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Inclasificables

Jacinda Ardern curó del Covid-19 a Nueva Zelanda

Jacinda Ardern, ministra de Nueva Zelanda, es una socialdemócrata y progresista que da una lección de liderazgo al mundo en tiempos de Covid-19

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Jacques Coste
La joven mandataria de 39 años es miembro del Partido Laborista de Nueva Zelanda.

La respuesta de Nueva Zelanda ante el Covid-19 ha sido admirable. Y digo “Nueva Zelanda”, no “el gobierno neozelandés”, debido a que realmente todo el país ha participado en esa exitosa respuesta. 

Los ciudadanos han acatado las medidas de distanciamiento social al pie de la letra. La oposición ha hecho a un lado sus diferencias con el gobierno momentáneamente y le ha permitido trabajar durante la emergencia. 

La comunidad científica y el sector salud han desempeñado su papel de manera ejemplar, tanto en la atención a los enfermos como en la realización masiva de pruebas. Las empresas han colaborado en la clausura de la mayor parte de la actividad económica.

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Todos los neozelandeses son dignos un enorme reconocimiento, pero la primera ministra Jacinda Ardern se merece una mención aparte, no sólo por cómo ha encabezado la exitosa respuesta de su país, sino también por el ejemplo de liderazgo que representa para el resto del mundo.

La joven mandataria de tan sólo 39 años es miembro del Partido Laborista de Nueva Zelanda, que es una fuerza política de izquierda. Desde las elecciones de 2017, demostró una enorme capacidad comunicativa. Ya en el poder, la ha ratificado.

Sus habilidades retóricas son de primer nivel y su discurso se caracteriza por ser claro y conciso, pero al mismo tiempo empático y solidario. Su capacidad de manejo de crisis también es sobresaliente.

Ya había dado muestras de ello en su gestión de la crisis provocada por el ataque terrorista que perpetró un supremacista blanco contra la comunidad musulmana de la localidad de Christchurch, en el sur de Nueva Zelanda, en marzo de 2019. 

Tras ese atentado, Ardern esgrimió un discurso duro y decidido contra el terrorismo y la islamofobia, pero al mismo tiempo se mostró comprensiva con el dolor de las familias de las víctimas y con el miedo de la población en general.

Ahora, en medio del caos mundial ocasionado por el Covid-19, Ardern está volviendo a dar cátedra de liderazgo efectivo en tiempos de crisis.

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Uri Friedman, articulista de la renombrada revista estadounidense The Atlantic, considera que “su estilo de liderazgo se caracteriza por la empatía y por alentar a las personas a valerse por sí mismas. Sus mensajes son claros, consistentes y simultáneamente aleccionadores y reconfortantes. Su enfoque no sólo tiene un impacto a nivel emocional. También es sorprendentemente efectivo”.

Suze Wilson, académica y profesora dedicada al análisis del liderazgo político, opina que “Jacinda Ardern le está dando una clase a los políticos del mundo democrático sobre el liderazgo en tiempos de crisis”.

La ex primera ministra neozelandesa, Helen Clark argumenta que Ardern no “predica” desde la cima del poder a sus ciudadanos, sino que “está de pie junto a ellos” para enfrentar esta crisis. 

Por eso, “se ha ganado un alto nivel de confianza gracias a su empatía”. Basta con un par de ejemplos. En sus discursos dirigidos al tema del Covid-19, Ardern suele hacer alusiones a que “somos un equipo de cinco millones y juntos superaremos este reto”. Nueva Zelanda tiene cinco millones de habitantes, por tanto, el mensaje de la mandataria es claro: la unión hace la fuerza.

Otra muestra de la empatía de Ardern es que la primera ministra ha estado combinando las conferencias de prensa tradicionales con otro tipo de comparecencias públicas más frescas y originales: los videos en vivo compartidos en su página de Facebook, en los que aparece en su hogar (en el que hay desperdigados juguetes de su pequeña hija), vestida con ropa cómoda (sudadera, pants, etc.) y responde a las preguntas de los usuarios de redes sociales. 

Con esto, da entender que comprende la situación en la que se encuentran sus connacionales, pues ella misma la está viviendo. 

