El aire en lo alto del Cañón del Sumidero se siente vivo, retumbante, lleno de historia y humedad. Aquí, en ese umbral de piedra, el murmullo del agua desafía la percepción de emergencia global. Fausto Costa, CEO de Nestlé México, está parado frente al abismo. Su voz, en portugués con acento ajustado al español, encarna tensión y propósito: “El mundo puede estarse volviendo loco, pero las oportunidades siguen existiendo. Mientras haya esperanza y buen trabajo, siempre vamos a poder hacer cosas innovadoras”.
El simbolismo de Chiapas no es menor. Fue en Chiapa de Corzo donde Nestlé inauguró una planta en 1970, una de las primeras incursiones serias de una multinacional en el sureste. “Chiapas es parte del corazón de Nestlé México. Compramos mucho del café que abastece nuestras plantas desde acá… condiciones extraordinarias de sustentabilidad, riqueza cultural y natural”, dice Costa, empujando con suavidad la idea de unas raíces corporativas tan hondas como las del monte que lo rodea.
A casi un siglo de presencia en el país —95 años en 2025—, la compañía suiza ha visto y sobrevivido a cambios radicales en la política y la economía mexicanas, y aun así sostiene una apuesta de largo plazo. Lo confirmó con hechos: en los albores de la 4T, en diciembre de 2018, anunció 154 millones de dólares para una nueva fábrica de café en Veracruz; en 2022 abrió ahí mismo una planta Nescafé por 340 millones de dólares —la más moderna y sostenible de su portafolio cafetero— con cero descargas de aguas residuales y energía limpia.
Seis años después de aquella primera señal, en enero de 2025 y ya en la administración de Claudia Sheinbaum, la compañía presentó en Palacio Nacional un paquete de inversión de mil millones de dólares para el trienio 2025–2027, con expansión de líneas en Veracruz, Guanajuato, Querétaro y Estado de México, y un nuevo centro de distribución pensado para consolidar a México como hub exportador. La propia empresa precisó que en ese mismo periodo planea compras de insumos nacionales —leche, café, cacao y fruta— por alrededor de dos mil millones de dólares. “México es nuestro cuarto mercado más importante y, en inversión, el segundo”.
La narrativa de Costa, esa mañana a cielo abierto, funde convicción y prudencia operativa. “No miramos la primera plana de los periódicos para tomar decisiones”, dice, en abierta contraposición a la tiranía del ciclo noticioso.
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Y abunda: “Nosotros no hemos cambiado nada. Anunciamos en enero, con la presidenta Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional, una inversión de mil millones de dólares en la primera mitad del sexenio. Eso muestra el compromiso de Nestlé… México sigue siendo una economía pujante, un país atractivo, con gente maravillosa. Nos presenta más oportunidades que otras regiones del mundo”.
El otro relato fuerte es ambiental. En el Cañón del Sumidero, Nestlé presentó su Informe de Creación de Valor Compartido 2023–2024 con datos para escépticos: ahorro de 135 mil m³ de agua; dos plantas certificadas por la Alliance for Water Stewardship; reducción de 52 por ciento en uso de plástico virgen; empaques mayoritariamente reciclables o reutilizables; 10 por ciento menos emisiones de CO₂ respecto de 2018; 27.4 por ciento menos intensidad de emisiones por producto entre 2023 y 2024; y 100 por ciento de operación fabril con energía renovable. La metodología de doble materialidad —impacto de la empresa y de los temas ESG sobre el negocio— amarra el ejercicio. Ese día, la compañía también firmó un convenio con el Gobierno de Chiapas para impulsar la cafeticultura local.
Costa presume la colaboración detrás de las métricas: más de 700 empleados hicieron voluntariado en jornadas de limpieza y reforestación. “No lo verán mañana; lo verán en un par de años, cuando el bosque sea real. Lo hacemos con comunidades, con Conafor, con Conagua. Es más trabajoso, pero sale mejor”, explica ante el cañón.
