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Brujas, libros y duelo: La ficción íntima de Lina María Parra en la FIL Monterrey

Quizá estaba tan concentrada en que ella tenía que lidiar con los libros y que ir a aprender cosas.

Quizá estaba tan concentrada en que ella tenía que lidiar con los libros y que ir a aprender cosas.
Foto: Polilla Editorial.

A simple vista, parecería que La mano que cura, novela que la colombiana Lina María Parra acaba de presentar en la edición 33 de la Feria Internacional del Libro Monterrey, es una obra autobiográfica, pero no bien nos sentamos a platicar con ella, desmiente nuestra teoría:

“No, es una novela, pero sucede que la protagonista se llama como yo y que la otra protagonista se llama como mi mamá. Entonces hay como una especie de desdoblamiento de mi familia real en esos personajes; digamos que juego un poco con esos límites entre lo que es verdad y lo que no, pero aunque haya elementos autorreferenciales, es más bien una novela de ficción sobre unas mujeres que son brujas”.

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Y el duelo es un factor importante en esta historia.

Sí, digamos que el duelo y el asunto de descubrir que uno tiene ciertos poderes sobrenaturales o poderes inexplicables relacionados con la naturaleza, son los dos grandes ejes de la misma. Esas son las dos columnas que voy entrelazando, porque al principio quería hablar sólo de brujas y de poderes mágicos, pero no me parecía tan interesante, y hablar sólo del duelo de una persona tampoco, así que encontré una forma de unirlas”.

Háblanos más sobre la importancia del duelo en la trama.

La novela inicia con Lina, que es una de las protagonistas, quien tiene que lidiar con esa parte del duelo de la que no se habla tanto, que es los días después, cuando se acaba el velorio, se entierra al muerto y la gente lloró y se fue; entonces quedan los verdaderamente cercanos con las cosas del muerto: la ropa, sus cosas y sus libros.

“¿Pero qué hacer cuando tu padre era un gran lector y te dejó una biblioteca enorme y tú también eres una lectora? Pues no los vas a regalar ni a venderlos por kilo; más bien quieres saber qué hay en la biblioteca, y esa es la forma de iniciar el duelo para la protagonista: enfrentarse a la biblioteca y empezar a ver con qué se va a quedar, qué va a regalar o a vender y qué va a tirar”, añade.

O sea, reconstruir la figura del padre a través de sus libros.

Sí, eso es algo que mi novela también se pregunta, porque mi deseo en la literatura es preguntarme quiénes son esas personas que son mis papás cuando no son mis papás. O sea, ¿quiénes son como personas? Porque yo puedo crecer y ser su amiga, pero siempre van a ser mis papás, hay una barrera ahí y para mí eso es una curiosidad… Como que yo me imagino viajando en el tiempo y conociendo a mis papás en su juventud, ¿qué harían?, ¿de qué hablarían?

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Sí, hubo una muy buena, porque Lina, la protagonista, inicia este viaje emocional cuando muere su padre y le empiezan a pasar cosas raras: su casa se empieza a llenar de moscas, la comida se le pudre, las plantas se le mueren y empieza a sentir que una cosa oscura la persigue. Entonces habla con su madre, quien le confiesa que tiene ciertos poderes y que ella, su hija, también los tiene, y eso, como dice el tío Ben, pues también significa una gran responsabilidad… Así que toda la novela ella se la pasa descubriendo y digiriendo esa idea de los poderes, que no son sólo buenos y maravillosos, sino que también es una tarea, un trabajo.

“Pero lo que sucedió -continúa- es que una lectora me preguntó: ‘Bueno, pero y Lina, ¿en qué trabaja?’ Y yo dije: ‘Ay… ¡no sé’. Lina no trabaja (ríe). Lina no hace nada. O sea, el personaje de Lina es una vaga perdida que no hace nada en la novela, simplemente se le muere el papá y se va para la casa de su mamá y aunque su hermana trabaja, pues Lina no. Y entonces me di cuenta de que nunca pensé que Lina trabajara y eso me hizo ver que quizá es porque Lina es un personaje que está perdido, ¿no? como naufragando.

Es curioso cómo a veces dice más lo que no está, que lo que sí.

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Sí, porque puede significar algo, revela algo del personaje, que es que está más perdida de lo que pensábamos al principio, pero no fue por diseño, sino porque a mí no se me ocurrió darle un trabajo. Quizá estaba tan concentrada en que ella tenía que lidiar con los libros y que ir a aprender cosas, que pues no trabaja y yo no me había dado cuenta hasta que esta lectora, superpreocupada, me lo dijo. Y eso me hizo pensar también que, claro, es que nos identificamos tanto con el trabajo, que se convierte en parte de nuestra identidad y si tú no trabajas pues es como que quién eres.

Alejandro Castro | El Sol de México

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