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La falta de abrazos deja daños en la conducta

La falta de contacto físico fue una de las muestras de cariño que tuvieron que dejarse al inicio de la pandemia

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Foto: Pixabay

La pandemia nos ha hecho vivir como en tiempos de guerra. Con miedo de salir y contacto humano limitado, cuyas consecuencias psicológicas más graves se verán reflejadas en los adolescentes y en los bebés, que son quienes más requieren socializar, por lo que la carencia de los abrazos, del contacto físico, los afectará en su vida adulta, afirma la psicoterapeuta Katia Ruiz.

Explicó que “en la piel tenemos muchas terminales nerviosas, muchas zonas erógenas que se estimulan con el tacto de la piel, la espalda, las piernas. Es muy importante estimular a los bebés, a los niños, los adultos mismos. Al estar abrazados secretamos una hormona que se llama oxitocina, que es la hormona del apego. Con ella las personas crean el apego seguro. Las mamás lo crean con su bebé, si esta relación no se da, los lazos se vuelven inseguros, ansiosos, desorganizados y así serán sus relaciones personales. Según el tipo de vínculo que aprendiste, así van a ser tus vínculos posteriores, no sólo en relaciones de pareja sino entre jefes y compañeros de trabajo.

La especialista habla de que existe el síndrome de los reclusos, que es cuando la persona está privada de su libertad y al estar fuera del alcance social y de pertenecer a una comunidad cotidiana genera sensaciones de violencia, se altera la percepción del entorno y la persona se vuelve muchísimo más territorial.

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“En el caso de los reclusos lo que sucede es que se activa mucho más el nivel de defensa y el nivel de agresión. Entonces los niños que nacen en las cárceles, por ejemplo, privados del contacto humano y de la comunidad, tienden a ser personas que tienen una alteración en la corteza cerebral y en el lóbulo frontal, que es el encargado de todas las funciones ejecutivas. Es la zona del cerebro que planea, que controla los impulsos y la metacognición, que es en qué orden vas a actuar y qué consecuencias se tendrán por esos actos”.

Hay otro síndrome, afirma, que es el de la Cabaña, “cuando de pronto te confinan a fuerza, no porque tú quieras, no porque te quieras aislar, no porque no tienes ganas de ver a nadie, sino porque la persona es privada de su libertad”.

Explica que es cuando las personas tienen miedo a salir porque hay un peligro real externo y entonces la persona se deprime, se aísla y empieza a tener ideas de tristeza, de desesperanza, fobia social y en lugar de querer estar con la gente se va al lado contrario: empieza a tener miedo de estar con la gente y miedo a salir.

“Esto es lo que está pasando con muchas personas. Hay muchas ávidas de contacto social, porque es lo normal, pero ahora ya no gustan de salir, ya no disfrutan la parte social. Prefieren los trabajos en casa y ya no hacen planes. Es un estado muy parecido a la depresión.

“Hay incluso los que aun estando en casa, al ver una serie donde hay un contacto humano tan estrecho sienten raro, lo ven ya extraño: ¡Qué barbaridad pareciera que no hay pandemia!”

Ruiz anticipa que todas estas consecuencias no las van a sufrir de manera tan intensa las personas adultas, sino los adolescentes y los bebés que nacieron durante la pandemia, que no tuvieron ese contacto comunitario de salir, de gatear en el suelo, de que se metan todas las cosas a la boca, de ir al súper, al Metro, a donde tienes que ir dentro de tu comunidad.

“Esos son los estímulos sensoriales que necesita un bebé o un niño de 2 años y medio o 3, 4 años. Toda esa estimulación sirve para fortalecer la corteza cerebral y las áreas de mejora, de aprendizaje”.

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De acuerdo con la especialista, necesariamente hay una regresión en estos segmentos de la población por uno o dos años debido a la falta de convivencia. Por ejemplo, los adolescentes siempre se van a espejear entre ellos, los otros adolescentes les van ayudando a crear su propia personalidad. Es por eso que ahora que medio regresan a la escuela están mostrando muchas secuelas, “deja tú de aprendizaje, eso es lo de menos”. Varios se sienten con rechazo, algunos se sienten más buleados y hay otros que hacen más bullying.

“Los adultos ya tenemos nuestra personalidad formada y hay unos que tienen depresión, ansiedad, por lo mismo, pero poco a poco se están reintegrando a la vida social. El problema con los adolescentes es que se están formando apenas”.

Peor todavía, dice, es el caso de los bebés que no pueden ir a ver a los primos, no pueden ir a ver a las abuelas ni a los tíos. Estos niños son los que necesitan muchísimo más amor.

“En la piel, hay una memoria que se llama memoria sensorial. Esa memoria no tiene el registro consciente ni visual ni auditivo sino solamente sensorial, de tacto, olfativo y a veces el gusto, pero no necesariamente y es la parte de la piel.

“Cuando un bebé es cargado, apapachado, se crea un vínculo, el bebé siente el latido de los cuidadores, del papá, de la mamá. Ese bebé se está nutriendo a través de su piel, se queda en su memoria sensorial, entonces ya cuando crece pueden haber muchas adversidades, cosas muy difíciles pues el ser humano está diseñado para sufrir terriblemente y ser resiliente, pero cuando hay una falla en esta memoria sensorial desde los primeros años la persona va a sentirse más vulnerable al atravesar esas situaciones inevitables de la vida.”

Además, los hijos, no importa lo bebés que sean, resienten la angustia de los padres. Muchos se quedaron sin trabajo o hubo violencia intrafamiliar, casos de depresión. Una mamá deprimida no va a interactuar con su bebé de la misma manera. Se quiebran los lazos, se hacen endebles.

“Más aún, los niños más grandes que durante la pandemia sólo socializaron con una tableta electrónica hay que anticipar que su parte sensorial va a estar incompleta. La parte del juego físico, de la creatividad o la imaginación, caminar y caerse, todas esas cosas que se necesitan, muchos no las van a saber hacer.

“Esto no quiere decir que así será para todos, en psicología nunca generalizamos, pero si observamos esto que está sucediendo debemos tomar cartas en el asunto para poder prevenir y una parte de la prevención pues es empezar a salir o socializar, a nutrir en la parte del abrazo, dar a nuestros hijos abrazos, besos, tener un importante contacto físico. Los seres humanos nacemos sociales de vivir en comunidad, entonces cuando se priva eso va a ver trastornos mentales.

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Katia Ruiz refiere que, además, en América Latina somos muy de contacto físico, más que en otras culturas que lo limitan. Somos abrazadores, besucones. Es decir, vamos a tener, potencialmente, más consecuencias por la pandemia.

Por eso, asegura, debemos prepararnos, estar muy pendientes de los síntomas en casa, en los hijos, en los demás familiares. Por ejemplo, en los niños la falta del desarrollo social se refleja en el lenguaje. Si los niños no están hablando a los dos años hay que tratarlos inmediatamente. Se están atrasando en su desarrollo por que no van con la abuela, no van con la tía, ya sólo están en la computadora.

“Los adolescentes pueden preferir estar encerrados, no ver a nadie, ya no quieren salir acompañar a comer a la familia, paradójicamente buscan quedarse en casa, no salir. Ya no les interesa lo que anteriormente les gustaba, siempre están enojados y eso es síntoma de depresión en un adolescente. O están llamando silenciosamente la atención. Suben de peso o bajan de peso en cuestión de días o semanas, cambian su apetito de voraz a inexistente, son señales de cambios de ánimo.

Alejandro Jiménez | El Sol de México

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