Finalmente, como cereza del pastel, Ardern disminuyó su sueldo y el de los ministros en 20 por ciento.

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Al contrario de lo que hace el presidente López Obrador en México, Ardern no pretende hacer creer a sus ciudadanos que de ahí saldrán los recursos monetarios necesarios para hacer frente a la pandemia. Más bien, lo hace como otro gesto más de empatía con los ciudadanos.

Si la gestión de crisis de Ardern se quedara solamente en palabras bien elegidas y actos simbólicos, solamente diríamos que es una comunicadora eficaz, no una estadista de primer nivel. Pero ése no es el caso. Ardern también ha sido original y ambiciosa al momento de elegir y ejecutar las políticas públicas para combatir la pandemia. A mediados de marzo, cuando apenas se confirmaban los primeros casos de Covid-19 en su país, la primera ministra declaró “vamos a actuar pronto y vamos a actuar duro”, y lo cumplió.

A la fecha, Nueva Zelanda tiene una de las tasas de contagio per cápita más bajas del mundo (1,137 casos confirmados), tan sólo han fallecido 20 personas, la red hospitalaria no se ha visto comprometida y el país se encuentra en una fase de reactivación gradual de las actividades escolares, laborales y económicas.

¿Cómo lo logró?

El gobierno de Jacinda Ardern decidió tomar un enfoque distinto al que emplearon casi todos los demás países. Mientras que la mayoría de naciones optó por la contención y la mitigación (el famoso aplanamiento de la curva), Nueva Zelanda apuntó hacia la eliminación, es decir, la erradicación total del virus.

Nueva Zelanda cuenta con factores demográficos y geográficos que contribuyen a la viabilidad de esta estrategia: es un territorio insular separado de otras naciones por kilómetros de océano, su densidad de población es baja, los flujos de personas y de mercancías no son tan intensos como en otros países y cuenta con uno de los mejores sistemas de salud pública del mundo.

Pero esos elementos no fueron el motivo fundamental del éxito neozelandés; el factor clave fue la acción decidida, pronta y fundamentada en evidencia científica del gobierno.

Con apenas algunas decenas de casos confirmados, Nueva Zelanda impuso medidas de confinamiento extremas, las cuales fueron acatadas por los ciudadanos de inmediato.

Para asegurar que la sociedad cumpliera la cuarentena, el gobierno impuso algunas medidas obligatorias, con sanciones incluidas, pero también desplegó de inmediato un plan de ayuda económica para los sectores más vulnerables de la población (entre ellas, los maoríes y las personas con bajos ingresos económicos) y para las pequeñas y medianas empresas.

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Con ello, las autoridades aseguraron que la gente no continuara en la calle por razones laborales y económicas. Además, esto facilita el camino para la reactivación económica gradual y mitiga la pérdida de empleos.

De igual manera, cuando los casos apenas se contaban por decenas, Ardern ordenó el cierre de fronteras y el sistema de salud inició un estricto programa para rastrear y aislar a los contactos de cada enfermo.

Todo esto se acompañó con la realización masiva de pruebas para la pronta detección de casos de Covid-19.

Como muestra de la cantidad de pruebas realizadas, la tasa per cápita de realización de pruebas de Corea del Sur, uno de los países más aclamados internacionalmente en este rubro, es de mil 140 pruebas por cada 100 mil 

habitantes; la de Nueva Zelanda es de 2 mil 190 por cada 100 mil.

En suma, las claves para la efectiva respuesta de Nueva Zelanda ante la crisis son dos factores que probablemente les parezcan totalmente ajenos a los mexicanos: 1) el liderazgo empático y la capacidad de manejo de crisis de Ardern y 2) que el gobierno aprovechó el tiempo que tuvo antes de que el virus irrumpiera con fuerza en el país para actuar rápida y oportunamente mediante la implementación de medidas estrictas de distanciamiento social y el establecimiento de un sistema efectivo de detección de casos.

Jacinda Ardern, una mujer que pertenece a un partido de izquierda y que sostiene posiciones socialdemócratas y progresistas le está dando una lección de liderazgo al mundo en tiempos de crisis.

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