La presencia de Nestlé en México se palpa como entramado y no solo como marquesina de marcas —Nescafé, Nido, Gerber, Carlos V—. La red industrial y logística incluye plantas en varios estados —18 fábricas, según su sitio corporativo— entre las que figuran Veracruz, Estado de México, Querétaro, Guanajuato y Jalisco. En Silao, Guanajuato, su negocio de alimento para mascotas Purina inauguró en 2024 la segunda etapa de expansión por 220 millones de dólares. El mapa industrial robustece empleo, transporte, servicios y cadenas de proveedores locales.
Costa amarrala idea de “empresa mexicana” a la estructura productiva: insiste en que entre 85 y 90 por ciento del contenido de sus productos fabricados en territorio nacional es de origen local, y que 99 por ciento de su plantilla es mexicana.
En corto, adelanta prioridades de gasto: “Vamos a expandir nuevamente la fábrica de Veracruz… más de 350 millones de dólares adicionales”. Y complementa: “Este año invertiremos 40 mil millones de pesos en compras de insumos agrícolas”. Manufactura e insumos, dos brazos de un mismo compromiso.
Desde la orilla empresarial, la compañía dibuja otra escena: expansión de cuatro plantas, modernización tecnológica y compras locales de granos y leche como palanca para dinamizar economías regionales y multiplicar oportunidades para Pymes y productores. En la lógica del valor compartido, el comprador grande ofrece mercado estable, capacitación técnica, mejoras agronómicas y acceso a certificaciones que abren nichos premium. El pulso de esa promesa se medirá, más que en folletos, en ingresos de familias cafetaleras y lecheras, en productividad y en bosques que verdaderamente se regeneren.
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El consejo interno de Costa a su equipo —formulado con un pie descalzo en la tierra y otro en las hojas de cálculo— es claro: “Nunca podemos perder el pie en la tierra”. La frase no es adorno. “Tienes que conocer lo que estás haciendo; involucrarte con la comunidad; entender el ambiente donde vas a invertir. ¿Cómo están las personas? ¿Cómo se mueven las cosas en esa zona? Hacerlo de forma muy transparente, con todos”. Y, de paso, despeja el debate sobre identidad: “Somos una compañía que muchos confunden con mexicana… Hacemos negocios en México, con los mexicanos, para los mexicanos”.
El contexto macro respalda que el tablero local siga en el radar global del grupo. En la primera mitad de 2025, Nestlé reportó crecimiento orgánico de 2.9 por ciento en ventas, con América Latina por encima del promedio (5.5 por ciento). La marca Nestlé volvió a ubicarse como la más valiosa del sector alimentos en el ranking Brand Finance Food & Drink 2025, décimo año consecutivo, con un valor estimado cercano a 20 mil millones de dólares, más de siete mil millones por arriba de su competidor inmediato.
La película corporativa se completa con una cronología que mezcla tradición e innovación. Desde la histórica presencia en Ocotlán, Jalisco; el hito veracruzano que reconvirtió al paísen productor cafetero con mayor valor agregado; hasta el músculo logístico que envía mercancía a decenas de países. La apuesta, según el plan 2025–2027, es redoblar el paso: aumentar capacidad en cafés, dar un cuarto del presupuesto a mascotas, modernizar líneas de lácteos y culinarios, y construir un centro de distribución que reordene la exportación.
En el terreno, la agenda social y ambiental despliega frentes múltiples: capacitación agrícola, mejora de calidad de leche y café, eficiencia hídrica en ranchos, agricultura regenerativa, conservación de bosques —como en Izta–Popo—, e iniciativas para jóvenes. El desafío, para Nestlé y para quienes la vigilan, es convertir ese glosario en trazabilidad medible, auditorías creíbles y resultados que se sientan en la parcela.
“Tomamos decisiones basadas en el largo plazo”, reitera Costa.
Juan Luis Ramos | El Sol de México
