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Krystian vive todos los días los riesgos de ser rescatista en Culiacán

Krystian es una rescatista de Culiacán que conoce las delicadas decisiones que deben tomarse en esa zona donde operan grupos armados

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Krystian rescatista Crzu Roja

CULIACÁN, Sinaloa. Temporada de lluvias en Culiacán. En Cruz Roja estrenaban camioneta de rescate urbano, una adquisición muy necesaria y oportuna en los inicios del nuevo milenio, pero pocos socorristas estaban capacitados para operarla.

En ese tiempo Krystian era capacitadora de las nuevas generaciones de paramédicos y su lugar de trabajo estaba en la estación de Ciudades Hermanas, pero esa tarde, por circunstancias que ya olvidó, estaba en la xona céntrica de la ciudad, y fue ahí donde todo empezó.

Un llamado de emergencia venía desde Tamazula, en la frontera entre Sinaloa y Durango. Un auto se había accidentado tras un deslave y el acceso a la zona era difícil o imposible.

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Avisaron a Culiacán y antes del ocaso ya estaba en camino la nueva camioneta de rescate con dos operadores; paramédicos de gran experiencia que eran los más calificados para la difícil misión.

Toda la estación estaba atenta al rescate; era la oportunidad de ver la nueva herramienta en acción.

Los rescatistas iban monitoreados por GPS y desde su salida, sabían que la zona a donde iban era de alto riesgo y la comunicación era importante. Eran las 18:00 horas y la señal se perdió, las alertas se prendieron en la institución y se activaron los protocolos.

Llamadas sin respuesta, radios muertos y la noche caía junto con más lluvia. Krystian estaba preocupada por sus amigos, era obvio que algo ocurría.

Ya entrada la noche Krystian recibió una llamada de uno de los operadores desaparecidos: “estamos bien, tenemos a dos heridos pero no podemos cruzar” y se cortó la comunicación. Los intentos de llamarle otra vez fueron en vano.

La lluvia no cesaba, era esa lluvia que parece no tener inicio ni fin; como si siempre estuviera allí y aunque te moje, olvidas que sigue lloviendo. Con esa atmósfera salió una caravana de rescate con Krystian al mando.

Un camino rodeado de cerros que amenazaban con deslavarse a su paso y la incertidumbre de llegar hasta sus amigos. La paramédico estaba en constante comunicación con su superior, quien le daba indicaciones y aliento.

Eran las 10 de la noche cuando toparon con un deslave que obstruía la carretera. La oscuridad era tan profunda que los faros de las camionetas apenas penetraban unos metros adelante. Y el sordo golpeteo de la lluvia ya cansaba y mareaba.

De la penumbra emergieron dos jóvenes en motocicletas, sin protección ni abrigo. Ojos incandescentes y fusiles colgando de sus hombros; “¿Que andan haciendo? ¿Qué quieren?”, preguntaron en tono frío.

Uno de los rescatistas le platicó la situación y le aseguró al joven armado que no estarían más tiempo del necesario ahí. El muchacho hizo pitar un radio e intercambió claves. Y así como llegaron, se fueron y perdieron en las penumbras.

Krystian tenía miedo, cuenta que entre la oscuridad solo brillaban las armas y en su cabeza temía que esa noche iba morir. Después del encuentro con dos adolescentes, ella tenía que tomar una decisión.

Llamó a su superior y se ofreció a acampar allí hasta al amanecer, pero no quería dejar a sus compañeros y los heridos. La voz al otro lado del radio aconsejó que se retiraran de allí; era mucho el riesgo y estaban convencidos de que los operadores tenían la suficiente experiencia para salir adelante hasta que el día llegara.

Krystian dejó el radio y se acercó a sus compañeros para anunciarles el retiro. Ellos estaban listos y dispuestos a acampar en la zona y esperar, pero la paramédico fue clara y salieron de allí rumbo a Culiacán.

La socorrista describe la sensación como derrota, como una forma de abandono. Además de tener al teléfono llamadas de la madre de un operador que le pedía traerlo de vuelta. Era medianoche cuando volvió a su casa con la cabeza revuelta y las entrañas apretadas.

A las cuatro de la mañana salió un nuevo equipo de rescate con maquinaria hacia el punto donde estaba el primer deslave que detuvo a Krystian. Un aviso por radio anunciaba que la zona estaba completamente inundada de lodo y piedra.

Krystian seguía pendiente, con ojeras y más preocupación, esperaba noticias del rescate. A media mañana llegaron a la estación; todos estaban bien, los heridos en el hospital y los operadores abrazando a su familia. La socorrista rompió en llanto al ver a sus amigos a salvo y seguía disculpándose por haber dejado la zona.

Los operadores cuentan que en medio de la sierra encontraron una tienda de ultramarinos que los recibió y dio asilo durante la noche. Ahí atendieron a los heridos y entraron en calor, a la espera del rescate.

Krystian Delgado sigue contando esa anécdota con cierto remordimiento por la sensación que le dejó, pero también celebra la valentía y capacidad de sus amigos que lograron salir adelante en tan difíciles circunstancias, y en tono de broma concluye diciendo que esa historia, ellos la tienen que contar.