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Baja California

Ramón Amezcua: La conexión germano-mexicana

Ramón Amezcua, alias Bostich, se ha hecho de una reputación no sólo como coautor de ese sonido distintivo que le dio Tijuana al mundo

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Conocemos a Ramón Amezcua, alias Bostich, desde los años noventas, cuando desde el underground fronterizo dio a conocer materiales de IDM, techno e incluso música industrial como Tempo D’ Afrodita (1992) y Elektronische (1994). Aunque fue hasta finales de esa década, ya prácticamente con un pie en este siglo, cuando una cantidad más grande de escuchas comenzaron a saber de él, ya como parte del afamado colectivo Nortec.

Desde entonces, Bostich se ha hecho de una reputación no sólo como coautor de ese sonido distintivo que le dio Tijuana al mundo, sino también como artista electrónico que de vez en cuando vuelve a sus raíces y se encierra en el estudio para volver a producir algo por su propia cuenta.

Así lo hizo en 2006 con su otro alterego de Point Loma, con el que produjo el álbum Forneo, nuevamente más enfocado en una electrónica digamos “pura” o sin folclorismos de por medio, y más recientemente con otro disco titulado Aries (2018), con el que Ramón Amezcua siguió realizando diversas aproximaciones a ese género que seguramente nunca abandonará.

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Pero ahora la novedad es que Bostich, o mejor dicho Ramón Amezcua, se ha involucrado en otro proyecto, también de música electrónica, aunque de corte más experimental, que lleva el título de Quetzalkrautl, término que denota la unión de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada Tolteca, con el género del krautrock, es decir, el encuentro de dos mundos: México y Alemania.

El artista que pone el ingrediente germano es Harald Grosskopf, el productor de música electrónica que tiene en su currículum un número considerable de obras propias, así como colaboraciones con artistas y actos tan reputados como Ash Ra Tempel, Klaus Schulze y la banda Wallenstein, por mencionar sólo algunos.

Grosskopf & Amezcua se llama el proyecto para efectos prácticos y nació, como muchos de los discos de esta época, a media pandemia, mientras los artistas estaban encerrados, buscando explorar nuevas formas de creación artística.

El encuentro entre ambos ocurrió dentro de una red social, en donde después de intercambiar algunos puntos de vista, ambos emprendieron la búsqueda de lo que ellos llaman “un reemplazo del dominio musical angloamericano”.

“Al principio yo no le comenté a Harald que yo era su fan y que seguía su carrera desde los setentas, después él se dio cuenta de que yo era parte de la escena de la música electrónica en México, y es ahí donde salió la conexión de toda la influencia que tuvo la música electrónica alemana en México, desde el kraut hasta el techno”, comenta Ramón Amezcua en entrevista con El Sol de México.

Quetzalkrautl es un material que proyecta mis influencias y raíces de la música electrónica y que nos conecta con un personaje auténtico de los inicios del kraut rock, como lo es Harald Grosskopf”, comenta.

Sobre la relevancia de este personaje, Ramón Amezcua agrega: “Yo seguía el trabajo de Harald Grosskopf desde finales de los años setentas, en mis tiempos de preparatoria escuchaba su música y sus colaboraciones con Klaus Schulze y Ash ra Tempel”.

Cuenta que el acercamiento se dio cuando se hicieron amigos en Facebook, y Harald escuchó uno de sus demos que había subido a internet:

“Era un ejercicio que hice con la caja de ritmos Drumtraks y mi sintetizador Vostok… Se me ocurrió invitarlo a colaborar, a ver qué pasaba, pero no imaginé que aceptaría… El primer track se terminó en breve y decidimos seguir compartiendo archivos de audio, y es así que en pocas semanas ya teníamos estos seis tracks… Y ahí fue cuando surgió la idea de compartirlos con el nombre de Quetzalkrautl”, dice el músico mexicano.

El proceso creativo se llevó a cabo a distancia, intercambiando ideas y grabaciones por medio internet, que desde hace muchos años se ha convertido en un medio ideal para este tipo de dinámicas.

En la repartición de funciones, Harald utilizó software en la mayoría de los tracks, mientras que Amezcua se enfocó en sintetizadores icónicos de la época del kraut, como el sintetizador EMS VCS3, un clon del Moog Modular, y otros sintetizadores como el ARP2600, Aries Modular, Roland TB-303, y los efectos Space Echo y un Moog Delay.

El resultado final es, como dice el propio comunicado de su lanzamiento: “La combinación de dos mentes precursoras de las industrias electrónicas de sus países que forma un discurso que enaltece a las culturas de sus orígenes y logra mezclarlas de una forma que es tanto respetuosa, como vanguardista” o como lo engloba el propio Ramón Amezcua, en tres simples conceptos: DMF Deutsch-mexikanische Freundschaft, es decir: Amistad germano-mexicana.

Y así transcurre este experimento de casi 40 minutos, en los que ambos artistas entregan un trabajo instrumental, con cierta cuota experimental, aunque no por ello difícil de asimilar. Por momentos ambient, por momentos oscuro, y con algunos homenajes claros como el de “Ligeti”, un track tributo al compositor avant garde György Ligeti, al cual Amezcua considera una gran inspiración.

Aunque por ahora el disco sólo está disponible en las plataformas de renta de música, Ramón Amezcua asegura que tienen planes de editarlo en vinilo y casete, como manda el protocolo del siglo 21.

También espera que puedan presentarlo en directo, para lo cual die que ya están trabajando en la parte visual con el colectivo F3, de la Ciudad de México, que es un proyecto de Media Art integrado por los artistas y diseñadores Gabriela Reyes [Cero Tres] y Jorge Flores [FF].

Y hablando de la parte visual, otra parte interesante es la portada del disco, que en este caso fue desarrollada por Fritz Torres, el mismo diseñador de todas las portadas de Nortec: Bostich+Fussible.

Cuenta Amezcua que en este caso la idea era unir la imagen de la serpiente emplumada con algo que tuviera que ver con los circuitos electrónicos y con el águila alemana.

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Sobre Milovat, el sello discográfico que auspicia esta grabación, el músico asegura: “Es un sello que empezamos en casa con los proyectos de Grenda, Myuné y el mío (como Ramón Amezcua), para editar con mayor facilidad nuestras producciones y a la vez apoyar a proyectos emergentes de cualquier corriente musical”.

Al final, este esfuerzo de ambos músicos parece cumplir no sólo con el cometido de actualizar la tradición histórica del krautrock como movimiento artístico, sino también con el objetivo de abrir las ansiadas brechas que le den la vuelta al discurso angloamericano que prevalece. Y es que Harald Grosskopf también conoce la historia de la música de este lado del charco, por lo que asegura:

“En México, desde mi perspectiva, se produjo un desarrollo similar hace algún tiempo como sucedió en Alemania con el surgimiento de la música electrónica y el krautrock a finales de los sesenta”.

Alejandro Castro | El Sol de México

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