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Sonora

Pitaya, la fruta del desierto de Sonora

Un grupo de mujeres del municipio de Carbó, Sonora. viajan a Hermosillo a vender pitaya fresca y recién cortada en el desierto

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HERMOSILLO, Sonora.- Es temporada de frutos en el desierto sonorense y su capital se llena de alegres vendedores. Brenda Sánchez y sus hermanas venden pitaya en una de las entradas del mercado municipal donde, sentadas en cubetas, ofrecen este fruto dulce y de pulpa roja acomodado en cajas. 

Todas provienen de Carbó, Sonora, un municipio pitayero por excelencia ubicado a unos 63 kilómetros de la capital. De allá viaja la totalidad de sus vendedores —en su mayoría mujeres—, quienes llegan diariamente y muy temprano al mercado para “ganarle” al calor y vender todo antes de que arrecie.

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¿Qué es la pitaya?

Este fruto obtenido de una cactácea es muy popular en Sonora y, de acuerdo con el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera del gobierno de México, además de ser un alimento rico en vitamina C y B, potasio, hierro, calcio y fósforo, bajo en calorías y alto en fibra— representa una activación económica para decenas de familias que esperan los meses de junio y julio para generar un ingreso extra.

El precio por pieza varía entre cinco y ocho pesos, depende del tamaño y diario las comerciantes regresan a Carbó con 600 pesos de ganancia.

De sus 41 años, Brenda Sánchez dice a Cobertura 360 que lleva más de 25 dedicados a este oficio. Todas las mañanas, sin un solo día de descanso durante la temporada, recoge las tres cubetas llenas de pitayas que su papá y sus hermanos cortan en el desierto durante la medianoche y la madrugada, luego las carga en autobús hasta Hermosillo.

“Los muchachos llegan muy cansados, porque caminan muchos kilómetros para poder ‘corretear’ la pitaya y para que otros no se las ganen; andan corriendo en el monte”, cuenta Brenda.

“Una vez fui con mi hermano, pero no me gustó, es mucho peligro con las espinas y las víboras, llevan lámparas, pero no es la misma, es muy pesado”, señala.

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Sin embargo, a ella también le toca una parte dura del trabajo, al aguantar hasta 45 grados a la sombra, soplándose apenas con un cartón para mitigar el calor en los días de venta.

“A mí me gusta mucho vender pitayas, uno sí gana bien aquí, mejor que en el campo —que es donde trabajo cuando no es temporada—, pero más que eso: a mí me gusta venir a venderlas. Nomás cuando va llegando el tiempo de la venta me emociono, pero ahorita no aguanto el calor”, ríe.

Brenda sostiene una pitaya en su mano para una foto y explica que los hombres que las recolectan se encargan de quitarles las espinas que cubren su cáscara. En el momento, ella la abre para mostrar su interior de un rojo intenso, pulposo y con una gran cantidad de semillas pequeñas y negras.

“Ahorita vinieron de Guaymas nomás a comprar pitayas ya se morían por venir a comprar y ahorita llegaron unas gringas; estaban averiguando qué eran, las probaron y se las llevaron, iban encantadas”, agrega.

“Yo digo que cualquiera que venga y las pruebe, al rato ya no va a dejar de venir y aquí estará cada temporada, como nosotros, ansioso por que lleguen las pitayas”.

Se realiza la Feria de la Pitaya

El Instituto Tecnológico de Sonora (Itson) es el organizador de la Feria de la Pitaya en Sirebampo, una comunidad ubicada en la microrregión de Masiaca, compuesta por más de 45 mil hectáreas distribuidas en 15 pequeños pueblos al sur del estado.

Esta celebración en torno al fruto desértico tiene como objetivo impulsar el turismo rural -que incluye a las comunidades indígenas donde vive la etnia Mayo-, integrando el patrimonio cultural y natural del territorio para resignificarlo y revalorarlo.

Alberto Díaz, asesor de la Incubadora de Proyectos del Itson y coordinador del Programa de Impulso al Turismo Rural en Masiaca de la Comisión de Fomento al Turismo (Cofetur), explicó a Cobertura 360 que, con este festival, se buscó aprovechar los saberes gastronómicos y mostrar la diversa forma de aprovechamiento de la pitaya, todo encaminado a transmitir este conocimiento a las nuevas generaciones.

“La pitaya, en el caso específico de las comunidades de la zona de Masiaca y en especial para Sirebampo, significa, para empezar, una fruta en el tiempo más difícil del año, en términos de vida en el monte, pero además de comida, para ellos significa una fuente de ingresos al venderla”.

La pitaya no se come solamente en su forma recién extraída de la naturaleza, explicó, sino que en estas regiones se procesa para agregarla en postres como la coyota -una especie de galleta grande y rellena de dulce muy tradicional en Sonora-, el helado, las paletas, gelatinas, pasteles o botanas como los deshidratados con chile y comidas preparadas, como los tamales.

“Pero además de la comida, el cactus de pitaya también sirve como material de construcción, está presente en los cercos, en las paredes de las casas, está en los techos… la pitaya está en la vida cotidiana de los habitantes de esta zona”.

Por Astrid Arellano