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El guardián del tiempo, la historia de Raúl Vázquez y el reloj monumental de San Miguel el Grande

Desarmar y armar el reloj me toma un mes. Cada pieza debe volver a su lugar, cada engranaje debe sonar preciso.

Desarmar y armar el reloj me toma un mes. Cada pieza debe volver a su lugar, cada engranaje debe sonar preciso.
Foto: Andrés Téllez

“Cada tic tac resuena no solo en el campanario, sino también en mi pecho. Lo escucho como quien oye latir la memoria. Hace 46 años tomé la batuta del reloj monumental de San Miguel el Grande, esa máquina francesa que llegó en 1900 y sonó por primera vez en 1901, cuando al fin estuvo ensamblado. Hoy, mi hijo Daniel Vázquez continúa ese legado que yo mantuve con amor, esfuerzo y sin paga, porque hay oficios que no se hacen por dinero, sino por honor”, cuenta Raúl Vázquez.

El reloj no llegó solo. Fue un anhelo de un grupo de hacendados, inspirados por uno de ellos que viajó a Europa y se maravilló con los relojes monumentales que vio allá. Le dijeron que se fabricaban en Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Al volver, reunió a los demás hacendados del rumbo de Querétaro y entre todos decidieron conseguir uno. Ya tenían torre, pero no el mecanismo, así que recurrieron a don Zeferino, un maestro albañil que completó la estructura con exactitud milimétrica.

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En México contactaron a La Esmeralda, la joyería más prestigiosa de América Latina, ubicada frente a Palacio de Gobierno. Ellos hacían negocios con Suiza y Francia. La búsqueda llevó a encontrar un reloj fabricado por Paul en Francia, parte de una serie de tres. Uno estaba disponible, pero sólo podía pagarse con lingotes de oro y plata. Lo compraron en 1895, llegó a Veracruz tras un viaje de un mes, luego a Ciudad de México y, finalmente, a San Miguel. Lo armaron relojeros franceses, pusieron las carátulas y quedó funcionando, marcando la vida del pueblo.

“Cuando llegué, hace casi medio siglo, el reloj estaba sucio, maltratado, las carátulas dañadas y los cuartos no sonaban. Nadie le daba mantenimiento. Me lo dijo la encargada Catalina, la hija de un alemán: Es el reloj del pueblo, no de la iglesia, ni del gobierno, y usted es muy recomendado. Antes de mí estuvo un alemán, el señor Beckman, que lo cuidó durante 10 años. A su muerte, su hijo se encargó, aunque no era relojero. Lo mantenía con aceite, subía las pesas cada semana, esas que pesan más de 250 kilos. Pero un día lo encontraron fumando marihuana en el campanario, lo detuvieron y deportaron. Su hermana Catalina se quedó a cargo, pero ella tenía una joyería y mandaba a sus joyeros a limpiar el reloj, pero no sabían qué hacer con esa complejidad mecánica.

“Detenga el reloj, porque me hago más viejita”

“Recuerdo que cuando entré, todo era polvo y excremento de pichón. Con mi dinero puse ladrillo en el piso, compré herramientas y aceites especiales. A los dos años ya se veía diferente. Cuidé hasta los barrotes de madera, los nutrí con aceite. Porque todo lo que hay ahí es historia. No puede cambiarse nada.

“Lo limpié, lo pulí, y desde entonces apenas se ha desgastado. Las campanas y piezas son originales. Una aleación de metales que lo hace preciso y duradero. Y mientras suena, envejecemos. Una vez, una viejita me preguntó: ¿usted es el del reloj? y con gusto dije que sí, a lo qué me dijo: ¿Por qué no para el reloj? Me hago más viejita. Yo le dije que sí, y me abrazó fuerte. Ese es el poder del tiempo.

