En México, hay zonas donde vivir se parece cada vez más a sobrevivir. La violencia criminal no sólo cobra vidas: descompone mentes, trastoca emociones y deja a comunidades enteras sumidas en un estado de alerta permanente. Es una psicosis silenciosa, pero constante.
En Zacatecas, por ejemplo, donde municipios completos han sido sitiados por grupos delictivos, y en Aguascalientes, donde ya es común saber de “ajustes de cuentas” en colonias marginadas, la gente ha aprendido a callar, a adaptarse y a normalizar lo anormal.
Lee: Pulsera Inteligente: Tecnología contra la violencia de género en México
“Ya no me espanta oír que mataron a alguien; me espanta que mis hijos vean eso como parte de la vida”, cuenta Silvia, madre de tres niños que vive en la colonia Insurgentes, una de las más golpeadas por este tipo de episodios.
Los especialistas lo advierten: cuando la violencia se vuelve parte del paisaje, el daño a la salud mental es inevitable. El cerebro se condiciona a vivir en tensión, el cuerpo reacciona con insomnio, ansiedad, falta de concentración y, en muchos casos, síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT).
“Esto no es sólo miedo, es desgaste emocional acumulado. Gente que nunca ha sido agredida directamente, pero vive con el alma encogida por lo que podría pasar”, explica la psicóloga clínica Laura Mendoza Morales, quien trabaja con víctimas indirectas de la violencia.
El regreso del cheranástico
Morelos presume su gastronomía de alta cocina
La Tarjeta Violeta dejó de ser un programa social para convertirse en un derecho en Baja California: Marina del Pilar Ávila
La elección de Ecuador es una decisión que marcará su futuro
“Vamos a impulsar el renacimiento de la ganadería en Yucatán”: Joaquín Díaz Mena
En Aguascalientes, cada vez más casos llegan a consulta con el mismo patrón: personas que no han sufrido violencia directa, pero muestran señales de haber internalizado el terror como rutina. “No es paranoia si de verdad está pasando. Lo trágico es que muchos ya no distinguen entre la prevención y el pánico constante”, agrega Mendoza Morales.
La normalización de la violencia; esa resignación peligrosa que convierte a un dealer ejecutado en un tema más de sobremesa, se ha extendido como un virus emocional. “Uno escucha que mataron a alguien en la colonia y ya no pregunta el porqué, sólo espera que no haya sido alguien cercano”, dice Juan Carlos, un joven de 24 años que vive en Villas de Nuestra Señora de la Asunción.
En menores de edad, la situación es todavía más alarmante. Juegos que reproducen escenas de violencia, adolescentes que ven en los sicarios modelos aspiracionales y niños que aprenden a guardar silencio como medida de seguridad emocional.
Te puede interesar: Ola de violencia en Acapulco, ataques contra transportistas generan alerta
Y mientras tanto, los servicios de salud mental siguen sin dar abasto ni priorizar este tipo de atención en colonias vulnerables. “Estamos dejando a miles de personas con traumas no atendidos que, con el tiempo, pueden volverse aún más destructivos”, concluye Mendoza Morales.
Rebeca Aguilera | El Sol del Centro
