ciclo –de una década– en medio de un escenario convulso, fomentado en buena medida por un presidente estadounidense con etiqueta de buleador mundial, me refiero a Donald Trump, que desde su primera oportunidad en la Casa Blanca ha buscado anular a Naciones Unidas.
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Hoy, durante su segundo mandato, ha ido más lejos, creo, el desdibujado Consejo para la Paz, que en buena medida pretende ocupar el lugar de la ONU, solo que con una intención lucrativa y no mediadora como es el papel de Naciones Unidas, que nació después de la Segunda Guerra Mundial con el fin de evitar a toda costa un nuevo conflicto global.
Pero ese propósito se quedó en el baúl del olvido, hoy es un organismo que ya no responde a las necesidades de un mundo tan convulso, por el contrario las potencias mundiales lo han convertido en un elefante blanco, que solo responde a sus intereses y todo lo que no le parezca a alguno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Rusia, Estados Unidos, China, Reino Unido y Francia) es vetado.
En otras palabras, es un organismo sin dientes para poder sancionar lo que no se apegue a los lineamientos del organismo, desde esa óptica resulta poco atractivo tomar las riendas de ese organismo, que, dicho sea de paso, seguirá en la mira de Trump y con un alto riesgo de perder el financiamiento de Estados Unidos del 22%, que es quien más presupuesto aporta.
La medida del nuevo presidente de Chile, José Antonio Kast, era altamente previsible, porque pertenece al club del Escudo para América Latina, otra de las ocurrencias de Trump, a la que invitó a los presidentes de derecha de la región, ahí es donde encaja el pinochetista y por consecuencia Bachelet no es muy bien vista.
La expresidenta chilena se quedó solo con el apoyo de Brasil y México para impulsar su candidatura, pero en honor a la verdad parece insuficiente, pese a que se habla en las esferas diplomática y en la grilla geopolítica que le toca tomar la secretaria general de la ONU a una latinoamericana, aunque dicha propuesta no es ley y menos si no es favorable a los intereses de Trump.
La carrera para suceder a Guterres como Secretario General de la ONU cuenta con candidatos destacados, además de la expresidenta chilena Michelle Bachelet, el argentino Rafael Grossi (OIEA), la costarricense Rebeca Grynspan (UNCTAD) y el senegalés Macky Sall. Todos buscarán el respaldo del Consejo de Seguridad para asumir en 2027, eso en el papel le resta posibilidades a la exmandataria chilena.
Hasta antes de que Kast asumiera como presidente de Chile, Bachlet lucía como la gran favorita para tomar bajo su control a la ONU, pero hoy no es así, los momios hoy favorecen a Rebeca Grynspan, puede resultar muy beneficiada con el apoyo de Trump, para nadie es un secreto que el mandatario costarricense Rodrigo Chaves Robles es parte del club del magnate.
Valorando la estrategia de Kast, su decisión es un nuevo golpe para la agonizante izquierda latinoamericana; el golpe es letal, con consecuencias importantes y le da un nuevo impulso a los gobiernos de derecha, que ya asumen políticas extremas como las que implementa su guía estadounidense.
Por otro lado, no creo que sea muy bueno ganar la secretaría general de la ONU en este momento, debido a los conflictos que envuelven al mundo, porque si esto revienta, Trump no dudará en culpar a la ONU. Pero habrá que esperar hasta donde puede llegar la exmandataria chilena, eso también puede determinar cuánto le sigue importando ese organismo a Estados Unidos. O usted. ¿Qué cree?
