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La Opinión

AMLO y el bloque opositor

La unidad del bloque opositor depende, en todo momento, del pragmatismo y las necesidades electorales de sus miembros como el PRI, PAN, PRD y la clase empresarial

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En los últimos días, buena parte de las columnas políticas y las discusiones en medios de comunicación y redes sociales ha girado en torno a la reforma energética propuesta por el presidente López Obrador y el papel del PRI para su aprobación o rechazo.

Los analistas han intentado predecir qué hará el Revolucionario Institucional y si AMLO logrará convencer o cooptar a los legisladores priistas para enmendar la Constitución.

Algo que me ha sorprendido de esta discusión es que se habla del tema como si fuera algo novedoso, inesperado. No lo es.

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Aquellos férreos opositores que votaron por la coalición Va por México en las elecciones de junio, con la expectativa de que se construiría un bloque de contención a la agenda presidencial, se equivocaron desde un principio.

Era sólo cuestión de tiempo para que ocurriera esto. No debe sorprendernos que, por medio de zanahorias y garrotazos, AMLO intente quebrar la alianza opositora.

Tampoco debe asombrarnos que el PRI sea el blanco de las tácticas de cooptación y convencimiento del presidente. Y menos aún debemos extrañarnos por la poca cohesión y la notable fragilidad que ha exhibido la coalición en este primer mes de la nueva legislatura.

Desde un principio, la alianza Va por México fue un pacto puramente pragmático: una alianza electoral, más que política; un bloque cortoplacista, no programático.

Esto se debe a que hay tan sólo dos elementos que fungen como pegamento de la coalición.

El primero es el instinto de sobrevivencia de PRI, PAN y PRD, el cual llevó a estos partidos a darse cuenta de que unidos tenían mayores probabilidades de retener sus bastiones electorales e incluso recuperar parte del terreno perdido en 2018.

El segundo es la defensa de las políticas que impulsaron durante los últimos treinta años en oposición a la agenda del presidente López Obrador.

Como se puede ver, ambos elementos son razones de peso para unirse. Sin embargo, al mismo tiempo, son factore endebles para mantenerse cohesionados.

La unidad del bloque opositor depende, en todo momento, del pragmatismo y las necesidades electorales de sus miembros.

A esto hay que agregar que cada uno de los tres partidos tiene sus propios problemas particulares, al tiempo que comparten algunos factores que dificultan el fortalecimiento y la unidad del bloque.

Primero, hay que subrayar que la falta de liderazgo es un rasgo común de PRI, PAN y PRD hoy en día. Marko Cortés, Alejandro Moreno y Jesús Zambrano son figuras con ciertas cualidades políticas, pero ninguno de los tres es el jefe incontestable de su partido.

Creo que nadie se atrevería a aseverar que alguno de estos dirigentes significa lo mismo para su partido y sus militantes de lo que en su momento representaron personajes como Diego Fernández de Cevallos, Manlio Fabio Beltrones o Porfirio Muñoz Ledo.

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No me refiero a que las figuras mencionadas hayan sido políticos intachables o grandes estadistas, pero sin duda tenían cualidades de liderazgo, instintos políticos y habilidades de negociación mucho más notables que Cortés, Moreno y Zambrano.

Un segundo factor de debilidad de estos partidos es la existencia de grupos locales de poder que defienden sus propios intereses y empujan sus propios objetivos, que muchas veces son distintos (o hasta opuestos) a los de las dirigencias nacionales. Esto quedó claro en las elecciones de junio. Tal parece que muchos gobernadores aliancistas decidieron no apoyar a los candidatos de Va por México con tal de evitar investigaciones o persecuciones por parte de sus sucesores morenistas.

En buen léxico mexicano: con tal de tener un “séptimo año” tranquilo, los gobernadores de oposición entregaron las plazas a los candidatos oficialistas.

En ese sentido, un tercer factor de debilidad de los partidos de Va por México es que buena parte de sus miembros tienen “cola que les pisen”, por lo que es más grande su temor a la persecución judicial por posibles actos de corrupción que su determinación para impulsar una agenda de oposición.

Por último, cabe destacar la falta de altura de miras de muchos miembros de nuestra élite política, cuya máxima prioridad es conservar sus cotos de poder y sus posiciones de influencia.

Esto dificulta que cedan en las negociaciones con los otros miembros de la coalición o, si se ven obligados a hacerlo, acaban jugando en contra de los candidatos elegidos, como muy probablemente ocurrió en San Luis Potosí en la elección de junio.

En suma, tres partidos débiles no pueden conformar una coalición fuerte. Tres partidos endebles no pueden forjar una alianza sólida. Tres líderes medianos difícilmente pueden dirigir a un bloque hacia objetivos ambiciosos y estratégicos.

Tres fuerzas pragmáticas no se unirán para construir una agenda programática.Ahora bien, esto no significa el definitivo quiebre de la alianza Va por México.

Tampoco quiere decir que el PRI-Mor ya es una realidad. Es más, parece probable que la fuerza del bloque opositor alcanzará para bloquear la reforma energética o, al menos, para que no se apruebe en sus términos actuales.

Entonces, ¿cómo interpretar el estira y afloja entre AMLO y el PRI por la reforma? Como una muestra de la dinámica que veremos el resto del sexenio: de un lado, un presidente que juega a la ofensiva; del otro, una oposición que actúa a la defensiva.

En una esquina, veremos a un presidente con mucha habilidad política y gran olfato electoral que corteja e intimida a los miembros del bloque opositor.

En la otra esquina, observaremos a una alianza frágil que en ocasiones logrará entorpecer la agenda presidencial, aunque en otras ocasiones se doblará, pues sus miembros no confían enteramente entre sí, además de que cada uno enfrenta sus propias dificultades y defiende sus propios intereses.

Twitter: @jacquescoste94