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Una infancia difícil

“No siempre fui relojero. De hecho, mi vida fue dura desde niño. Éramos muchos hermanos. Mi papá era músico y mi mamá, un día, cuando tenía doce años, me dijo: “Hijo, tienes que irte de la casa”. Me dio mi pantalón, mi playera y su bendición. Así me fui, cuando agarré hacia el Bajío, un señor en un tractor que me encontró en el camino y que me llevó a Comonfort, me dio cinco pesos, luego otro transportista me acercó a Celaya, ahí él me dio tres pesos y finalmente llegué a Irapuato en camión.

“Ahí quise trabajar en una fábrica de fresas, pero me dijeron que era muy niño. Quise ser soldado, tampoco se pudo por mi edad. Dormía en parques, en cartones. Limpié casas, barrí zaguanes. Sobreviví año y medio hasta que unos parientes me llevaron a Ciudad de México. Ahí también dormí en plazas, me bañaba en fuentes, trabajé de herrero. Cuando tenía 17 años y medio, conocí a alguien de Televisa que me ofreció trabajo de extra. Me ilusioné con ser artista, pero me di cuenta que el tipo tenía otras intenciones. Huí de su casa.

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Encuentro con el destino

“A los 19 me reencontré con mi madre en San Miguel. Me recibió con mole y abrazos que no sentí tan sinceros, ya que solo me buscaron para preguntarme cómo y dónde podían vivir en la Ciudad de México. Su plan era irnos a los tres días, pero mi destino cambió, antes de regresar caminando por las calles de San Miguel, conocí a la que sería mi esposa. Decidí quedarme. Volví a trabajar en una herrería, renté un cuarto. A los pocos meses me dieron la oportunidad de trabajar en “El Patio”, el restaurante más famoso de la ciudad. Atendí a Cantinflas, Anthony Quinn, Chavela Vargas. Pero no era lo que yo quería de vida para mí y mi esposa. Después de varios empleos, mi cuñado me enseñó relojería. Aprendí rápido. En tres meses ganaba más que otros con cinco años ahí.

“A los tres años puse mi propio taller, quería darle lo mejor a mi esposa. Y después de tiempo, así llegó la oportunidad de cuidar el reloj monumental. Mi taller sigue abierto, y desde hace seis años, Daniel, mi hijo, tomó la batuta.

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“Yo reparo todo tipo de relojes: de torre, de piso, de mano. Aprendí que los mejores eran suizos, franceses, estadounidenses. Hoy la mayoría se hacen en China y Japón. Pero ninguno como éste, que cada cuarto de hora nos recuerda que el tiempo, ese invento del hombre, solo importa en el instante presente.

“El futuro no cuenta. Nadie lo tiene asegurado. Por eso, mi filosofía es simple: hacer todo con gusto, pero bien hecho. Con honestidad y dedicación. Así como cuidé este reloj durante 46 años, sin sueldo, solo con amor y orgullo.

“Mi vida no fue fácil, pero nunca me faltó propósito. Y cada vez que escuchó el tic tac de ese reloj, sé que no solo marca el paso del tiempo… también cuenta mi historia”.

Daniel Vázquez, heredero del tiempo en San Miguel

“Desde que era niño me gustaba ayudarle a mi papá”, cuenta Daniel Vázquez en entrevista con El Sol del Bajío. “A los 14 años le pedí ayudarle a dar cuerda, Hoy sigo dándole cuerda, pero también lo limpió y calibro. Conozco cada engranaje. Me llena de orgullo. Mientras yo viva, ese reloj no va a dejar de sonar, porque esa máquina francesa es invaluable. Los otros dos relojes hermanos se perdieron en la guerra mundial. Este es único.

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“Desarmar y armar el reloj me toma un mes. Cada pieza debe volver a su lugar, cada engranaje debe sonar preciso. Todo es original. Nada se cambia, se repara y es un orgullo trabajar para este reloj que es de los san miguelenses.

“Ahora también llevo a mis hijos a que vean y conozcan estas hermosas piezas, porque algún día ellos serán los que continuarán con este legado de darle mantenimiento al reloj de la ciudad, una historia que espero continúe por muchas generaciones más”.

Andrés Téllez | El Sol del Bajío

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