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Sonora

Ahora el queso del Río Sonora sólo lo compran en Hermosillo

Los compradores de queso del Río Sonora se esfumaron con el derrame de provocado por Grupo México hace cinco años

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Abel Trujillo López y Lupita Romero son productores del Río Sonora

URES, Sonora. En los márgenes del Río Sonora, Abel y Lupita aprendieron convivir con las afectaciones como si se trataran de un viejo dolor en sus cuerpos. Como tantos otros pequeños productores de queso y comerciantes, con todo y las carencias, supieron levantarse poco a poco de la gran caída económica que sufrieron cuando Grupo México derramó desechos tóxicos en el agua de la que dependían todas sus actividades.

Abel Trujillo López y Lupita Romero, de 53 y 49 años respectivamente, son un matrimonio radicado en Guadalupe, una localidad del municipio de Ures con poco más de 964 habitantes, en la que se dedican a la producción de queso, como un negocio familiar, desde hace 17 años.

En una habitación ubicada justo en la entrada principal de su casa, la pareja prepara su producto con la leche que les dan las 16 vacas recién paridas que tienen.

Hace apenas tres años y con mucho esfuerzo, explican, recuperaron un poco de la confianza de la gente para volver a venderles el queso, pues con la contaminación del río ocurrida el 6 de agosto de 2014, muchos de sus clientes se esfumaron.

Ganadería del Río Sonora sigue afectada por derrame de Grupo México

“Perdimos mucho tiempo en volvernos a recuperar con los clientes, perdimos tiempo porque no lo querían; en realidad, el queso les daba desconfianza”, dice Abel.

“Yo creo que fue porque más vale prevenir que lamentar”, agrega Lupita. “Yo, en su lugar, hubiera hecho lo mismo si hubiera venido de otro lado”.

En los primeros días de la contingencia ambiental, Abel cuenta que los productores se vieron obligados a tirar la leche, pues corrían el riesgo de ofrecer un producto cargado con elementos tóxicos, en caso de que el ganado hubiera estado expuesto al agua contaminada.

“La tirabas y te daba mucha lástima, porque es de lo que vivíamos; te sientes mal de ver la producción que tienes y que se te esté yendo”, lamenta Abel a casi cinco años del derrame. 

“Nos afectó, pero teníamos que seguir adelante; muchos clientes no volvieron y nos sentíamos bastante achicopaladitos, porque duramos mucho sin saber para dónde agarrar ni qué hacer”

upita Romero, productora de Queso del Municipio de ures, Sonora.

En aquel entonces, para resarcir momentáneamente el daño, les pagaron las primeras dos semanas de litros de leche desperdiciados.

“De hecho, vinieron y nos pararon la ordeña… vinieron el presidente ejidal y vino el de la Asociación Ganadera de Ures a pararnos y nos pagaron la leche; yo cobré 150 litros a 10 pesos cada uno”, expresa.

Actualmente, Abel y Lupita desconocen si las afectaciones permanecen en el agua o en la tierra, pues nadie provee información al pueblo. Sin embargo, notaron cambios en su ganado.

“No sé si se deba a la contaminación, pero hubo muchos abortos en las vacas; yo tengo 25 y nomás me parieron 16… las otras, han tenido abortos de cinco meses o se les han montado los animales, pero no quedan preñadas; este año hemos batallado mucho”.

La tierra ya no produce igual en el Río Sonora por derrame de Grupo México

Las razones pueden ser muchas, afirmó Abel, pero no tienen idea de a qué atribuir ese cambio.

Lo único que pueden hacer es seguir trabajando para remediar su pérdida de clientes y ventas, dicen, y la solución que encontraron fue viajar hasta Hermosillo —a casi 70 kilómetros de distancia— para encontrar nuevas personas interesadas en el queso.

“Gracias a Dios, lo vendo, pero ese gasto no lo tenía antes, de aquí se llevaban el queso y ahora tuve que salir a buscar a quién venderle”, agrega.

Derrame golpeó a productores

De acuerdo con los datos recopilados por la organización Proyecto sobre Organización, Desarrollo, Educación e Investigación (PODER) en las bases de datos de las secretarías federales, luego del derrame, hubo una merma generalizada en la economía del sector agrícola y ganadero cuando disminuyeron los precios de los productos, como resultado de la difusión del mensaje de que era riesgoso consumirlos.

La entonces Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), estimó afectaciones en al menos 2 mil 519 productores agropecuarios, 5 mil 573 hectáreas agrícolas cultivadas y alrededor de 72 mil 755 cabezas de ganado bovino.

Además, la Secretaría de Economía estimó que debían ser atendidos de inmediato los sectores de comercio, industria y servicios, especialmente a 675 comerciantes, 361 industriales y 390 prestadores de servicios, a quienes debía darse una compensación mínima de 14 mil 583 pesos, que representa el PIB per capita mensual en el estado.

“El monto total destinado y su distribución fue arbitrario y discrecional”, apuntó PODER, “sin la participación de las personas afectadas; no se realizó ningún estudio de caracterización socioeconómica para determinar cómo, en qué y quiénes serían los beneficiarios”.

La Cámara Nacional del Comercio en Pequeño (Canacope) tiene 200 agremiados en toda la cuenca del Río Sonora y la sierra alta, en municipios como Arizpe, Aconchi, Baviácora, San Felipe de Jesús y Ures, entre otros, pero son muchísimos más los que se mantienen en la economía informal, como es común en esas zonas.

Hugo Velázquez, presidente de la organización, sostuvo que la mayoría de negocios afiliados son tiendas de abarrotes, pequeños restaurantes, ferreterías y llanteras, que, después del derrame, llevan un 85 por ciento de avance en su proceso de recuperación económica.

“No estamos al cien”, dice el presidente, “pero estamos cerca gracias al trabajo de la gente; ya se van a cumplir cinco años y, como en todos los comercios, hay altas y bajas, pero se tienden a mejorar un poco conforme va pasando el tiempo”.

A cinco años de distancia los pequeños productores, resignados, intentan continuar con sus vidas y sus actividades como si no les hubieran arrebatado su tranquilidad, pero, al mismo tiempo, viven con la inquietud de saber que eso no es verdad y que, simplemente, se acostumbraron a vivir con ello.

“Yo creo que está igual, nada más se nos olvidó… lo vemos ¿cotidiano?”, se cuestiona Abel, “como que ya pasó, pero sabemos que a lo mejor ahí está, latente; seguimos en la rutina de lo que sabemos hacer, pero hasta ahí.

Nos hicimos así, como con la violencia: Te acostumbras a vivir con ella como te acostumbras a vivir con aquel daño; es como cuando te haces a vivir con un dolor que lo tienes y te duele, pero vives así, con él, porque no te queda de otra”.

Por Astrid Arellano. Reportaje publicado en alianza colaborativa con Proyecto Puente.