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La Opinión

Donald Trump fue derrotado en las urnas, pero el trumpismo sigue vivo

Más de 70 millones de estadounidenses votaron por Donald Trump, lo que demuestra una demagogia trumpista en la sociedad estadounidense.

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Jacques Coste
El triunfo de Joe Biden no es un señal para derrotar al populismo en México y el mundo.

Diversos analistas mexicanos han interpretado la derrota de Donald Trump en Estados Unidos como una señal de que es posible competir electoralmente contra los líderes populistas e incluso sacarlos del poder mediante mecanismos democráticos. Por tanto, concluyen, es factible vencer a Morena y arrebatarle la mayoría legislativa en las elecciones 2021 y la presidencia en las de 2024. 

No se equivocan. Ésa es la buena noticia, pero aquí les va la mala. 

No hay que olvidar que más de 70 millones de estadounidenses votaron por Trump, lo que demuestra cuán acendrada está la demagogia trumpista en la sociedad estadounidense. 

Como bien dijo Tom Nichols, uno de los comentaristas políticos estadounidenses más agudos —de simpatías republicanas, por cierto—, “una gran parte del electorado eligió a un sociópata”. 

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¿Qué quiero decir con todo esto? Que el autoritarismo y la demagogia no son fáciles de borrar del mapa político-social de un país. Una elección desfavorable no acaba con su influencia y su atractivo. 

Los demagogos no llegan al poder por casualidad o por motivos simplemente circunstanciales o coyunturales. Normalmente, ganan en las urnas, apoyados por una gran cantidad de ciudadanos que ven en ellos la personificación de un cambio en el sistema, un sistema que les ha quedado a deber. 

Ya en el poder, mantienen el apoyo de sus bases porque establecen un vínculo directo con ellas por medio de diversos mecanismos, entre los que destaca la retórica polarizante y totalizadora que no admite matices: nosotros, el pueblo, contra ellos, la élite, o nosotros, los patriotas, contra ellos, los traidores. 

En resumen, Donald Trump fue derrotado en las urnas, pero el trumpismo sigue vivo. Incluso si la figura de Donald Trump se desvanece con el tiempo, las fuerzas sociales que lo sustentan seguirán vigentes: el supremacismo blanco, el provincianismo agrario, la misoginia, el revanchismo, las teorías de la conspiración y un largo etcétera. 

Además, el Partido Republicano se ha dado cuenta del atractivo electoral de una figura tan polarizante y políticamente incorrecta como Trump. Por razones demográficas, los republicanos son cada vez menos competitivos electoralmente en condiciones democráticas “normales”, por lo que no es descabellado pensar en que recurran a personajes tan extremistas como Trump en un futuro para polarizar a los ciudadanos, movilizar al electorado conservador y elevar su competitividad electoral.

Trump también dejará una mancha indeleble en la legitimidad y la credibilidad de la democracia estadounidense. Como escribió el politólogo Henry Farrell en el Washington Post, las afirmaciones infundadas de Trump sobre el fraude electoral “corroen la democracia estadounidense”, en parte, porque “cuando los seguidores de Donald Trump creen en sus afirmaciones también están diciendo que no creen en nuestra democracia”.

Todas ésas son malas noticias a mediano y largo plazos, pero en el corto plazo también hay una mala noticia: Donald Trump sigue siendo presidente, aún no acepta el resultado electoral, sigue impulsando la narrativa del fraude electoral y parece dispuesto a lo que sea con tal de no reconocer que perdió. 

En un escenario optimista, el conflicto poselectoral puede terminar en una transición accidentada y en un déficit de legitimidad para el gobierno de Biden. En una proyección pesimista, puede ser la peor crisis político-constitucional de la historia reciente de Estados Unidos. Mucho dependerá de hasta dónde estire la liga Trump y hasta dónde los sigan sus bases y el Partido Republicano. 

Incluso, algunos reconocidos analistas estadounidenses, como Ezra Klein, consideran que “Trump está orquestando un golpe de Estado a plena luz del día”, y algunos medios han especulado sobre la posibilidad de que el Servicio Secreto saque a Trump de la Oficina Oval por la fuerza el 20 de enero si se niega a transmitirle el poder pacíficamente a Joe Biden.

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La peor noticia para México es que todo esto está ocurriendo en Estados Unidos, la democracia más antigua y una de las más sólidas del mundo. Es cierto, su sistema electoral es anacrónico y disfuncional, pero sus instituciones, su sistema de pesos y contrapesos y su tradición democrática son tan fuertes y resistentes como lo pueden ser. 

Si en una democracia plena es tan complicado derrotar a un demagogo y desterrar al autoritarismo, ahora imaginemos lo difícil que es esta labor en una democracia mucho más endeble e inmadura como la mexicana.